1. Nuestra relación más compleja y tormentosa es con la lluvia

La definición de amor-odio más clara, el ejemplo de «ni contigo ni sin ti» más apasionado. Los meses sin lluvia, como los que tuvimos hace nada, nos duelen y nos ponen nerviosos. Se nos secan la piel y los montes, nos pican la garganta y los embalses. Echamos de menos esos días de piedra mojada y paraguas, llegamos hasta a añorar una buena ciclogénesis explosiva, esos días de temporales en los que salimos en la televisión nacional. El primer día de lluvia respiramos aliviados. El tercero ya nos quejamos como si llevásemos meses sin ver el sol.

Con el calor, por otra parte, nos pasa lo mismo. Al segundo día de más de 30 grados —tras meses suspirando por temperaturas altas— nos sentimos abafados y no somos capaces de dormir. (Recordemos también que la provincia de A Coruña tiene la temperatura umbral de ola de calor más baja de España: a partir de los 26.2 grados ya se pone en marcha la alerta).

2. Podemos llegar a discutir sobre microclimas

Es una de nuestras convicciones más profundas. No solo estamos convencidos de que nuestra comarca o aldea tiene un microclima propio, sino que además negamos que el resto de lugares vecinos tengan uno también. Por supuesto, todo esto da para debates meteorológicos que en ocasiones acaban en medios de comunicación o en consultas a meteorólogos.

3. Meteogalicia es una de las webs más visitadas en Galicia

¿Cómo salir a la calle sin saber qué tiempo va a hacer? ¿Cómo decidir si coger o no el paraguas sin saber el pronóstico? Y, lo más importante, ¿cómo participar en cualquier conversación si no sabemos si viene lluvia o no, si va a hacer calor o si llega una ola de frío? Nuestra preocupación se refleja en el número de visitas que recibe la web de Meteogalicia. Es difícil encontrar datos actualizados, pero un vistazo a los followers en Twitter deja las cosas bastante claras: tiene 105.000 seguidores; la AEMET, para toda España, tiene 140.000. Y eso que los de la costa somos infieles con Windguru.

4. Lo de las palabras para la lluvia

Según parece, lo de los esquimales y las palabras para la nieve es mentira (¡sí las hay en finés!), pero lo nuestro con la lluvia es más que cierto. Un estudio realizado por la USC hace unos años recopiló la lista: más de 100 términos, entre palabras (61) y expresiones que puntualizan, porque puede chover a caldeiros, a xerros, a mares, a chuzos… Siglos de observación meteorológica nos han dado un vocabulario muy preciso y especializado: no es lo mismo sarabia que pedrazo (depende del tamaño de las piedras), ni todas las nieblas son iguales.

5. Hemos ascendido al hombre del tiempo a la categoría de superhéroe

Ayuda, claro, que se llamase Pemán, como bien aprovechó esa camiseta mítica creo que de Rei Zentolo que no he conseguido encontrar (¿me lo he inventado? ¿existe solo la de Winter is coming?). Con o sin camiseta, Santiago Pemán, que además es piloto (!), marcó una era en la TVG y en nuestros corazones. Sigue apareciendo por ahí en entrevistas, en su blog (ahora mismo no está en activo) y en colaboraciones varias. También tenemos a Martiño, cuyo buen hacer meteorológico provocó que TVE nos lo robase.

6. Es uno de los temas estrella de nuestras canciones y poemas

Está ahí ahí con el sexo, el alcohol y la religión (tres temas maravillosamente condensados en el verso «que eu andaba co crego nas viñas»). Del tiempo cantamos cuando nos ponemos melancólicos (chove en Santiago, están as nubes chorando) o bravú (fai un sol de carallo). O siempre que podemos, vaya: playas vacías llenas de lluvia, cielos siempre grises…

7. Y en los refranes

Ya sabes, nunca choveu que non escampara. También el marketing se ha intentado aprovechar de esta obsesión. Se chove, que chova.

8. Marca nuestros recuerdos y nuestra valoración de una época

Hablamos de veranos buenos o de mierda malos dependiendo del tiempo que haya hecho. ¿Fue todo sol y alegría y Galifornia como aquellos veranos de la infancia de los que la memoria ha borrado la lluvia? ¡Tuvimos un verano buenísimo! ¿Llovió o estuvo gris dando la razón a todos esos que creen que nuestro verano no es el mejor del mundo? Nos lamentamos hasta septiembre u octubre, cuando suele llegar un veranito atrasado o desplazado (mi teoría es que el verano se ha desplazado un mes) que casi nos hace olvidar las afrentas meteorológicas de junio, julio y agosto. Lo mismo con los inviernos. Todos recordamos aquel invierno de hace 17 años en el que estuvimos tres (¿cuatro? ¿diez?) meses bajo la lluvia.

9. Es lo único que nos preocupa cuando tenemos visita

Bueno, vale, quizá no lo único (también nos preocupa que alguien pase hambre en nuestra casa), pero las consultas a Meteogalicia y compañía aumentan los días previos a recibir a alguien de fuera. Conocemos el gafe y lo poco creíble de jurarle a nuestra visita que habíamos tenido un verano fantástico hasta que llegó y trajo la lluvia. Imaginamos su cara de «ya, ya» y su comentario de «no te preocupes, si ya sabía que venía a Galicia». Solo con escribirlo estoy apretando los dientes de rabia.

10. Es nuestro tema de conversación favorito

Hablar sobre el tiempo es, como la lluvia en Santiago, un arte.