La percepción filosófica del espacio es llevada por los Viejos Abuelos a una exactitud admirable. Existían tres niveles espaciales: El terrestre o humano (Tlaltipac), es todo lo que está sobre la tierra. El celestial o de las entidades divinas (Ilhuícatl), abarca desde la nubes hasta el infinito. Y el inframundo o el lugar de los descarnados (Mictlán), lo que estaba debajo de la tierra.

 

La Tierra

El espacio terrestre tenía un centro energético que era “el ombligo de la tierra”. En lengua náhuatl el prefijo “co” es más que centro geográfico, es una representación del centro energético, es el punto central donde se inician los cuatro rumbos de la existencia. Cada uno apuntará a los cuatro puntos cardinales y fijará su punto de convergencia en el centro del mundo. Cada uno tendrá su propio color y será representado simbólicamente por un animal u objeto.

En el centro habitaba el dios viejo o del fuego, llamado Huehuetéotl-Xiuhtecuhtli y era de donde partían los cuatro rumbos del universo. Su color era el verde.

El Oriente, el lugar por donde sale el Sol, estaba regido por Xipe-Tótec, y se identificaba con el color rojo y el glifo “caña”. Representaba la parte masculina del universo.

El Poniente, de color blanco y con el glifo “casa”, estaba regido por Quetzalcóatl. Era la región de las mujeres conocida como Cihuatlampa.

El Norte, de color negro y cuyo glifo era el “cuchillo de sacrificio”, estaba regido por el Tezcatlipoca Negro. Era la región del frío y de los muertos.

El Sur, al que correspondía el color azul y el glifo “conejo”, era dominio de Tezcatlipoca Azul, lugar del sacrificio conocido como Huitztlampa. Era la región relacionada con lo húmedo.

“La superficie de la tierra (Tlalticpac) es un gran disco situado en el centro del Universo que se prolonga horizontalmente y verticalmente. Alrededor de la tierra está el agua inmensa (Teo-atl), que extendiéndose por todas partes como un anillo, hace del mundo, lo-eternamente-rodeado-por-agua” (cem-a-náhuac). Pero tanto la tierra como su anillo inmenso de agua no son algo amorfo e indiferenciado. Porque el universo se distribuye en cuatro grandes cuadrantes o rumbos, que se abren en el ombligo de la tierra y se prolongan hasta donde las aguas que rodean al mundo se juntan con el cielo y reciben el nombre de agua celeste (Ilhuica-atl). Los cuatro rumbos del mundo implican enjambres de símbolos.” (Miguel León Portilla. 1956).

 

El Cielo

Los trece cielos ocupaban la parte superior de su mundo. El primer cielo, o “cielo inferior”, es el que los seres humanos ven, en él se encuentran la Luna y las nubes, y su nombre es Ilhuícatl Metztli. El segundo cielo era el lugar de las estrellas o Citlalco. El tercer cielo era el lugar del Sol o Ilhuícatl Tonatiuh. El cuarto cielo en el que habita el planeta Venus, conocido como Ilhuicatl huitzilan. El quinto cielo es donde se encuentran los cometas o estrellas humeantes, llamado Citlalin Popoca. El sexto y séptimo cielos son lugares donde sólo se ven los colores negro y azul, conocidos como Yayauhco y Xocouhco. El octavo cielo es el lugar de las tempestades. Los siguientes tres cielos están reservados para la morada de los dioses y se nombran Teteocan. Finalmente, dos cielos constituían el Omeyocan, mansión de la dualidad donde habita Ometéotl.

 

El inframundo

Debajo del espacio humano o Tlaltipac se encuentra el inframundo o Mictlán, gobernado por Mictlantecuhtli y Mictlantecihuatl, el Señor y la Señora de la Muerte.

Las personas que morían de manera común y cuya vida había sido intrascendente, iban en un penoso viaje al Mictlán. El viaje duraba cuatro años y los lugares que debía recorrer el alma eran: La tierra, el pasadero de agua (Apanohuaia), el lugar en donde se encuentran los cerros (Tépetl Monamicita), el cerro de obsidiana (Cehuecáyan), lugar del viento de obsidiana donde tremolan las banderas, lugar en donde es flechada la gente y donde se comen los corazones (Teocoyleualoyan), y por último el Mictlán, o sitio sin orificio para el humo. Al término de esos cuatro años de sufrimiento se presentaban ante el Señor Mictlantecuhtli, quien les anunciaba: “Han terminado tus penas, vete, pues, a dormir tu sueño mortal”. Y se convertían en nada…

En el mundo filosófico del Anáhuac también existían espacios intangibles que se entremezclaban con la mítica, la religión, la historia y la realidad cultural de los Viejos Abuelos. En su conjunto podemos apreciar la profundidad del pensamiento complejo de nuestros antepasados que penetraban en sus planteamientos a niveles muy elevados de la concepción del mundo y de la vida. Entre otros podemos mencionar: Ximoyan, el lugar de los descarnados. Topan in Mictlán, lo que nos sobrepasa, la región de los muertos. Tlallamanac, lo que sostiene al mundo. Tlamanitiliztli, lo que debe permanecer. Tlaxicco, en el ombligo de la Tierra. Tlaltipac, lo que está sobre la Tierra. Tomanchan, el lugar mítico, literalmente: la casa de donde bajamos. Cem Anáhuac, el continente. Tlalócan, el paraíso de Tláloc. Aztlán, lugar mítico: literalmente, el lugar de las garzas. Omeyocan, lugar de la dualidad divina. Chicomostoc, lugar de las siete cuevas. Tilan Tlalpan, perímetro de la sabiduría. Ayauhcalli, casa de la niebla. Centzon Huiznahua, las estrellas del hemisferio Sur, literalmente: 400 surianos. Cihuatlampa, rumbo de las mujeres. Ilhuicaatl, el océano. Ilhuicatitlán, en el cielo. Mictlampa, del rumbo de la región de la muerte.

 

 

Fuente: libro RAÍCES Y ESENCIA DEL MEXICO ANTIGUO. Guillermo Marín, 2004.

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