Y me preguntaréis algunos: ¿qué es un viajero slow? Pues, literalmente, un viajero o viajera que va lentico por la vida.

El slow travel forma parte del gran movimiento slow, que engloba varias áreas de la vida. El movimiento slow food es el más conocido, pero esta filosofía que desafía el culto a la velocidad llega hasta el urbanismo, la arquitectura, la medicina, el sexo, el trabajo, el ocio, la psicología, la educación de los niños y también hasta los viajes.



No es de extrañar el auge del slow travel en los últimos años, cuando muchos asistimos horrorizados a la masificación y aceleración del turismo y al impacto medioambiental que está suponiendo. Cuando viajamos en modo correcaminos, es inevitable que nos perdamos los pequeños detalles que hacen de cada lugar algo emocionante y único. Y al final, cuando ya hemos marcado todas las casillas de nuestra lista de tareas pendientes, regresamos a casa aún más cansados que cuando nos fuimos. Perdemos, al fin y al cabo, la alegría del viaje: el antes, el durante y el después.

 Viajar lentico mola, pero ¿cómo lo podemos poner en práctica?, ¿cómo convertirnos en slow travelers? Ahí van algunos consejos.

Flexibilidad

Mantenerse flexible y con mente abierta es el pilar básico para poder viajar de forma slow. El slow travel es una actitud, no solo ante el viaje sino ante la vida en general, y la flexibilidad es fundamental.

 Esta cualidad te permite adaptarte más cómodamente a situaciones imprevistas que van a aparecer, y a traer consigo nuevas experiencias.



No sigas las guías de viajes

Un itinerario planificado, que está diseñado para aprovechar al máximo cada día, hora y minuto de tu viaje, tiene muchas ventajas, pero va totalmente en contra de la idea del viaje lento. Yo te diría que hagas una lista con las cosas y lugares que realmente te gustaría ver, que es muy diferente a elaborar un plan. Estos sitios no tienen por qué coincidir con esas listas de las guías y de internet de «sitios que debes ver».

Puede ser que visites uno de los lugares de tu lista y de pronto te apetezca pasar allá varias horas, sumergiéndote en él. Descubres que no tienes tiempo para visitar otros lugares. Esto está bien, muy bien, ¡genial incluso! El objetivo es viajar libremente, no apegarse a un plan. Y, lo más importante, no ansiarse, y decirle a la cara (a la ansiedad, digo): «Mira, tía, que me dejes en paz, que no tengo que tachar toda la lista, ahora mismo estoy aquí muy a gusto, así que pírate y déjame en paz». 

Cuando no tienes un plan, permites que ocurra lo inesperado y estás feliz de seguir la corriente. Esto no solo te permite disfrutar del lugar que estás visitando, sino que también te permite experimentarlo. 



Piérdete

Deshazte del mapa y del GPS. ¿Ves una bonita calle lateral que parece llamarte? Camina hacia ella. Explora lo que te apetezca. Siempre tendrás un mapa o un teléfono a mano, así que donde sea que termines, nunca estarás perdido. Sin embargo, lo que descubras podría ser uno de los momentos o lugares más memorables de tu viaje.

Si te quedas en el centro o cerca de los lugares turísticos, nunca descubrirás el lado más local de un lugar. Eso es lo que realmente disfruto descubriendo, las afueras, el extrarradio, lo poco transitado. Especialmente cuando se trata de comida, que es una parte muy importante del viajar y experimentar una cultura. Los mejores restaurantes, sin duda, son donde comen los locales, y te aseguro que jamás se encuentran en los sitios turísticos recomendados en las guías.

Camina o bicicletea



A modo general, debemos saber que el avión, además de ser el transporte más contaminante del planeta, también es el más rápido, por lo que ya te imaginarás que no es el medio preferido por los slow travelers. Así que siempre que cuentes con tiempo suficiente, procura llegar a tu destino por cualquier otro método. Es el tren el que se considera menos contaminante. Pero si queremos reducir la velocidad (y el impacto ambiental) al máximo, caminar o ir en bici son los medios estrella.

Caminar gana.

