Crédito imagen de portada: ViajerosCallejeros.

1. Viajando se conocerán más rápido.

El viaje es casi un curso acelerado de conocimiento de tu pareja. Así que te lo advertimos: Si después de quince días juntos aún se soportan, ¡es que su relación va viento en popa! Nosotros hicimos nuestro primer viaje a los meses de conocernos y, después de pasar dos semanas viajando por Egipto, decidimos que vivir juntos podría ser algo muy muy divertido…

2. Crearán recuerdos que los unen.

Cuando uno está de viaje, no hay día en el que no se descubra algo nuevo y emocionante. De vuelta a casa, esas experiencias son la sal de la relación. No hay día de nuestra vida en el que no surja una anécdota vivida durante algún viaje, o que no recordemos con emoción aquel lugar que visitamos juntos por primera vez para cumplir un viejo sueño compartido.

3. Tendrán objetivos comunes.

El tener metas en común es muy saludable para la pareja. Desde que empiezan a planear el viaje, habrá muchas decisiones que tomar y, aunque todas van a discutirse, la decisión final deberá ser unánime y aceptada por ambos. Preparando nuestro viaje a China, Roger no veía muy claro hacer varios trayectos nocturnos seguidos en tren. Al final le hice caso e intercalamos una noche de hotel, para poder descansar y ducharnos de manera cómoda…¡Suerte que le hice caso!

4. Mejorarán la comunicación.

Viajar implica tener que estar en constante comunicación. No sólo por la cantidad de horas que pasarán juntos en el aeropuerto, el tren o el autobús, sino porque habrá muchas pequeñas decisiones que tomar en el camino. Así que prepárense para dialogar como nunca lo habían hecho antes.

5. Aprenderán a evitar las rencillas por tonterías.

Es imposible no tener desacuerdos cuando se está de viaje, pero al tener que compartir todo el tiempo con nuestra pareja, nos daremos cuenta que no vale la pena discutir por tonterías y que hay que dejarlas pasar. Si en casa discutes por quién hace la cama o quién plancha la camisa, estando de viaje, estas cosas pasan a un segundo plano, las haces y ya. Si echamos la vista atrás, creo que nunca hemos discutido por una tontería mientras viajamos, aunque debo reconocer que es porque Roger es mucho más práctico que yo y siempre agarra el problema por los cuernos.

6. Se reforzará la amistad y el amor que los une.

Pasar tiempo juntos, en un viaje largo o corto, alejados de la rutina diaria, hace que se refuerce la amistad y nos recuerde los motivos por los que nos enamoramos.

7. Considerarán compartir el presupuesto.

Aquí no vale el tuyo o el mío. Cuando viajas con tu pareja, lo lógico es compartir presupuesto. Seguro que cuando vuelvas a casa mirarás el dinero con otros ojos.

8. Aprenderán a mantener la autonomía, a pesar de estar todo el día juntos.

Viajar juntos tampoco significa que tengáis que estar 24 horas pegados el uno al otro, ¿verdad?. Hacer alguna excursión separados o pasar un día visitando lugares distintos os hará ver la importancia de mantener cierta autonomía. Roger es un amante de las caminatas, así que en muchas ocasiones, cuando yo me veo menos capacitada para hacerlas, nos separamos y durante unas horas cada uno realiza una actividad diferente. Cuando volvemos a vernos ¡es una explosión de nuevas experiencias!

9. Descubrirán más intereses en común.

Se presupone que una pareja debe tener intereses comunes, pero en un viaje ese supuesto se convierte en una máxima. Viajando con tu pareja te darás cuenta de las muchas cosas que tenéis en común, ¡incluso algunas que ni sabíais! Nosotros, viajando juntos, hemos descubierto cosas de las que probablemente no hubiésemos hablado en la vida si hubiéramos tenido la ocasión de hacer un viaje. Hemos descubierto también que, para bien o para mal, somos mucho más parecidos de lo que creíamos.

10. Aprenderán el arte de ceder.

En una relación siempre hay que ceder y esto sucede particularmente durante un viaje. En nuestro caso, y por mucho que tengamos intereses comunes, siempre hay algo en lo que no estamos de acuerdo. Estando en Indonesia nos quedamos “colgados” en uno de los trayectos que teníamos programados en transporte público. A mi me entraron los nervios y decidí que lo mejor era anular esa parte del viaje. Roger, mucho más tranquilo y práctico en estas situaciones, me dijo que lo mejor era buscar un coche. Debatimos y yo le argumentaba que eso nos iba a costar un riñón. Pero él salió a la calle y empezó a regatear con todos los coches que encontró. Al final consiguió que un taxi nos llevase durante casi 12 horas a nuestro destino por menos de 80 euros. ¡Menos mal que cedí!