Carolina Lozada busca una taza de buen café en Santiago de Chile, y la encuentra siguiendo las únicas piernas desnudas que se distinguen en la fría mañana.

ME GUSTA el café, por eso no puedo hacer otra cosa que seguir su rastro, así ese rastro me lleve a perseguir los pasos de unas piernas semidesnudas, en una ciudad más dada a la costumbre inglesa de la hora del té que a los ritos habituales en torno a una aromática taza de bebida marrón o negra. En Santiago de Chile toman once, una versión chilena del tea time. El café, en todas sus variaciones, es mucho menos popular.

Por eso, un cafeinómano amante del olor del grano recién molido, del sonido del colado haciéndose bebida, tiene que afilar su olfato y también la mirada, sobre todo la mirada, para dar con la bendita taza de café no instantáneo.

En una mañana próxima al invierno, mi mirada detectó con curiosidad las únicas piernas desnudas que transitaban el concurrido boulevard Ahumada, de la capital chilena. Esas piernas descubiertas se distinguían entre la masa de abrigos largos, negros y grises. Tal vez el frío las empujaba a caminar rápidamente, la mujer llevaba el paso apurado de quien ha perdido los minutos necesarios para llegar a tiempo a su destino. Las dos íbamos en la misma dirección, como cuando en las películas algún personaje se monta en un taxi y le pide al chofer “siga a ese auto”. Yo seguía a las piernas.

Al abrir la puerta, un entrañable olor universal asaltó el frío callejero y me detuvo el paso. Había encontrado un refugio.

La mujer se detuvo frente a un establecimiento con un gran letrero que decía Café Haití; el letrero parecía una marquesina que anunciaba una buena función. Al abrir la puerta, un entrañable olor universal asaltó el frío callejero y me detuvo el paso. Había encontrado un refugio.

Adentro, un número nada despreciable de máquinas cafeteras hacían su trabajo, manejadas por mujeres jóvenes. Y entre sonido de vapores, líquidos que se derraman, sonrisas, conversaciones, taconeos de empleadas apresuradas, los clientes (la mayoría hombres) esperaban sus órdenes; algunos hablando del fútbol, otros de política, del invierno que se venía. Me fijé que todas las dependientas llevaban el mismo modelo y color de falda de la muchacha del boulevard; así fue como llegué por primera vez a un café con piernas en Santiago de Chile.

El café Haití es parte del engranaje de cafés con piernas que hacen vida en Santiago, y que con el tiempo se han convertido en lugares de referencia para propios y extraños en la ciudad. Su particularidad reside en que son atendidos por mujeres de faldas cortas; los locales no tienen sillas y están provistos de unas largas barras que los acercan más a los bares que a los cafés tradicionales. La bebida, preparada con granos provenientes de Brasil, Colombia, Centroamérica y el Altiplano, se toma de pie, frente al ajetreo de las muchachas que charlan entre sí mientras hacen su trabajo.

Cafes con piernas en Café Haití. Foto por David Lansing.

No todos estos sitios son tan conservadores como el Haití; hay otros mucho más atrevidos, con mayor grado de exhibición. Las faldas de las dependientas suben tanto que desaparecen y se convierten en reveladoras prendas íntimas, ataviadas con encajes y delantales. En este tipo de establecimientos se tiene prohibida la entrada a menores de edad, y sus vidrieras son oscuras. Algunas de éstas tienen reproducciones de piernas femeninas en la parte inferior, casi al estilo de los espectáculos musicales del Saloon del viejo oeste americano, esos donde aparecen las bailarinas agitando sus piernas para uno y otro lado. Estos cafés con piernas son los más atractivos, sobre todo para los jovencitos. El morbo hacia lo censurado incita la curiosidad, aquello que se asoma pero no se termina de mostrar. He visto a los chicos pegando su rostro sobre la vidriera, tratando de pescar un escote, de captar unas piernas antes de que aparezca algún carabinero y los invite a marcharse.

En estos cafés, las empleadas suelen ser brasileras, argentinas o caribeñas, por aquello de que sus cuerpos son más curvados, o por la ilusión de lo foráneo, de lo exótico. A algunas de ellas las vi transitar hacia su trabajo, con sus pies extranjeros tratando de hacer propio el suelo que pisan. Yo, extranjera también, me refugiaba entre esos acentos cercanos, haciendo del ritual del café una ceremonia, un constante regreso a casa.

Si usted está en Santiago y se aburre de costumbres inglesas y quiere tomarse un café, siga las piernas: no hay pérdida.

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