Silencio. Sólo un rayo de luz, simple, claro, que conecta cielo y tierra y enciende nuestra mirada. Nos encontramos en la entraña oscura, cálida y húmeda de una caverna. Es la llamada Gruta de los Astrónomos en Xochicalco (Miacatlán, Morelos), lugar en donde, según unos cuantos arqueólogos, los sabios se reunieron para ajustar los calendarios espiritual y material y alcanzar así la conciencia del no-tiempo, en la que los hombres ya no son como dioses, sino que se transforman en el mismo dios.

La acrópolis de Xochicalco, que en lengua náhuatl significa “en el lugar de la casa de las flores”, se asienta sobre una colina que tutela un plácido valle, aguardando paciente a que los exploradores la descubran. Luego de una primera mirada, el visitante la percibirá como una fortaleza, con sus muros, sus escalinatas, sus plazas y terrazas; luego de la segunda, advertirá que estas paredes tal vez no se alzaron sólo para disuadir al posible adversario sino, también, para albergar un saber, el de la antigua Tamoanchán, ciudad del tiempo y del renacimiento.

Los edificios más importantes que la componen son la Pirámide de las Serpientes Emplumadas, la Acrópolis, el Juego de Pelota, la Plaza de la Estela de los Dos Glifos y el Observatorio. Sin embargo, la también conocida como Pirámide de Quetzalcóatl, es el elemento que, desde tiempos antiguos, distingue a la ciudad. Se trata de una majestuosa plataforma coronada en sus vértices por serpientes emplumadas en bajorrelieve, de lengua bífida y cuerpos ondulantes, que junto con símbolos del fuego nuevo, de nombres de los pueblos vecinos, de la vírgula de la palabra, de guerreros ataviados con sus pectorales y bastones de mando, o de sacerdotes con anteojeras y deformación craneana maya, nos convocan a ofrendar nuestro corazón.

En el observatorio subterráneo el sol penetra durante 105 días, del 30 de abril al 15 de agosto, por la boca de un tubo vertical que conecta la gruta con la superficie exterior que fungió como telescopio. En el camino del sol en el firmamento, el 14 y 15 de mayo o 28 y 29 de julio, el haz de luz penetra a través de este canal ligeramente inclinado hacia el norte, de unos ocho metros de longitud y 40 de diámetro, proyectando un tubo hexagonal de luz hasta el piso de la cámara. Casi podemos ver a los sacerdotes sedentes, aguardando la apertura de este portal luminoso en el espacio, con el que no sólo examinaban el Sol, la Luna, los eclipses, equinoccios y solsticios que marcaban las estaciones del año y el ciclo agrícola, sino que también condensaba en un solo rayo de luz su comprensión del universo. La esencia del tiempo: luz en movimiento.


El Museo de Sitio de Xochicalco, ejemplo a nivel nacional e internacional, vive en armonía con la naturaleza: sol, agua y viento son sus únicas fuentes de energía. Siguiendo principios de sustentabilidad ecológica, este recinto (obra del arquitecto Rolando Dada Lemus), opera desde 1996 a partir de energía solar, de un mecanismo de captación de agua de lluvia y de un sistema de ventilación por rotación térmica. Esta zona, considerada Patrimonio Cultural de la Humanidad desde noviembre de 1999, recibe unos 400 mil visitantes al año, lo que la convierte en la quinta en importancia a escala nacional, después de Teotihuacán, Chichén Itzá, Tulúm y Tajín. Pero de continuar la tendencia actual, podría ascender al tercer sitio.

DISTANCIA Y TIEMPO

A 130 kilómetros de la CDMX, 1:30 horas en automóvil.

Cómo llegar a Xochicalco

Tomar la autopista del Sol Cuernavaca-Acapulco hasta la caseta de Alpuyeca, donde se sale hacia el pueblo del mismo nombre. De ahí se sigue la desviación hacia Miacatlan, a ocho kilómetros a la derecha se encuentra otra desviación de cuatro kilómetros hasta la zona arqueológica.