En el México prehispánico existieron muchos y poderosos reinos, de los cuales el más conocido es el de los mexica. Sin embargo, más allá de las fronteras de este gran imperio, hubo vecinos poderosos que rivalizaron con aquellos en poder militar. El reino tlaxcalteca, por ejemplo, nunca pudo ser sometido por los mexica y esto fue en gran parte gracias al arrojo y a la ferocidad de los guerreros tlaxcaltecas.

De este tejido de historias y leyendas, lleno de batallas épicas, surgió el personaje mítico como Tlahui-Colotl (escorpión armado), un soldado tlaxcalteca que, según se relata, poseía una fuerza descomunal que le permitía luchar con varios contrincantes a la vez, hasta vencerlos.

Su fama trascendió a tal grado, que el mismo Tlatoani mexica Motecuhzoma Xocoyotzin pidió que se le capturara para intentar convencerlo de unirse a su ejército y así hacerlo partícipe de sus victorias. Tlahui-Colotl, como un soldado digno y orgulloso, rechazó la oferta en un principio, pero al final cedió a cambio de algunas dádivas para su pueblo. Así fue como dirigió las batallas de los mexica contra los purépecha en el territorio que actualmente pertenece al estado de Michoacán.

Una vez terminada la campaña, Tlahui-Colotl fue llamado de nuevo por Motecuhzoma quien, complacido por las victorias obtenidas contra los purépecha, le reiteró su oferta para llenarlo de riquezas si decidía quedarse con sus ejércitos. Una oferta nada despreciable si tomamos en cuenta que era Tenochtitlán la ciudad más refinada en ese momento…

El escorpión no aceptó y se le otorgó la libertad. Y es justamente aquí donde comienza la leyenda…

 

Tlahui-Colotl se negó a aceptar su libertad, pues para él sería un deshonor regresar a su ciudad después de haber luchado al lado de los mexica, quienes eran sus principales enemigos. ¿Cómo podría explicar el soldado que aquel acto de sumisión lo hizo por su gente?

Fue así como pidió morir en batalla y el tlatoani ordenó a sus guerreros de élite que le dieran muerte.

La historia registrada en el códice Mendoza nos dice que, atado al temalacatl (que era una piedra ritual para eventos de este tipo), Tlahui-Colotl fue atacado por cuatro guerreros al mismo tiempo cada vez, venciéndolos a todos. Les dio muerte por lo menos a ocho y dejó fuera de combate a veinte guerreros más.

Gary Jennings, en su novela “Azteca”, relata cómo un Tlahui-Colotl arrodillado venció a cinco guerreros. Su primer oponente fue uno de los dos cuauhpilli que lo habían ayudado a llegar a la plaza: el mexica saltó dentro de la piedra de batalla por el lado derecho de Escorpión-armado, el lado en que él tenía su arma más ofensiva, la maquáhuitl. Sin embargo, escorpión-armado sorprendió al hombre. Él ni siquiera movió la maquáhuitl y en su lugar usó la vara como defensa. La balanceó fuertemente, formando con ella un amplio arco. El mexica, quien difícilmente hubiera podido esperar ese ataque con una simple vara, fue alcanzado en la barbilla. Su mandíbula se rompió y perdió totalmente el conocimiento con el golpe. Parte de la multitud murmuró con admiración y otros lo ovacionaron con el grito del búho. Tlahui-Colotl simplemente se quedó sentado, con la vara de madera descansando lánguidamente sobre su hombro izquierdo.

 

El adversario número dos fue el otro cuauhpilli que ayudó a Tlahui-Colotl. Naturalmente supuso que, si el prisionero había ganado, se debía sólo a un golpe de suerte y también se acercó a la piedra por el lado derecho del guerrero, con su hoja de obsidiana apuntando al frente, sus ojos fijos en la maquáhuitl del hombre sentado. Esta vez, Escorpión-armado lo azotó con su vara defensiva, pasándola sobre su mano, levantándola por encima de la mano del campeón y luego moviéndola de tal manera que la vara se incrustó en medio de las orejas de la cabeza-yelmo de jaguar del mexica. El hombre cayó hacia afuera de la piedra de batalla, con el cráneo fracturado. Murió antes de que cualquier físico pudiera atenderlo. Los murmullos y gritos de los espectadores aumentaron de volumen.

