El maestro Guillermo Marín es reconocido por su labor y su filosofía en cuanto a la cultura nativa se refiere y, en el entramado de grandes ideas, nos regala una muy novedosa sobre Tláloc, el señor de la lluvia.

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Tláloc, asegura Marín, no puede haber sido el dios del agua para la milenaria civilización del Anáhuac, y da los siguientes motivos: primero, debemos pensar que una civilización que había descubierto el maíz, el uso del cero matemático y que conocía perfectamente la mecánica celeste, no podía ser adoradora del agua.

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Aunque el agua es vital no sólo para la vida humana, sino para la vida en todo el planeta, el agua es sólo un símbolo, así como la paloma es solo un símbolo para la religión católica.

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El hombre prehispánico tenía una única matriz filosófica religiosa común a todas las culturas del Cem Anáhuac, desde Nicaragua hasta el norte de los Estados Unidos. Es decir, eran los mismos preceptos fundamentales, pero iban cambiando de forma, más no de fondo, según la cultura que los desarrollaba. El fondo siempre estaba sustentado en La Toltecáyotl.

Nos dice Marín que para el caso de Tláloc, todas las manifestaciones filosóficas-religiosas partían de la misma matriz, pero cambiaba su nombre por la lengua de cada cultura, si bien mantenía sus elementos comunes: una anteojera y una lengua de serpiente.

Para la cultura nahua era Tláloc, para la cultura maya era Chac, en la cultura zapoteca se lo llamaba Cocijo y, para la cultura totonaca, era Tajín. Todas las manifestaciones diferentes en iconografía y lengua, pero todos significaban filosófica y religiosamente lo mismo, además de tener en común los elementos antes mencionados.

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Es así como el autor concluye que Tláloc tiene una génesis filosófica y varias manifestaciones religiosas. Cada cultura, desde los olmecas en el Periodo Preclásico (1500 a.C.), pasando por los toltecas del Período Clásico (200 d.C.), hasta los mismos mexicas decadentes del Periodo Postclásico (1519).

Los fanáticos y prejuiciosos misioneros nunca quisieron entender que los anahuacas no tenían dioses y mucho menos eran politeístas. Su religión era mucho más antigua que la que traían los españoles. Además era de origen autónomo y generada por su propia cultura, a diferencia de la católica que había sido impuesta en la península ibérica por los romanos al final de su imperio y que, a lo largo de la Edad Media, sufrió muchas deformaciones y tergiversaciones.

“No necesariamente lo antiguo es primitivo”, es lo que nos dice el maestro Marín, quien tiene una explicación muy profunda sobre la forma en la que el hombre prehispánico comprendía el agua, la lluvia y la vida. Y también nos recuerda que aún hoy prevalecen las mismas ideas sobre la civilización del Anáhuac que crearon los conquistadores españoles. Los textos escritos por Hernán Cortés o Bernal Díaz del Castillo, que no fueron historiadores o investigadores y que fueron escritos desde una perspectiva muy limitada y prejuiciosa, se mantienen inexplicablemente como fuentes históricas fidedignas.

Los maliciosos escritos de los misioneros tenían como objetivo conocer (desde su cerrada perspectiva medieval) la religión de los invadidos, para difundirla entre los misioneros y asegurar su destrucción eficiente. El mismo Sahagún lo afirma en el prólogo de su famosa obra, “Historia general de las cosas de la Nueva España”.

Es así como el maestro Marín nos invita a la reflexión y la investigación de nuestra cultura a través de la lectura, y no sólo dejándonos llevar por una educación limitada en las escuelas.

Con esta profunda reflexión de Guillermo Marín no nos queda más que revalorar nuestro origen, dándole el lugar que se merece en nuestra memoria y corazón, y que esto nos motive a investigar y reescribir nuestra historia para que las futuras generaciones si nazcan con el orgullo que tanta falta les hace.