Todos fotos por el escritor.

En el relato anterior, llegamos al Chaco a través de las palabras de Doña Monona, la abuela de Ängel, quien con tanta generosidad me recibió en su casa como una nieta más, ella, la mamma de todos los Quiroga. Ahora intentaremos penetrar el monte en su día a día, más allá de la tranquera: la caza y la pesca serán protagonistas.

“ESPESURA DE LOS MONTES, canto del ave salvaje…” Así comienza Canto a Monte Quemado, la cueca norteña compuesta por Elsa Corvalan de Bravo, llevada a la fama por Los Manseros Santiagueños y cantada por todos los chaqueños; ésta es, quizá, la tonada más representativa dedicada a la región del Gran Chaco.

Vale la pena escucharla, su letra y música reflejan con el mayor sentimiento la nostalgia por esta tierra, con una descripción certera de sus tesoros: el monte impenetrable, la noche con sus ruidos y misterios, las aves compañeras, y sobre todo, el carácter de su gente.

El Pilcomayo se ve largo, hasta el infinito. En invierno, el Bermejo llega a su encuentro con un hilo de agua; es muy distinto en febrero, cuando empieza a llegar la lluvia. Así, el interminable río resultó tener muy poco caudal por la época del año, la más baja en precipitaciones; y sus márgenes, muy retirados de las casas y lejos de estar enlodados como yo pensaba, presentaban un paisaje de amplias y profundas grietas, con algunos arbustos, que me recordó a los salitrales que rodean algunas lagunas de la Pampa argentina.

En nuestra primer incursión nocturna, intentamos sacar algún surubí de entre los bagres, sin suerte, porque en esta época del año son escasos; “se han ido para Bolivia por el río”, dicen. Si bien no conseguimos pescar ejemplares de más renombre, disfrutamos de dos riquísimos bagres asados en las mismas brasas del fuego que nos iluminaba.

El bagre podrá ser feo a la vista, y no en vano se llama con ese nombre a una persona poco agraciada, pero es grasoso y tiene pocas espinas, lo cual lo convierte en un bocadillo perfecto para el campamento. Entrada la luna, emprendimos el regreso por una senda oscura, siguiendo con dificultad las primeras huellas entre los árboles jóvenes de la ribera.

En otras oportunidades, volvimos a cruzar de día los tres kilómetros que separan la casa del Pilcomayo, para quedarnos hasta la noche y volver a probar suerte con la esperanza de atrapar algún sábalo. Del mismo lado del río donde nosotros tirábamos la línea, dos lugareños pescaban con red tijera. Esta técnica consiste en sumergir una red sostenida por dos cañas, cerrar y sacar la red con los peces dentro.

Su forma me recuerda a las alas de algunos insectos, con las nervaduras más fuertes en los bordes. Los movimientos que logra la destreza del pescador, que llegan a ser muy orgánicos y plásticos, resultan en una danza donde la caña, el río y el hombre se enlazan en un diálogo de pedir y recibir.

Más allá, del otro lado del río, donde ya es La Banda boliviana, un grupo de hombres jóvenes y adolescentes pescaban con red ancha. Esta técnica es totalmente diferente, mientras que la pesca con red tijera es una práctica solitaria, ésta es una tarea grupal, donde participan los hombres de la comunidad, sin importar su edad, siempre que el río no sea demasiado profundo para su altura. Entre quince o veinte estiran la red y avanzan recorriendo el río a favor de la corriente. Como los peces suben en contra, quedan atrapados, y de esta manera puede hacerse una pesca muy generosa, en poco tiempo.

