Esta es una historia más, de las muchas que ocurren en el marco de la gran crisis de refugiados actual. Somos simplemente dos personas que tomaron parte en esta realidad. Los párrafos que siguen son nuestro granito de arena para representar una experiencia de las muchas posibles.

¿Por qué decidimos ser voluntarias independientes en un campo de refugiados?

Una de las muchas preguntas que recibimos usualmente… No la responderemos aún.

¿Dónde, cuándo y cómo llegamos al campo de refugiados?

Estuvimos en el Campo de Refugiados de Oreo Kastro, situado en Thessaloniki, al norte de Grecia, entre los meses de noviembre de 2016 a febrero de 2017. Al contrario de lo que imaginábamos, no fue tan fácil acceder a los campos, ni tampoco ofrecer ayuda humanitaria directa o indirecta. Parecía como si la ciudad no quisiera mostrarnos esa cara. Todos nuestros intentos iniciales por acercarnos al conflicto quedaron frustrados. En ese momento, para entrar en los campos era obligatorio ir respaldado por una ONG, lo que resultaba difícil. Así que, rascando en la superficie, conseguimos dar con una voluntaria independiente que nos facilitó la entrada al campo. Al cabo de una semana, ya estábamos allí: había ropa tendida, perros, hogueras, niños jugando y caía la noche. Ante nosotras, por fin, estaba la entrada no oficial del Campo de Refugiados de Oreo Kastro… una ventana más que una puerta.

La llegada al campo: ¿cuáles fueron las primeras impresiones?

El día en el que nos dispusimos a coger el autobús que nos llevaría al campo, llevábamos casi dos meses viviendo en una Grecia muy diferente, de ritmo frenético que nunca dormía. Ya en el autobús comenzamos a vislumbrar una realidad a la que se le estaba dando la espalda, no solo desde el resto de Europa, sino también desde la sociedad griega local.

Los alrededores de Oreokastro. Crédito: Wouter Menninga

Con miles de emociones dentro y fuera de nosotras, nos aproximamos al campo con la idea de prestar una ayuda desde una perspectiva europea, y en cierta parte sanitaria también, ya que dos de nosotras estudiábamos medicina por aquel entonces. Nos imaginábamos que íbamos a ayudar en una tarea en concreto, como si se tratara de robots que necesitan un cambio de pieza. Esta idea desapareció de nuestra mente al vernos envueltas en situaciones en las que tratábamos, sentíamos y empatizábamos con seres humanos idénticos a nosotras. Seres humanos que se habían visto en la obligación de tener que huir de su casa, de sus raíces y de su tierra. Al contrario de lo que esperábamos, las necesidades básicas estaban cubiertas. En cambio, otras necesidades no tan visibles resultaron más acuciantes: la espera interminable, el desamparo, la impotencia y la soledad.
Desde el primer día conocimos a personas muy distintas entre sí, y nos dimos cuenta de la magnitud y transversalidad del conflicto. Éste no entendía de clases sociales, origen, edad, género, nivel de estudios o creencias religiosas. Lo único que tenían en común todos era la situación forzosa en la que se vieron obligados a abandonar su país.

¿Cómo funciona el campo?

Oreo Kastro era uno de los muchos campos que se situaba a las afueras de la ciudad de Thessaloniki. Para llegar a él había que coger dos autobuses, bajarse en medio de la nada y entrar en una antigua tabacalera. Era una especie de ghetto. Allí se formó una microsociedad de unas 1000 personas en la que existía tanto el viejo patriarca, como el pícaro traficante o el revolucionario. Este campo tenía la peculiaridad de funcionar de forma autogestionada en casi todos los ámbitos. Técnicamente, era un campo militarizado, en el que la armada era la propietaria de las tiendas y de la nave en la que se ubicaban, y también responsable de la alimentación básica y de la electricidad. La función de las ONGs era complementar estas ayudas, aunque no pasaban mucho por allí. Mientras, los colectivos sociales de la ciudad y los voluntarios independientes intentaban dar una ayuda más directa y personal.
Algunos habitantes del campo montaron una escuela en la que nosotras empezamos como profesoras de inglés. Allí tuvimos nuestro primer contacto cercano con los hombres que asistían a nuestras clases, muy diferentes y de todas las edades. A las mujeres no les estaba permitido asistir. Pudimos ver de cerca sus deseos y frustraciones, el esfuerzo por aprender un idioma que les daría voz en Europa, una Europa que por el momento hacía oídos sordos a su situación. También vimos la curiosidad que sentían por conocernos. Tuvimos la sensación de que estas personas no habían sido tratados como iguales desde hacía mucho tiempo.

El quiebre: de la relación voluntario-refugiado a la amistad.

Kahraba fue la primera palabra que aprendimos en árabe. Significa electricidad. Era pleno invierno y el generador se había roto. Ya había dado problemas antes y se había hablado de ello en las asambleas, pero nadie hizo nada al respecto. Ahora teníamos a un millar de personas hacinadas en una nave industrial, muertos de frío. Pero no tener electricidad significa mucho más que eso. Significa no poder cocinar, no comer ni beber nada caliente, vivir en una oscuridad eterna. Hasta el agua se congelaba. Cuando había calor y luz tenue en las tiendas, eso hacía que, por momentos, uno se olvidara de dónde estaba. Esos simples elementos construían la ilusión de estar en un hogar. Sin ellos, la ilusión se rompía, dejando al descubierto un mundo oscuro de nervios crispados y desamparo.