 No te imaginas la cantidad de cosas y detalles con las que tropiezas inesperadamente, cuando decides observar el ritmo de los pasos. Hay tantos detalles en cada ciudad, pueblo y lugar que no es posible transmitirlo todo y mucho menos asimilarlo si vamos a gran velocidad. Cada esquina, cada callejón, cada adoquín se convierte en una aventura. Si viajas por el campo, una bicicleta siempre es una excelente idea. Puedes sentir el olor de los campos que te rodean, incluso detenerte para hacer un pícnic en un lugar bonito que encuentres.

Más vale calidad que cantidad


Menos es más también en los viajes.

Cuantos menos sitios o lugares elijas explorar, más tiempo podrás dedicar a cada uno. Cuando intentas encajar muchos destinos en poco tiempo, como si fuese una maratón, terminas invirtiendo muchas horas del viaje en búsqueda de alojamiento aquí y allí e intentar solucionar la logística de cada cambio y movimiento. Y al final, sólo tendrás una imagen superficial de cada sitio. Esto no satisface. Piensa en largo.

Sumérgete en la experiencia



Experimentar un lugar es crear recuerdos sensitivos de ese sitio. 

Te tomas el tiempo para perderte, y luego encuentras el camino de regreso hablando con un local que apareció en el camino. Pasas horas en un bar polvoriento —refugio del sol justiciero al mediodía— y sólo por el placer de observar la luz misteriosa que se colaba por una celosía del techo. Te dejas guiar por callejones de una medina árabe, siguiendo el rastro del olor de pan recién hecho, que te lleva a un horno con historia. Cuando se toma el tiempo necesario para hacerlo, se recuerda todo, porque te dejaste empapar de todo con calma: los colores, los sabores, los sonidos, los olores…

Lee, pero no las guías de viaje

Me gusta leer libros sobre el destino al que voy a viajar, y no me refiero a guías de viajes. Leer una novela o ensayo ambientado en el lugar que voy a visitar aumenta aún más mi pasión por el lugar y me ayuda a comprender mucho más la cultura de ese lugar. 

Como ejemplo más reciente, recuerdo leer la maravillosa novela gráfica Crónicas birmanas de Guy Delisle, antes de mi viaje a lo que hoy llaman Myanmar. A veces me pasaba que, caminando por la calle, veía viñetas de la novela, o que sabía perfectamente qué era esa cosa que mastican todo el rato: betel.

Por otro lado, ninguno de mis viajes a Latinoamérica hubiesen tenido (y espero que sigan teniendo) tanto sentido, empatía y sensibilidad, de no haber leído una y mil veces las Memorias del fuego de Eduardo Galeano.

Si puedes, quédate más tiempo

Cuanto más tiempo pases en un lugar, mejor será tu comprensión de la cultura local.

Sé que esto no es algo que todo el mundo pueda hacer, principalmente por el reparto anual de las vacaciones en un trabajo convencional. Pero elegir tener unas vacaciones prolongadas en lugar de dos cortas realmente puede cambiar la forma en que ves el mundo y vives tus viajes.

Participa en actividades locales

Involucrarse y hacer cosas divertidas con los lugareños es una experiencia de aprendizaje mucho más entretenida que pasarse todo el día caminando.

Pregunta, busca en internet o en redes sociales las actividades recomendadas que crees que te gustaría probar. Puede ser un curso de cocina, una reunión con personas que viven allí, un festival o incluso un partido de fútbol del equipo local. Puedes divertirte y puedes incluso terminar aburriéndote, pero algo es seguro: jamás te vas a sentir tan integrado y satisfecho.



Viviendo en Islandia, fui una vez con la familia de mi jefe a un partido de fútbol que es el «clásico» allá: Reykjavík contra Akureyri. No metieron ninguno un gol, medio me congelé de frío y no llevaba nadie ni un mal bocadillito de salmón pa pasar el rato, pero hoy día es un recuerdo que siempre me despierta una sonrisa. Un recuerdo integrado y satisfecho.

Relájate


Recuerda siempre que viajar lento no es una carrera. No hay necesidad de apresurarse. Tómate tu tiempo, fluye con tu propio ritmo.

Una de mis cosas favoritas es pararme, de vez en cuando, para simplemente observar a las personas haciendo sus rituales y tareas diarias. Me pasa mucho de quedarme embobada mientras espero que llegue un bus en las estaciones. Puro relajo, puro mindfulness.

¿Te animas a desafiar la velocidad? Tus viajes te lo agradecerán.