La cacería es otro tema. El hombre generalmente sale solo, acompañado de sus perros, y se interna en el monte siguiendo las huellas de los animales. Era mi primera vez en la tarea. El monte está seco y ralo. Se ven espinillos y palosantos, entre los que se esconde algún que otro frutal plantado en las mejores épocas de este terreno que todavía es tierra fiscal. Los pomelos son ácidos y las naranjas dulces; el preferido es un naranjo altísimo, plantado hace 20 años, tan alto que logra esconder sus frutos de nuestros intentos depredadores. Dentro de muy poco, en primavera, todos los árboles tendrán flores, los espinillos teñirán de amarillo el horizonte y perfumarán el aire al paso, y, como dicen por aquí: “hasta el yuyo más fiero tendrá su flor”. Antaño, el campo estaba todo sembrado, crecían de entre los maizales jugosas sandías, zapallos, anquitos y calabazas.

A pocos metros de la casa ya encontramos liebres; quietas, atentas a la cacería. También es zona de víboras, y Ángel siempre recuerda el encuentro con una lampalagua en la tranquera. Su bisabuelo, Don Domínguez, sobrevivió tres veces a la picadura de una víbora, y Osaco, el can favorito, gran perseguidor de quirquinchos, también sufrió una picadura el año anterior, que curaron con gasoil. Osaco tiene muchas historias, es el mejor compañero para la caza, y su cicatríz en el hocico izquierdo delata el encuentro con un chancho jabalí.

Salimos una tarde por el viejo camino que antes conducía a Tartagal, recorrido desde siempre por los paisanos a pie o a caballo, y que hace unos veinte años fue abandonado hasta convertirse en una senda sobre la cual avanza la vegetación. A medida que nos adentramos en el monte, Ángel comienza a mostrarme la variedad de árboles que lo componen: los palosantos se mezclan con algarrobos y duraznillos, y entre ellos se yerguen en lo alto algunos quebrachos con sus cabellos de sajasta. La sajasta es una planta muy inflamable, como un liquen, fina como una tela de araña que forma pequeños tejidos colgantes. Mientras vamos caminando, mi compañero recuerda: “Allá donde ves, pillé un conejo; y allá, unas charatas y un chorote… también hay chuñas, pero de esas nunca pude agarrar. Ahora el tiempo es seco y los animales no se acercan, pero cuando llueve están todos acá tomando agua en el camino y son fáciles de atrapar. ¿Dónde estarán ahora? –piensa en voz alta- Cerca de algún lugar con más agua, seguro…”

Hay rastros de conejos por todas partes. Novata, yo esperaba ver la estampa de sus patitas; en cambio, él ve las manchitas blancas que dejan al orinar. También encontramos huellas de gato montés y de diversas aves que fuimos siguiendo hasta llegar a la represa, que ahora está seca. Caminamos unos seis kilómetros y todavía estamos a tres del paraje Montelmedio. Llegamos solamente hasta un sitio donde se esconde un fallido intento de extracción petrolera y pegamos la vuelta, desviándonos del camino grande para entrar en un bosque de duraznillos digno de un cuento de hadas. Con sus diminutas hojas componiendo colores de atardecer, salpicadas de un dorado otoñal y acolchando el tierral, podía imaginarme una casita de caramelo en cualquier claro que abriera la espesura del monte.

Salimos así varias veces a cazar, sin suerte. La creencia popular indica que es yeta (mala suerte) “salir con mujer” de cacería. Y, más allá de cualquier cuestión de género, esta vez no pude ser la excepción a la regla. Sin embargo, y a pesar de las malas lenguas, en un descanso, aburridos ya de no divisar ningún animal, paramos para practicar tiro al blanco; y, ante la sorpresa de Ángel, mi disparo fue el más certero. Cuando todavía me regodeaba en mi buena puntería, llegué a escuchar entre carcajadas: “Bastante bien para una mujer”.

