Esta es la historia de uno de los seres más espantosos de Tenochtitlán, una bestia que se hacía presente ante quienes osaban caminar solos de noche. Apenas sentía los golpes secos de la madera, el miedo invadía al caminante, pues sabía que Yohualtepuztli (Hacha nocturna) se acercaba y, con él, su muerte.

El libro “Historia general de las cosas de la Nueva España” (Bernardino de Sahagún) nos habla de esta criatura que se hacía presente primero a través del sonido lejano de algunos golpes, como si alguien estuviera cortando madera. De ahí su nombre: Hacha nocturna.

Se presentaba cuando todos dormían profundamente y por ello cada noche los tlamacazque (sacerdotes) le llevaban ofrendas de caña y ramos de pino.

Si alguien trataba de acercarse al origen del sonido, caía en la trampa, pues Yohualtepuztli fingía estar cansado para atraer a su víctima. Al aproximarse al monstruo, el valiente podía notar que estaba en presencia de algo con forma de hombre, pero que no tenía cabeza y su pecho se encontraba abierto al medio, dejando al descubierto un su corazón desnudo.

Crédito: Daniel Parada

Había dos opciones: escaparse y sufrir la iracunda persecución de Yohualtepuztli… O arrancar su corazón de un manotazo.

Ya con el corazón en la mano, el hombre valiente podía pedir un deseo, como mayor riqueza o que se incrementaran sus habilidades para la guerra. Aquí venía una segunda prueba: si Yohualtepuztli consideraba que lo merecía se le otorgaba y, si no, le daba todo lo contrario…

Respondiendo a las demandas, el hacha nocturna respondía:

«Gentil hombre, valiente hombre, amigo mío, fulano, déjame. ¿Qué me quieres? Que yo te daré lo que quisieres».

A lo que el valiente debía responder:

«No te dejaré que ya te he cazado».

Entonces el espectro le entregaba una espina de maguey al susodicho diciéndole:

“Toma esta espina y déjame”.

El valiente debía mantenerse en su postura de captor y no soltar a Yohualtepuztli hasta que esté le diera tres o cuatro espinas.

Entre más espinas le eran otorgadas, más próspera sería su vida de ahí en adelante. También se decía que se podía uno robar el corazón de este monstruo y guardarlo entre algunos paños y descubrir a la mañana siguiente uno de estos dos regalos: espinas de maguey o una pluma que auguraban la buena fortuna; o un trozo de carbón o un trapo sucio que significaba la miseria sin escape.

Sin embargo, estos actos de arrojo valían la pena, pues si aquel que escuchaba los golpes del hacha no perseguía a Yohualtepuztli, la desgracia caía directamente sobre su vida, sin escapatoria alguna.

Crédito: Daniel Parada