Os voy a confesar que, desde hace ya un tiempo, tengo todo un dilema ético con esto de los viajes y los efectos de la masificación de los últimos años.

Que sí, que todos tenemos derecho a viajar y no sólo las clases medias altas como era tradicional. Que sí, que el low cost es un inventazo democrático y que deseo con todas mis ganas que todo el mundo sienta lo que yo sentí y aprendí viajando. Pero con cabeza y valores. O, como diría Lola Flores, “todo se puede hacer en esta vida, pero ¡con método!”.

Creo que es necesario y urgente ponerse las pilas de vez en cuando, mirarse el ombligo y pararse a meditar qué es lo que aportamos al mundo viajando, en lugar de sólo pensar qué es lo que el mundo nos da a nosotros. Ser conscientes de cómo viajamos no solo puede cambiar nuestro viaje y enriquecerlo hasta límites insospechados, sino que puede cambiar radicalmente el mundo.

1. Mantén tus valores

Una cosa es respetar otras culturas y otra cosa es participar activamente en prácticas que se opongan a nuestros valores. Cuando estuve en Birmania, tuve la oportunidad de visitar a las famosas “mujeres jirafa”, que me parece una explotación. ¿Armé un pollo y monté una arenga política en el lugar? No, respeté el entorno. ¿Fui a participar del show? En absoluto. ¿Lo denuncié posteriormente en mi blog? Sin duda.

2. No a los selfies con animales

Hacerse un selfie con animales exóticos está más de moda que nunca, potenciado por las redes sociales. Pero a menudo ignoramos cómo viven realmente estos animales y las torturas que sufren para que tú —modernita, guapa e influencer— quedes ideal en tu perfil de Instagram.

En la mayoría de los casos, tras esa foto molona con un animal hay una realidad que preferimos no ver: el tigre ha sido anestesiado; el mono de bolsillo, raptado y en cautiverio; al lemur le han arrancado los dientes; el elefante vive atado y encadenado a una columna; el camello que montamos está famélico, o el delfín tiene la piel llena de arañazos en su lucha con otros delfines por el cebo que los tour-operadores usan para atraerlos. Las situaciones de explotación y maltrato animal a menudo están delante de nuestros ojos, pero el afán por molar y subir la foto que acumule cientos de likes nos ciega.

Hace poco estuve en Marruecos. Para ir desde Asilah a una de sus maravillosas playas tienes varias formas: taxi, carro-moto y también carro tirado por burros. No diría que son los animales que más maltratados he visto, pero gorditos, lozanos y contentos tampoco se les veía. Pues rápidamente cambiamos la opción al carro-moto. Y no hay más que hablar. Hay cuestiones que no deberían admitir debate.

3. Compra en establecimientos y negocios locales

No hace falta ser un lince para darse cuenta de que, en ciertos países, lo que para nosotros es calderilla puede solucionarle a una familia la alimentación de varias semanas. Ser consciente de eso me ha hecho sentir tanto poderosa como avergonzada. Ahora piensa dónde vas a gastar esa calderilla. ¿En las multinacionales y franquicias que salpican todo el planeta?, ¿en souvenirs made in China?, ¿o en las tiendas y mercados locales?

Además de ser una experiencia mil veces más auténtica y de que los productos saben infinitamente mejor, ¡qué satisfacción saber que estás colaborando a que —literalmente— una familia coma!

4. Vete en temporada baja

Viajar en temporada baja también ayuda a los locales en los meses más tranquilos y alivia la presión sobre la infraestructura local durante la temporada alta. Mientras estés en condiciones de viajar fuera de temporada —no siempre es posible por trabajo y colegios—, ¡hazlo! Además, es mucho más agradable viajar cuando no estás acompañado por miles de personas.

5. Evita las trampas turísticas

Hay ciertos rincones del planeta que han sido inundados por completo por turistas, hasta un punto en que claramente ya no beneficia a la comunidad. Esto podría ser países enteros, ciudades o un punto de referencia específico, pero de cualquier manera trata de evitarlos. Realiza una investigación exhaustiva antes de ir y no solo sigas el camino turístico transitado. A menudo hay tanto que te pierdes yendo solo a los lugares populares.

6. Apartamento antes que hoteles

Los hoteles son extremadamente derrochones en energía y agua, y producen enormes cantidades de residuos. Personalmente, siempre opto por un apartamento, ya que son más respetuosos con el medio ambiente, y para mí una experiencia más agradable y cercana. Sin embargo, ha habido un gran aumento en la cantidad de hoteles ecológicos que están apareciendo en todo el mundo. Googleando, estoy segura que encontrarás ya muchas opciones ecológicas al destino que planea viajar.

7. Evita volar en avión

Las emisiones de la aviación —comercial y militar— contribuyen notablemente al aumento del efecto invernadero. Es el medio de transporte más contaminante, así que aconsejo intentar evitarlo y sustituirlo por TIEMPO. La rapidez del avión, sobre todo para grandes distancias, parece algo inevitable, pero si contamos con tiempo, quizás sería una buena idea abrir la mente y contemplar otras formas de viajar. El slow travel hace hincapié en disfrutar del camino, más que del destino, y yo lo alabo. El tren sería el medio de transporte menos contaminante, así que siempre que puedas, tómalo. Siéntate, mira por la ventanilla, pasea por los pasillos, interactúa en el vagón bar… Disfruta del camino a un ritmo asimilable y con la alegría de saber que estás contribuyendo al medioambiente.

8. Muerte al plástico

La guerra contra el plástico debería estar integrada en nuestra vida cotidiana en nuestro entorno habitual para luego llevarla allí donde vayamos. Por eso, además de hacer lo que habitualmente hagas, te recomiendo no usar botellas de plástico para llevar agua. Viajando es más importante que nunca estar hidratado, y llevar agua siempre en la mochila. Esto quiere decir que deberíamos prescindir del agua embotellada y a muchos os cuesta, sobre todo viajando por Asia, África y algunas partes de Latinoamérica. Os prometo, que lo tengo comprobado y ni una indisposición en el cuerpo, que las pastillas purificadoras funcionan.