El asombro que despiertan las zonas arqueológicas de México es proporcional al tamaño de sus majestuosas pirámides. Existen ejemplos notables de estas construcciones monumentales en Teotihuacán, Chichén Itzá, Cholula, Calakmul, Palenque, Toniná y muchos otros sitios arqueológicos a lo largo y ancho de México. Pero, ¿qué motivó a nuestros antepasados a construir semejantes estructuras? ¿Qué significado tenía colocarlas en el núcleo de las ciudades? ¿Por qué piramides y no otro tipo de edificios para exaltar los espacios sagrados?

Quizás tú también te hayas hecho estas y otras preguntas sobre las pirámides. Aquí te compartimos algunas consideraciones que los expertos han planteado para entender el papel de estas magníficas estructuras en el mundo de las culturas mesoamericanas.

 

Entendiendo las pirámides mesoamericanas

Photo: Rulo Luna

Antes de hablar sobre el simbolismo de las pirámides en el México antiguo, debemos señalar que, a diferencia de otras pirámides como las egipcias —que eran utilizadas básicamente como mausoleos—, las pirámides mesoamericanas cumplían principalmente una función ritual y de culto público, es decir, eran templos.

En México también existen casos excepcionales —como el de Palenque en Chiapas— en donde estos edificios sirvieron como mausoleos, pero distan mucho de ser la norma. Algunos ejemplos de esto son el Templo de la Reina Roja y el Templo de las Inscripciones donde yace el Sarcófago de Pakal.

Otra gran diferencia es que las pirámides mesoamericanas no son estrictamente piramidales desde el punto de vista geométrico, pues se trata de cuerpos superpuestos de manera escalonada. A pesar de esta diferencia en la geometría, el término pirámide se ha popularizado entre la población y la comunidad científica para identificar a estos edificios. En un sentido similar, hay que mencionar que las pirámides mesoamericanas no terminan en punta, sino en una explanada en donde se asienta un templo.

 

¿Por qué se construían edificios piramidales?

Photo: Rodolfo Araiza

De acuerdo con la cosmovisión mesoamericana, las estructuras piramidales eran la representación de las montañas sagradas asociadas con el universo en general y con el sol en particular. La geografía mesoamericana está plagada de cerros sagrados mencionado dentro de la mitología prehispánica, como el caso de el Monte Tláloc.

Muchas ciudades prehispánicas fueron planeadas de acuerdo al movimiento del astro rey e incluso se piensa que las estructuras piramidales más importantes eran un tipo de marcador del ascenso y descenso del sol.

Existen ejemplos notables que parecen confirmar esta teoría como el caso de El Castillo de Chichén Itzá —también conocido como la Pirámide de Kukulcán— en donde el equinoccio de primavera marca el descenso de una serpiente de luz solar a lo largo de las escalinatas del templo. La mayoría de los templos en las urbes mesoamericanas estaban orientados hacia el poniente, pues esta es la trayectoria que sigue el sol del amanecer al atardecer.

Estos enormes templos eran concebidos como el centro del universo y origen de los cuatro puntos cardinales; por lo tanto, eran un medio de comunicación simbólica entre el plano terrestre, el celestial y el inframundo. Numerosos elementos simbólicos, como el sacrificio, la guerra y la fertilidad de las montañas, estaban asociados con las pirámides.

Las pirámides mesoamericanas eran espacios delimitados y exclusivos a los que sólo podían acceder sacerdotes de alto rango para la realización de ceremonias especiales. Normalmente señalaban el núcleo de la ciudad y toda obra de urbanización se planeaba a partir de su localización.

 

La renovación del tiempo

Photo: Rulo Luna

Otro aspecto muy interesante relacionado con los templos piramidales es que muchos de ellos se renovaban cada cierto tiempo. Esto se realizaba construyendo nuevas capas de manera sucesiva sobre el templo anterior. Este tipo de construcción se puede ver claramente en edificios como el Templo Mayor de la Ciudad de México o en la Pirámide del Adivino en Uxmal, Yucatán.

La renovación de los templos estaba enmarcada por acontecimientos especiales de diferente naturaleza. La Ceremonia del Fuego Nuevo, celebrada por los mexica cada 52 años, es uno de los mejores ejemplos de este tipo de acontecimientos, aunque eventos políticos, como la llegada al poder de un nuevo gobernante, también podían fomentar la renovación de los templos.