“El tiempo es una aberración fuera de toda disciplina

y su único rasgo piadoso y disciplinado, insisto,

es su constante negación a hacer un alto”

(Rodrigo Fresán, Jardines de Kensington)

 

Cuando pienso en el tiempo, pienso en agujas negras, curvilíneas y en punta. Pienso en el reloj de la cocina de mi casa, que antes estaba en el comedor, y que muchas veces estuvo abajo de un pilón de ropa, donde lo escondía porque no me dejaba pensar. Pienso en el ruido. Pienso en que nunca probé si esas agujas realmente pinchan, pero en que tampoco es necesario, porque ellas pinchan a su manera.

Cuando pienso en el tiempo… a veces pienso cómo detenerlo, especialmente al viajar. Esta vez fue por Londres, pero podría haber sido en otro lado.

La obra, realizada por Nicolas Raymond, se llama «Starry London Night» y es el producto de la manipulación fotográfica de una foto nocturna de Londres con el famoso cuadro «La noche estrellada» (Starry Night) de Van Gogh.

 

1. Explorando lugares cual pintura surrealista.

Trafalgar Square

Un señor baila con un cartel en la mano. Da tres saltos cortos, con un solo pie, y después cambia de pierna. Tiene anteojos, sesenta y cinco años (eso digo yo) y está vestido de verde, naranja y blanco. El cartel que sostiene está escrito a mano y de los dos lados: Three cheers for Russia for opposing America in the Middle East y anda a saber qué del otro lado, porque ya me olvidé. Pero hablaba de guerras mundiales, apocalipsis y biblias. De fondo suena música celta desde un grabador que repite incansablemente la misma canción. No se entiende muy bien qué tiene que ver con sus saltos ni con sus mensajes, pero tampoco pareciera importarle. De hecho, nada parece tener que ver con nada en Trafalgar Square. Y a nadie parece importarle. En un mismo instante, el señor celta-revolucionario salta, un rockstar circense se pasa un aro ínfimo a través del cuerpo, un romántico de sombrero toca la guitarra, un escocés y su kilt tocan la gaita, y el maestro Yoda flota por los aires. La pintura surrealista se completa con un fondo auspiciado por la National Gallery y un gallo azul gigante.

2. Teniendo charlas casuales pero no ordinarias.

Old Spitalfields Market

“Acabo de mudarme a Londres y vine a comprar medias”. Pienso en las charlas casuales. Pienso, también, en que no suelen ser lo mío. Siempre me sentí incómoda en esos viajes de ascensor donde el quécalor quéfrío lo-que-sea-para-evitar-este-momento-incómodo surgen de forma obligatoria, casi como tics espaciales causados por la necesidad de comunicarse y hacerlo en poco tiempo. Siempre me pregunté qué se supone que tengo que hacer cada vez que me cruzo con la misma persona en un mismo día. Si saludarla todas las veces, ignorarla todas las veces, o solucionar todo con un qué tal apurado (todas las veces, también). Pero ahí estaba, comiendo sola, cuando una desconocida se sentó al lado mío y terminamos hablando de ciudades y medias.

Me había sentado en un banco de Old Spitalfields Market, en primer lugar, para saborear el ambiente de feria y un roll con papas. En segundo lugar, porque había wifi. Y con eso había cerrado todo posible intercambio con el mundo exterior (o al menos eso creía). Pero todo cambia cuando cambian las mesas. Cuando las mesas no son individuales sino tablas enormes donde es imposible no compartir y sentarte al lado de otro desconocido y tener que elegir si saludarlo, ignorarlo, o decirle qué tal, qué frío, qué calor.

No sé si mi charla con la chica de las medias empezó porque me preguntó si podía sentarse ahí o porque le pregunté dónde había comprado ese pedazo de cielo en forma de torta de chocolate que tenía enfrente. Estoy casi segura de que fue la segunda opción. La cuestión es que, casi sin darme cuenta, estaba hablando de la mudanza de la chica de las medias de Bristol a Londres, del cambio de pesos a libras y ya no recuerdo de qué más. Pero estoy segura de que en ningún momento hablamos del frío y del calor, ni le dije qué tal (de todas formas no me hubiera entendido en español).

3. Queriendo «tiempo pero tiempo no apurado», como dice María Elena Walsh.

Thames

No podría contar la cantidad de veces que pasé delante de artistas callejeros sin detenerme. No importaba si estaban pintando, cantando, tocando un instrumento, bailando, hablando. Lo que sí importaba era que estaba llegando tarde a algún lado, que tenía que caminar más rápido, que frenaría un rato pero mejor no. Falta tiempo. Siempre. ¿Quién quiere frenar a estar cuando hay tanto, tanto para hacer?

“Frenar a estar” se activa cada tanto, cuando nos tomamos vacaciones (y a veces ni siquiera entonces). Se activó ese día que deambulaba al costado del Thames, un sábado a la noche donde no tenía otra cosa para hacer que deambular al costado del Thames. Fue entonces que frené y estuve.

Estaba fascinada con las luces de la ciudad (¿desde cuándo? ¡pero si yo odio las ciudades!) y con la chica que cantaba con tanta fuerza que, aunque te alejaras por el Waterloo Bridge dejando una orilla por otra, seguías escuchándola. Así que opté por retroceder mis pasos (¿desde cuándo? ¡si siempre se me hace tarde!). Y fui y me paré enfrente de la chica, que además de cantar, tocaba la guitarra, tenía un compañero más un instrumento desconocido y un grupo rodeándola. Y ni siquiera me paré, sino que me senté. No fuera cosa que mis pies se acordaran de que soy una persona ocupada que está siempre muy apurada y hay que irse ya…


Pienso que todo lo que me gustó de esta ciudad (y de cualquier otra) está concentrado acá. En una estructura que se fragmenta en el tiempo, pero que no lo hace en horas y minutos y segundos. Que es arbitraria en su manera de pausarse. Que encarna a las agujas pero las tensa, las tuerce. Aunque tensar y torcer cueste.

¿Será tarde, ya?


 

Este artículo fue publicado originalmente en Planisferias y se reproduce aquí con permiso de la autora. Todas las fotografías pertenecen a la misma, excepto por el cuadro «Starry London Night» realizado por Nicolas Raymond.