Durante una época, tuve una regla mental que me decía que cada año tenía que visitar un país nuevo. No lo cumplía todos los años, pero siempre estaba ahí en algún lugar de mi cerebro como pequeña autopresión. Poder aumentar el número de países visitados, poder rascar en el mapa otro país, aunque no hubiese pisado más que una ciudad. Al llegar diciembre, si no había sumado un número a esa absurda lista, me sentía un poco decepcionada y me prometía remediarlo el año siguiente. Como si no hubiese estado en lugares nuevos. O como si esos viajes a destinos ya conocidos fuesen de alguna forma peores o menores.

Hay lugares a los que por distintas razones siempre acabo volviendo. La segunda visita a un lugar, para mí, tiene dos efectos instantáneos y muy relacionados el uno con el otro. En cuanto me bajo del avión o del tren o del autobús o del coche, me siento como en un videojuego en el que he desbloqueado un nuevo nivel. En este nuevo nivel, puedo visitar la ciudad en cuestión ya todas las veces que quiera. Sé que voy a volver, porque ya he vuelto. Y aquí entra el segundo efecto: me relajo. Ya no tengo que ver todas esas cosas imprescindibles. Ya lo haré en otra visita. Puedo pasar la tarde en un café, puedo explorar mi barrio no céntrico, puedo simplemente estar y observar.

1. Los lugares que nos curan


La primera vez que fui a Viena la odié y pasé unos años hablando mal de la ciudad. Después me mudé allí. Me recibió un octubre aún soleado y me ganó en el primer paseo cámara de fotos en mano. Y podría haber sido un año horrible: pasé la segunda o tercera semana en el hospital y mi salud en general esos meses no fue lo mejor, pero tenía amigos y tenía una bici (Manuela) y aunque no vi el sol en varios meses lo pasé muy bien y fui muy feliz. Cuando salió el sol, mis amigos se fueron y yo me quedé. Viena sin amigos me seguía gustando. Conocí a más gente, vi cómo florecían los parques y las terrazas. Después me tuve que ir.

Ahora vuelvo siempre que puedo o siempre que lo necesito porque para mí es un lugar seguro. La conozco con frío y con calor, con nieve y con sol, con amigos y sin ellos, con bici y a pie y en tranvía, encontrándome mal y encontrándome bien. En cada nueva visita, intento ver algo nuevo, pero también recorrer las calles que ya me sé de memoria, volver a sentarme en mis cafés preferidos, en la mesa del Phil en la que no te sirven nada porque solo es para leer y en alguna en el Top-Kino cerca de la ventana, donde pediré un schinken-käse sandwich y quizá vea una película en alemán sin subtítulos que no entenderé. Iré también a visitar a Egon Schiele al Leopoldmuseum y volveré a intentar sin éxito llegar al Friedhof der Namenlosen, el cementerio de los sin nombre.

Llegaré a casa relajada y renovada, sintiendo que todo lo que estaba descolocado cuando me fui se ha recolocado o aclimatado a su nueva posición. Viena es un paréntesis, un viaje para resetear y poner el contador a cero, para coger aire antes de continuar.

2. Los lugares que están cerca


Viajar no siempre significa irse lejos. Muchas veces, además, tenemos la suerte de tener muy a mano algún lugar fascinante, de esos a los que no nos cansamos de ir. El mío es el norte de Portugal y, en concreto, Oporto. Tengo la frontera a una media hora de casa y la ciudad del Duero a hora y media en coche o dos horas y media en el tren más viejo del mundo (es toda una experiencia) y he perdido la cuenta del número de veces que he estado allí.

Tiendo, además, supongo que por la facilidad y cercanía, a moverme casi siempre por la misma zona. Conozco el resto, he hecho los deberes. Los imprescindibles están visitados, así que puedo centrarme en mi ruta de paseo por la Baixa, recorrer la calle Miguel Bombarda, comprar una hamburguesa en Bugo Art Burgers al final de la calle e ir a comérmela a los jardines del Palacio de Cristal mientras soy rodeada por pavos reales.

