Muchos años antes de que los mexica llegaran al Valle de México, los texcocanos ya se habían establecido a las orillas del lago y, herederos de la cultura tolteca, habían civilizado a su población hasta un grado de refinamiento sin igual, como no se había visto en el mundo prehispánico. Texcoco era la capital cultural del mundo nahua. Fue gobernada por grandes hombres como Ixtlixóchitl Nezahualcóyotl y Nezahualpilli, todos del mismo linaje.

Cuando los españoles recorrieron la ciudad quedaron obnubilados por su magnificencia y no pudieron más que aceptar que se encontraban frente a una sociedad portentosa, la Atenas del mundo prehispánico.

¿Cómo se inició la grandeza de Texcoco?

Texcoco se encontraba situada en las orillas del lago, al oriente de Tenochtitlan y, cuando fue gobernada por Nezahualcóyotl-el rey poeta, se convirtió en la sede de las amoxcalli (bibliotecas) más increíbles del mundo prehispánico. Eran salones repletos de los códices más antiguos, los más complejos y los más extensos sobre historia, botánica, astronomía y matemáticas.

Este no fue el único mérito del gran Nezahualcóyotl. Además de ser reconocido como un feroz guerrero en su juventud, Nezahualcóyotl también se ganó el título de unos de los más grandes ingenieros de su tiempo por las obras hidráulicas que llevó a cabo en Tenochtitlan, la ciudad de sus aliados mexica.

El objetivo de aquellas obras fue la de separar las aguas dulces y las saladas del lago mediante un gran duque en la parte oriental del lago hecho con troncos y rocas, construcción que también serviría para evitar las inundaciones en Tenochtitlan. Además, aquella funcionó como un catalizador del ecosistema, pues las zonas pantanosas del lago se volvieron más higiénicas.

Años de grandes ideas y un excelente gobierno llevaron a Nezahualcóyotl a crear leyes de gran valor que, por ejemplo, prohibían la embriaguez, aseguraban la educación de los artistas y de aquellos jóvenes que tuvieran algún talento, y que también creaban un excelente aparato de gobierno que garantizaba la correcta impartición de justicia. El rey poeta, sin dudas, recuperó su trono para encarnar él mismo la figura del progreso.

Durante el período que gobernó Texcoco, la capital adquirió una simetría sin igual. Había enormes templos para las deidades y armoniosos edificios para las funciones del gobierno, y qué decir de los lujosos palacios donde se alojaban los miembros de la nobleza, todos construidos con gran maestría por los mejores arquitectos.

Podemos evocar también la magnificencia de los jardines botánicos de Nezahualcóyotl que los mismos españoles comparan con los míticos jardines colgantes de Babilonia.

Gracias a esta labor urbanista, Moctezuma Ilhuicamina solicitó la ayuda del rey poeta para embellecer Tenochtitlan, destacando entre aquellas obras la reconstrucción del acueducto de Chapultepec y la remodelación del templo mayor.

Fue también en la época del rey poeta que Texcoco adquirió su título como capital cultural en todo el México prehispánico, cultivándose todas las artes, profesiones y oficios. También fue cuna de un gran movimiento filosófico y religioso que comenzaba a separarse del pensamiento de los otros pueblos prehispánicos. Se dice que tal era el compromiso de Nezahualcóyotl, que en Texcoco se puso gran empeño en todas las escuelas para que los niños hablaran el mejor náhuatl, el más propio y correcto.

Texcoco se caracterizó en aquel entonces también por la inmensa producción literaria de cantos y poemas, así como la existencia de la biblioteca más grande y nutrida de “amatl”, o libros, que hoy conocemos como códices. Estos eran celosamente vigilados por los sabios o “tlamatinime”, pues contenían el conocimiento heredado desde hacía siglos.

Aquellos libros tenían la función de ser una guía que apoyaba la tradición oral. Solo se acudía a los libros para confirmar datos. La tradición oral consistía en un sistema bastante complejo que permitía conocer la historia de una forma muy exacta a través de las conversaciones cotidianas.

Bernal Díaz del Castillo, un cronista y soldado de Hernán Cortés, es quien nos informa su asombro al contemplar los miles de libros de la biblioteca en su obra “La verdadera historia de la conquista de la Nueva España”.

Ahora solo nos resta imaginar la terrible destrucción de semejante capital y la quema de todo aquel conocimiento que los españoles consideraron como obra del demonio y de los cuales ya no queda casi nada, atrocidades que relatan en sus crónicas el mismo Bernal Díaz del Castillo así como Hernán Cortés en sus “Cartas de Relación”. Gracias a la transmisión oral también ha sido posible reconstruir cómo había sido la Atenas del mundo prehispánico.

 
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