Crédito: Caitlyn Zucca

Los que sabían de electricidad intentaban arreglarlo a escondidas, ya que era propiedad de la armada y estaba prohibido tocarlo. Había que cambiarlo. Los días pasaban y la ayuda no llegaba. Se habían suspendido las actividades de la escuela, las tareas de distribución eran más complicadas, el clima empeoraba y la espera se hacía más y más insoportable. Nos dimos cuenta de que nos encontrábamos ante un gigante y no teníamos los medios para enfrentarnos a él. Había que desenterrar la esperanza, levantar los ánimos. Vimos como el simple hecho de compartir este drama con ellos les devolvía algo que habían perdido: la humanidad. Como resultado, hubo un gran acercamiento. La distancia voluntario-refugiado desapareció, ya simplemente éramos un puñado de personas que luchaban juntas por mejorar la situación. Notamos como nuestra amistad hacía bien, como nuestra compañía les hacía olvidar por un rato las preocupaciones que permanentemente rondaban su cabeza. Aliviábamos con la presencia esa sensación de rechazo y marginación.

Lo que aprendimos al interactuar con los refugiados: Mama Syria y otros sentir-pensares sobre la condición de humanidad.

Con el tiempo nos fuimos involucrando cada vez más, coincidiendo con ellos en manifestaciones, jugando con los niños, compartiendo largas tardes de té y cigarrillos, en los trayectos de ida y vuelta del campo, o en la repartición de productos. Así, empezaron a formar parte de nuestra rutina y nosotras de la de ellos. Entablamos una relación que salía de los límites de esas tiendas, de ese campo y del protocolo voluntario-refugiado. Era mucho más que eso.
El inglés como único idioma común se quedaba escaso a menudo, y puede que gracias a eso se nos encendiera el piloto de alerta y empezáramos a reparar en la salud emocional de estas personas. El bienestar se compone de tres esferas: la biológica, la psicológica y la social. Nos dimos cuenta de que aunque su bienestar biológico fuera óptimo, el psico-social estaba totalmente desatendido. Sus miradas, expresiones faciales y postura física reafirmaban esta sospecha. También frases que salían en nuestras conversaciones: “I sleep well, I eat well. But the wait still kills me”, “The life in the camp completely annuls me. I can’t focus in any task. Even my smile is fake” (“duermo bien, me alimento bien, pero la espera es lo que me mata”, “la vida en el campamento me anula, no me puedo concentrar en ninguna tarea, incluso mi sonrisa es falsa”).

Crédito: isafmedia

Son muchos los motivos y los factores que llevan a estas personas a este estado de bloqueo, empezando por la guerra y la consecuente huida de su país, abandonándolo todo por sobrevivir. Los peligros que conllevan estos trayectos, las adversidades a las que hacen frente en los países de tránsito o de acogida, así como la estancia interminable en los campos de refugiados, la desinformación, el racismo, la xenofobia, la preocupación por los suyos y su futuro, los continuos cambios de las políticas migratorias… Todo esto implica una necesidad de adaptación constante que muchos de ellos no saben gestionar debido al estado de estrés y bloqueo. “No me puedo imaginar vivir toda mi vida en una tienda”, decían como podían en inglés. “A veces siento que ya no soy humano, sino un animal”, escuchamos. “Pero no podemos olvidar quién es nuestra madre. Nuestra madre es Siria. Y hemos perdido a nuestra madre”, se lamentaban algunos.

Después de vivirlo, ¿qué es ser voluntario independiente?

Las grandes organizaciones sin fines de lucro son necesarias en los campos para cubrir las necesidades más básicas y, sobre todo, para dar visibilidad a esta crisis migratoria y facilitar la comunicación a nivel internacional. También es cierto que, aunque en el campo Oreo Kastro no funcionaran como deberían, en otros campos sí hicieron un buen trabajo.
Los voluntarios independientes, como fuimos nosotras, complementan esta acción solidaria cubriendo las necesidades psico-sociales, inaccesibles para las grandes organizaciones por cuestión de tiempo y cercanía. Muchos voluntarios independientes también se ocupan de las caravanas de alimentos y útiles que viajan desde muchos puntos de Europa. El hecho de no depender de horarios y de poder mostrarte ante ellos como quien eres (sin protocolos de conducta de organizaciones más grandes), crea una atmósfera más personal que posibilita el desahogo y ayuda a que las personas viviendo en campos de refugiados se sientan aceptados en esta nueva sociedad tan distinta a la suya. Ser voluntario sirve como puente entre culturas, como primer paso y primer espacio en común en el que conocerse. Sirve como herramienta para desmentir mitos y romper tabúes. Sirve para acercar las culturas de oriente y occidente, que a partir de esta crisis están destinadas a convivir. Aunque quizás no lo tuviésemos en claro al comenzar con la experiencia -cuando buscábamos dar apoyo y soluciones rápidas-, hoy creemos que esta es la razón por la que fuimos voluntarias.

Créditos
Editor Debbie Gonzalez Canada
Author Pronoia Proyecto