1. Cholula
Photo: Rodolfo Araiza

Cholula es un sitio arqueológico que atesora los vestigios de una de las ciudades prehispánicas más importantes desde el punto de vista histórico y arquitectónico. Su construcción comenzó en el año 1100 a.C. y su ocupación se prolongó por cerca de 3,500 años, siendo habitada por diferentes culturas como los mixtecos, olmecas-xicalancas, toltecas y finalmente los mexicas.

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Según los cronistas, Cholula solía ser un centro de peregrinación donde existían numerosos adoratorios. La máxima actividad ritual se centraba en el culto a Quetzalcóatl, cuyo templo fue destruído por los españoles. Lo que sí se mantuvo después de la conquista fue la Gran Pirámide de Cholula, considerada como la pirámide con el basamento más grande del mundo. La base de este monumento supera los 400 metros por lado, mientras que su altura alcanza los 60 metros. El edificio está formado por cinco estructuras sobrepuestas y, gracias a que quedó en desuso siglos antes de la conquista, logró pasar desapercibida ante la mirada de los colonizadores, quienes la consideraron como un cerro más en el paisaje.

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En Cholula ocurrió uno de los episodios más sangrientos de la conquista: por órdenes de los mexicas, los cholultecas planeaban ejecutar a los españoles en esta ciudad para evitar su llegada a Tenochtitlán; sin embargo, el plan fue descubierto una noche antes por la Malinche, quien alertó a Hernán Cortés desencadenando la masacre de casi 6,000 cholultecas.

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Hoy en día, la Gran Pirámide sostiene en su cumbre a la iglesia de Nuestra Señora de los Remedios, la cual data de 1594 y nos regala una postal en donde no sólo vemos dos etapas constructivas de México, sino la fusión cultural de dos mundos distintos.

 

2. Cantona

Photo: Rafael Saldaña

Cantona floreció en la cuenca oriental de Puebla entre los años 600 y 900 d.C. y fue habitada por los olmecas-xicalancas, quienes utilizaron una de las técnicas arquitectónicas más innovadoras de Mesoamérica para su construcción. Los edificios de Cantona están libres de cemento o argamasa para unir la cantera, lo que resultó en una mayor resistencia a los sismos recurrentes en la zona.

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Otro aspecto a destacar en Cantona es que posee el mayor número de canchas de juego de pelota halladas en una zona arqueológica hasta el momento — con 27 estructuras en total. Su población llegó a ser de 200 mil habitantes y durante mucho tiempo controló el comercio de la obsidiana en Mesoamérica.

Cantona impresiona desde el punto de vista arquitectónico y cultural, pero también desde el paisajístico, pues se encuentra rodeada de imponentes volcanes como el Pico de Orizaba y el Cofre de Perote, además de hermosas lagunas alojadas en enormes cráteres.

 

3. Yohualichan

Photo: Russ Bowling

Muy cerca del pueblo de Cuetzalan del Progreso, en la frontera con Veracruz, se encuentra uno de los sitios arqueológicos menos conocidos de Puebla. Yohualichan, traducido del nahua como “casa de la noche”, es un lugar de gran importancia para acercarse a la sabiduría de la cultura totonaca. Este sitio fue nada más y nada menos que la ciudad predecesora del Tajín y una prueba innegable de ello son sus pirámides calendáricas tapizadas con nichos.

Yohualichan fue habitada entre los años 200 y 900 d.C. hasta que fue abandonada por los totonacas para emigrar hacia su nueva capital, el Tajín. Esta ciudad se encuentra a sesenta kilómetros en línea recta desde Yohualichan.

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Se cree que el verdadero origen de la danza ritual de los voladores surgió aquí y no en Papantla como muchos aseguran. Al recorrer este místico lugar, descubrirás una antigua plaza cívica delimitada por estructuras piramidales que le dan una acústica increíble, además de un juego de pelota, los vestigios de un temazcal y un maravilloso jardín botánico que recibe a los visitantes. Si tienes suerte, podrás presenciar el ritual de los voladores justo en la entrada del sitio arqueológico.  

 

4. Tehuacán “El Viejo”

La zona arqueológica de Tehuacán es el sitio prehispánico de más reciente apertura al público en Puebla, aunque los trabajos arqueológicos en el lugar llevan más de 20 años. Los vestigios que aquí se encuentran corresponden a la antigua ciudad de Ndachjian, la cual floreció en el periodo postclásico, entre los años 1000 d.C. y 1465 d.C. Esta ciudad fue habitada por la cultura nguiwa.

La ciudad llegó a ocupar cerca de cien hectáreas aunque apenas han podido ser exploradas unas dieciséis. El entorno árido en el que se edificó Ndachjian tuvo relación con el culto a las divinidades del agua, pues se creía que este líquido vital era resguardado al interior de las montañas por los dioses. A pesar de esta relación, la ciudad no cuenta con grandes afluentes hidrológicos y la escasez de agua hizo que los nguiwa hicieran ciertas adaptaciones, construyendo un complejo sistema hidráulico tanto para el drenaje como para la captación de lluvia.

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Los edificios más emblemáticos del sitio arqueológico son el Templo Mayor —el más alto de la zona— y el Templo de las Calaveras, llamado así por los cráneos y fémures incrustados en sus paredes. También se pueden visitar restos de templos y habitaciones ocupados por los gobernantes de la ciudad, la cual fue conquistada por los aztecas poco antes de la llegada de los españoles a México.

Por cierto, no olvides visitar el museo de sitio, cuyo acervo incluye cerca de 80 piezas arqueológicas entre las que se encuentran las impresionantes representaciones de Xipe Totec y la imagen de una guerrera águila.