Foto: T.J. Lentz

Cantinflear: Hablar o actuar de forma disparatada e incongruente y sin decir nada con sustancia.

 

En México nos encanta la plática casual, eso que los angloparlantes llaman el small talk. Este tipo de comunicación tiene un cierto aire de sinsentido que a muchos mexicanos nos cuesta mucho trabajo identificar, pero que cultivamos y mantenemos en nuestra rutina diaria. Esas ganas de abrir la boca sin tener absolutamente nada que decir determina muchos de nuestros lazos sociales: la plática con la señora del pan, con el de la tienda, con el portero, con esa parte de la familia con la que no tenemos mucho que ver y con quien se nos atraviese por el camino, ¿por qué no?

¿Por qué lo hacemos y en qué situaciones se presenta? Creo que podemos abordar esta pregunta desde dos perspectivas completamente opuestas: desde nuestra cotidianidad y desde situaciones en las que no nos encontramos cómodos. Déjenme explicarlo con algunos ejemplos.

 

Hablamos para generar comunidad en situaciones que nos resultan ajenas o estresantes.

Hace unas semanas pasé por el aeropuerto de Los Ángeles de regreso a México después de unos meses de viaje. De inmediato sentí una familiaridad en el ambiente y la sombra del choque cultural inverso que se avecinaba. ¿Cuál fue el elemento que desató esta reacción? Un escándalo constante y saturado que se dejaba caer sobre la sala de espera de Aeroméxico, un escándalo que no había escuchado en meses: el escándalo de México. Decidí adentrarme en esta dinámica desde la conversación de dos señoras que estaban a mi lado.

– ¿Usted no va a documentar sus maletas?
– ¿Cómo documentar?
– Sí, va allá donde está la señorita y le pregunta qué necesita para documentar. Allá le van a explicar como es todo eso.
– ¿Y para qué hay que documentar?
– Por eso, vaya allá a que le digan.
– ¿Usted documentó su maleta?
– No. Aquí la traigo.
– ¿Y por qué no la documentó?
– No, yo no sé cómo es eso. Prefiero tener mis cosas aquí.
– ¿Y cómo es eso de documentar?
– Ah, pues tiene que ir allá donde está la señorita…

La plática siguió por mucho tiempo y las líneas anteriores son apenas la superficie de los abismos de cantinfleo que se hicieron presentes durante esos largos minutos. Se habló del tamaño de las maletas que llevaban los que estaban en la fila de documentación, de cómo todo es tan complicado, de si sería necesario documentar (otra vez) y de aquella vez que un sobrino documentó su maleta y se la perdieron. Por el altavoz de la sala volvía a repetirse el llamado a documentar y empecé a pensar en qué proporción del escándalo que me rodeaba sería similar a la plática de las señoras de junto. Estoy seguro de que era una proporción bastante considerable.

Llegó la hora de abordar y nada se solucionó. Las señoras no documentaron nada ni mejoraron su entendimiento del proceso de documentar, pero quemaron cerca de veinte minutos en hablar de nada y se despidieron como si fueran amigas de hace años, aun cuando no habían intercambiando ni los nombres.

He visto esta escena repitiéndose una infinidad de veces. Cuando el mexicano se encuentra en una situación desconocida o inesperada comienza a hablar y habla hasta por los codos, aunque no tenga absolutamente nada que decir.

 

También hablamos para hacernos presentes y mantener una identidad en nuestra comunidad. 

Durante toda mi vida, mis padres han vivido en la misma casa y muchos de los vecinos son viejos conocidos. Durante una buena cantidad de años, uno de estos vecinos me saludó con la misma frase siempre que nos encontrábamos y sin importar la hora del día o de la noche: -¿Qué horas son estas de llegar?- A lo que yo normalmente respondía con una mueca y un saludo con la mano. Esa era nuestra dinámica particular y la manteníamos como una forma de reconocimiento.  

Este tipo de interacciones pululan en México, interacciones basadas en frases que se intercambian a la menor provocación y que nos identifican dentro de nuestro contexto social más amplio: dígase nuestra calle, edificio o colonia (para los más extrovertidos). No tengo mejor ejemplo que el conserje del edificio donde vivo que siempre tiene frases listas para saludar a todo el que entra y sale dependiendo de la hora, del clima, de la época del año e incluso del día de la semana (y no es que yo sea metiche, es que una de mis ventanas está justo encima de la caseta de vigilancia y se oye todo).

Cabe mencionar que estos catálogos de frases domingueras no son la única vía de interacción con estas personas con las que coincidimos de forma regular. La conversación está a un paso de este sinsentido y a veces puede tener resultados maravillosos, pero la base siempre serán las frases preestablecidas. Es el protocolo y nos ajustamos a él aunque no nos demos cuenta.

 

¿Y si mejor nos enfocamos en hablar con propósito y dejamos de perder el tiempo?

Desde un punto de vista pragmático todo esto puede sonar bastante ridículo o como una pérdida de tiempo, pero el que lo considere así dista mucho de entender la dinámica social de los mexicanos. A las señoras del aeropuerto no les interesaba documentar en lo más mínimo; igualmente, dudo que a mi vecino le quitara el sueño pensar en si yo ya habría llegado o no a mi casa. A final de cuentas, lo único que queremos transmitir con esta serie de frases y conversaciones disparatadas es algo muy conciso: “Aquí estoy, ¿quieres platicar un rato?”.