La segunda vez que salimos de pillaje la suerte nos regaló una experiencia inolvidable. Veníamos distraídos por el camino de siempre, cuando comenzamos a escuchar ruidos de hojas provenientes de un arbusto muy cercano, que se movía tal como en un dibujo animado. Con la certeza de tener un animal a pocos pasos nos quedamos inmóviles, enfrentados a dos metros de distancia; hicimos silencio… entoces del arbusto salió disparado un cuís adulto y pardo, perseguido por un gato del monte muy bello, joven, blanco ceniza y con manchas negras, que nos miró desconcertado en cámara lenta (o eso imaginamos nosotros) y siguió en su carrera, como un tiro tras su bocadillo. Nos quedamos atónitos y admirados de tanta belleza, riéndo del desconcierto del pobre felino.

Como despedida, la noche antes de partir salimos a quirquinchear; esto es, a cazar quirquinchos o mulitas. Para esta tarea no se usa un arma de fuego, sino la compañía de bien entrenados perros de campo y un machete. Salimos en escuadrón: Ángel, yo, nuestros tres fieles compañeros: Osaco, el Chato y el Rayado; y, detrás nuestro, inesperado, “el” Michilo… que es, sí, como su nombre lo indica, un gato. Gris y musculoso, criado entre perros y cacerías, pero gato al fin, acostumbrado a acompañar las salidas monte adentro con sus constantes maullidos.

Esta vez no sería nuestra tarea encontrar al animal, sería la de ellos. Así, emprendimos nuevamente camino hacia la represa bien entrada la noche, mientras los perros se encargaban de buscar entre los matorrales. Acompañamos nuestras conversaciones con silbidos para orientar a los canes y cada tanto parábamos para esperar la vuelta de nuestros compañeros. La señal del éxito serían los aullidos y ladridos de los tres mosqueteros (Michilo a esta altura ya se había dado a la fuga), ante la cual habría que salir corriendo campo traviesa a su encuentro. Una vez que los perros señalan un hueco donde se esconde un quirquincho, se bloquea el paso del animalito con el machete, se lo toma de la patita y la cola, y pasa derecho a la bolsa.

Habíamos llegado ya al punto más lejano de nuestra travesía nocturna. Mientras descansabamos y hacíamos tiempo para volver, armamos un fogón. Las instrucciones para hacer un buen fuego en el monte son: armar una pira con pequeñas ramitas de algarrobo, colocar abundante sajasta encima, encender y alimentar con palosanto seco. Todas estas especies prenden rápido y tardan en consumirse.

Ya de vuelta, y con la bolsa vacía, de un momento a otro comenzamos a escuchar los ladridos de Osaco. Ángel responde con un aullido, y sale tras los perros. Yo me quedo en el camino, expectante, cuando uno de los perros empieza a llorar lastimosamente y vuelvo a escuchar los gritos de Ángel avisando que no era una mulita, era un oso hormiguero.

Esa fue otra gran sorpresa, si bien éste era pequeño y por la forma de su hocico no tienen con qué morder, esta especie es muy peligrosa porque cuenta con filosas cuchillas en sus patas y puede saltar hasta cinco metros. Como no le tiene miedo al hombre, o más bien por eso mismo, suele apuntar directamente a la cara; y si llega al cuello, la herida es de muerte. Tanto es su poder, que no es presa fácil incluso hasta para los felinos grandes. Durante un viaje en la selva peruana, me comentaron que el oso hormiguero es el único que puede derrotar al gran yaguareté, saltando sobre su espalda y abriendo su pecho de par en par. Finalmente, salvados los perros, volvemos a casa.

Al día siguiente me monté en un Mercedes viejo con mis petates, camino a casa. El viaje de vuelta nunca es fácil, después de cinco horas de tierra y la nostalgia permanente de un vehículo con amortiguadores, salté del Mercedes a un colectivo con servicio semicama y destino final en Salta. El sol bajaba a mis espaldas hacia un horizonte que dejaba atrás, y junto con él, Santa María.

Quién sabe si volveré a proyectar mi sombra sobre el arenal, en ese paraje donde conocí soles y lunas que no podría haber visto mejor, de haber sido otra mi hoja de ruta.