El oponente número tres era un guerrero flecha y fue mucho más precavido acerca de la vara aparentemente inofensiva del tlaxcalteca. Subió a la piedra por el lado izquierdo y lanzó su espada al mismo tiempo. Tlahui-Colotl otra vez levantó su vara, pero sólo para desviar la espada hacia un lado. Entonces también utilizó su maquáhuitl, aunque en una forma muy poco usual. Pinchó con fuerza, dirigiéndola hacia arriba, con la afilada punta para matar. Lo hizo con todas sus fuerzas, atravesando la garganta del soldado; le traspasó ese prominente cartílago que llamamos «la nuez de Adán». El mexica cayó en agonía y se asfixió hasta morir allí mismo en la piedra de batalla.

Mientras los guardias recogían el despojo y lo llevaban fuera de la piedra, la multitud estaba alborotada con gritos y ovaciones de aliento, no para sus propios guerreros mexica, sino para el tlaxcalteca. Incluso los nobles en lo alto del templo estaban discutiendo acerca de eso y conversando excitadamente. No había en la memoria de ninguno de los presentes un prisionero, incluso un prisionero con el uso de sus pies, que hubiera vencido hasta entonces a tres de sus oponentes en duelo.

 

Pero el siguiente oponente era el que con toda seguridad lo mataría, porque el cuarto era el más raro peleador zurdo.

Prácticamente casi todos los guerreros eran por naturaleza diestros, habían aprendido a pelear con la mano derecha y habían guerreado en esta forma toda su vida. Cuando un guerrero diestro se enfrenta en combate con un zurdo, se queda perplejo y confundido. Se siente totalmente desvalido contra este efecto, que es como una imagen sorprendente de un espejo.

El hombre zurdo, un cuauhpilli, se tomó su tiempo para escalar la piedra de batalla. Llegó pausadamente hacia el duelo, sonriendo cruel y confiadamente. Tlahui-Colotl seguía sentado, su vara en su mano izquierda y su maquáhuitl naturalmente en su mano derecha. El cuauhpilli, con su espada en la mano izquierda, se movía despacio hacia atrás y hacia adelante en la orilla de la piedra, estimando su mejor ángulo de ataque. Muy precavido, amagó un movimiento y después saltó hacia el prisionero. Cuando lo hizo, Escorpión-armado repentinamente se ladeó moviéndose como cualquier acróbata de la mañana y, con un movimiento rápido, lanzó al aire su vara y su maquáhuitl, cambiándolas de mano. El campeón mexica, ante ese inesperado despliegue ambidiestro, frenó su estocada como si quisiera ganar tiempo y reconsiderar, pero no tuvo esa oportunidad.

Tlahui-Colotl atrapó entre su vara y su espada la muñeca izquierda del soldado de élite, retorciéndosela y la maquáhuitl del hombre voló de su mano. Sosteniendo fuertemente la muñeca del mexica prendida entre sus armas de madera, como el poderoso pico de un loro, Escorpión-armado se movió por primera vez de su posición sentada, hasta arrodillarse. Con una fuerza increíble, le retorció todavía más sus dos armas y el cuauhpilli tuvo que torcerse con ellas y cayó sobre sus espaldas. El tlaxcalteca inmediatamente soltó la aprisionada muñeca y puso la orilla de su espada de madera a través de la garganta expuesta del hombre. Colocando cada una de sus manos en las respectivas orillas del arma, se arrodilló todavía más apoyándose sobre él pesadamente. El hombre forcejeaba debajo cuando Tlahui-Colotl levantó su cabeza mirando hacia los nobles.

 

La leyenda de Tlahui-Colotl es una de las más contadas en el estado de Tlaxcala, pues representa el valor y la convicción del pueblo tlaxcalteca para enfrentar las adversidades. Hoy en día, en la capital del estado, se erige una estatua con la figura del emblemático guerrero. Si tienes la oportunidad de ir, acuérdate de esta leyenda que tiene mucho de cierto, porque el mundo de los guerreros épicos no sólo está habitado por Hércules y por Aquiles.  

 

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