Después de cruzar diversos ecosistemas (semidesierto, montaña, bosque) que disputan alternadamente la majestuosidad escénica, llegamos a un camino de terracería que transcurre entre montañas, valles y casas de adobe y finalmente damos con el albergue ecoturístico Santa María de Cocos, antesala del Sótano del Barro en el estado de Querétaro.

Photo: Juan Carlos Piña

A las cuatro de la madrugada empezamos la caminata bajo una bóveda celeste infinita. Las montañas que rodean la comunidad de Cocos crean un embudo natural que aísla de todo resplandor aledaño. La oscuridad es inmensa, tanto que la intención inevitablemente se dirige hacia arriba, y es que el polvo de estrellas baña los ojos y renueva la mirada. Quedan ya muy pocos lugares donde esto puede verse, así de vasto, así de presente.

Photo: Juan Carlos Piña

Comienza a clarear. Son las seis de la mañana. Han pasado dos horas desde que salimos del albergue cuando, entre grillos, escuchamos al guía indicar el fin del trayecto.

Photo: Juan Carlos Piña

Tres rocas a la derecha y estamos, de pie, porque el respeto así lo amerita, frente al Sótano del Barro. Es una imagen que hace enmudecer, y es que postrarse frente a un abismo de más de 200 metros de radio y 500 de tiro vertical hace temblar las piernas y despierta la mente al reconocimiento humilde de nuestra inminente pequeñez.

Photo: Juan Carlos Piña

El Sótano respira hondo y exhala el sereno, la humedad profunda de la tierra virgen. Son las 6:30 de la madrugada. “Ya vienen”, advierte el guía. De las entrañas emana una voz salvaje, brutal, que resuena en cada poro de la piel. La última colonia de guacamayas verdes (ari militaris) del centro del país despierta en lo más recóndito del abismo. 50 aves majestuosas en pleno vuelo dibujan una estela de energía espiral que estalla al alcanzar la boca del Sótano. Una algarabía de color, de sonido, de libertad plena.

Photo: Juan Carlos Piña

Las guacamayas vuelan en pares. Cuando alguna pierde a su pareja, volará sola por lo que le reste de vida. De dos en dos, algunas de a una, se pierden detrás del monte con rumbo a la Presa Infiernillo. Como cada día, después de dos horas y un desayuno a base de mocoques (pepinos silvestres), las guacamayas regresan al sótano, en la misma formación de salida, para atender a sus crías. La luz del sol es oblicua. El color radiante de su plumaje y la realeza de su vuelo se aprecian en todo su esplendor. La misma algarabía, pero en reversa. Después, silencio.