Pero ni siquiera tiene que ser un lugar como Oporto, que llena titulares en revistas de viajes. Cualquier lugar cercano, que implique un desplazamiento, sí, pero fácil y rápido, y que nos guste merece todas las visitas que podamos hacerle. Y podemos considerarlo un viaje y maravillarnos ante la suerte que tenemos de vivir tan cerca de un lugar así.

3. Los lugares a los que nos gustaría mudarnos


¿Has visitado algún lugar y fue amor a primera vista? No un amor de turista, de qué bonitos estos monumentos y qué interesantes estos museos (es un amor igualmente válido, pero no para esto), sino un amor en el que de pronto te visualizas viviendo allí. Recorriendo esas calles porque ya es tu rutina y hasta crees adivinar cuál será el café en el que pasarás más horas y qué camarero te saludará por tu nombre. Nuestras vidas son complicadas y no siempre es posible ni realista hacer las maletas y mudarnos a otra ciudad o país o continente, pero ¿por qué no volver a ese lugar en el que sospechamos que ya estamos viviendo en una realidad paralela?

Ese lugar es para mí Glasgow, donde solo he estado dos veces pero no solo sé que serán más, sino que me siento ya una nativa saltando de autobús en autobús. En contra, como posible residencia futura, está que a lo mejor el tiempo invernal no lo llevo tan bien (y, bueno, el Brexit, pero confío en que los escoceses salven el obstáculo), pero a favor están lo simpáticos y amables que son los glaswegians, estar en la ciudad que ha producido a varios de mis grupos favoritos y el té y los scones y la arquitectura de Rennie Mackintosh. ¿Viviré allí algún día? Lo dudo mucho. Pero eso no significa que no pueda ir una y otra vez e imaginar que esas calles son las mías, que tengo un pub habitual y que ese edificio tan bonito que acabo de ver es el lugar que llamo casa.

4. Los lugares inabarcables a los que es fácil ir


Hace un par de semanas estuve en Londres, creo que por cuarta vez. Decidí ir con muy poca antelación, solo porque unas amigas me dijeron que estaban organizando un viaje ahí y me preguntaron si quería ir también. Vuelo directo y baratísimo desde Santiago de Compostela, Londres con luces de Navidad, ¿cómo decir que no? Una vez allí, con el viento y el frío se coló por mi nariz un virus inglés que se convirtió en un catarro de esos que te roban la voz y te dejan tumbada. Uno de los cuatro días que estuve en Londres, me quedé en casa. Pero, precisamente porque es Londres y porque ya he estado más veces y sé que volveré, no me importó mucho.

Londres tiene dos características clave en esto: por un lado, es un lugar al que es muy fácil ir desde donde vivo; por otro, es una de esas ciudades tan llenísimas de cosas que ver y hacer que sabes que nunca nunca nunca te vas a ir de allí diciendo «bueno, pues ya lo he visto todo». ¿He visto menos cosas por haberme quedado un día en casa? Claro. ¿Iba a ser mucha la diferencia en el porcentaje total del Londres que he visto? No.

Al día siguiente tampoco vi cosas: vi gente. Quedé con amigos que viven allí y el plan fue de interior y comida y café.

5. Lugares en los que conoces a alguien

Una de las cosas que más me sorprenden de mi trayectoria viajera es haber estado dos veces en Karlsruhe, Alemania. Pero fui, las dos veces, para ver a alguien. La primera, visité a dos amigos alemanes que vivían ahí (pero no se conocían entre ellos). La segunda, para ver a una amiga de aquí que se mudó a la ciudad hace unos años. (Me sorprende también conocer a tanta gente no relacionada entre sí que ha acabado en un lugar del que nadie ha oído hablar).

Nunca habría pisado Karlsruhe si no fuese por ellos y tampoco habría vuelto. Y aquí no es la ciudad quien llama, es algo mejor y una de las razones más bonitas para viajar: los amigos. Al final, y este es un mantra que me repito convencida desde hace años, la gente es más importante que los lugares. A veces se trata de una ciudad como Londres. Otras, lugares como Karlsruhe. Y esos lugares, famosos o anónimos, se vuelven rincones favoritos a los que volver cuando sabemos que allí veremos a alguien que nos gusta y a quien queremos y no vemos lo suficiente.