Foto: José Luis Cernadas Iglesias

1. Expandirnos internacionalmente.

Además del famoso ferrolán afincado en la Luna, no hay tierra que los gallegos no hayamos hecho nuestra plantando nuestro equivalente a la bandera: un bar. Nuestros ejércitos conquistadores, disfrazados siempre de simpáticos y coitadiños emigrantes, no solo tienen bases en los destinos más clásicos (Argentina, Venezuela, Suiza…), sino que se han asentado también con fuerza en otros lugares: en New Jersey, por ejemplo, hay ya una Little Galicia. Tampoco hay que olvidar el tema de los hórreos australianos, restos de lo que claramente fue la primera colonia gallega en las antípodas.

2. (Dar de) comer y beber.

Cualquiera que se considere una persona de buen saque y que quiera poner la capacidad de su estómago a prueba debería darse una vuelta por Galicia. Ni siquiera es necesario escoger una ocasión especial (Navidad, boda o domingo en la aldea): consigue que alguien te invite a comer o a cenar a su casa y lo descubrirás. Platos rebosantes de comida no precisamente ligera, copas de vino que parece que se llenan solas (lo hace tu anfitrión cuando no estás mirando) y los licores finales para la digestión. Si sobrevives sin tener que tomar un Almax al final puedes sentirte orgulloso.

3. El verano.

Las cosas como son: cuando los gallegos decidimos tener un buen verano (a veces descansamos, ¿vale?), tenemos el mejor verano del mundo. Temperaturas suaves que te permiten salir a la calle a cualquier hora del día, brisas siempre dispuestas a aparecer para darte la vida en los días más calurosos del año, playas de arena fina y agua que refresca, días en los que a las 11 de la noche todavía es de día… Y las fiestas, claro. Tres meses en los que podrías convertirte en un Tarzán de la gastronomía gallega enlazando fiesta popular con fiesta popular (¡en algunas con disfraz histórico incluido!) sin tocar nunca el suelo de un día “normal”.

4. No mojarnos.

¿Un gallego expresando de forma clara su opinión ante la pregunta de un extraño? Es algo así como el hombre de las nieves o Bigfoot: hay gente que jura haberlos visto, pero son tomados por locos por sus interlocutores. No es que no tengamos opinión, es solo que esta depende de muchos factores y matices que la gente que pregunta parece no tener en cuenta. Los que aguantan hasta el final la batalla de dependes y re-preguntas escucharán la opinión. Posiblemente precedida por un “disque”, por eso de evitar que nuestras palabras puedan ser utilizadas en nuestra contra en el futuro.

5. Llenar el cancionero popular de referencias sexuales.

Sutilezas, las justas. Y metáforas también, para qué negarlo. Que si el paraguas de José, que si qué pasaría en el molino, que si no me toques así,… Y por supuesto la vieja en tiempos de los moros, que ya sabemos todos lo que hizo. Y que hizo bien, eso sí, que los gallegos no somos de juzgar comportamientos ajenos cuando estos se guían por la búsqueda del placer.

6. Reírnos de ti sin que te des cuenta.

No es que seamos malos, es que la gente que llega de fuera aterriza en las salvajes tierras gallegas en un estado de inocencia tal que la tentación de usar las formas más sutiles e imperceptibles de retranca es irresistible. Pero no te preocupes: lo máximo que notarás será una cierta inquietud, la leve sensación de que hay algo que se te escapa. Continúa tu camino. A nuestro favor diré que casi nunca escucharás carcajadas a tu espalda.

7. Hablar del tiempo.

El tiempo es un tema de conversación fascinante, aunque seamos los únicos en darnos cuenta. Claro que el tiempo gallego es especial. Con nuestra obsesión por los microclimas, nuestra relación amor-odio con el sol y con la lluvia, y la montaña rusa emocional que vivimos todos los veranos (¡hace calor! ¡hace frío! ¿abrirá? ¡maldito viento! ¡seguro que refresca!), la situación meteorológica no es una conversación banal y vale para cualquier situación: desde parada la parada de autobús, hasta el médico (¡el reuma!) o el psicólogo (esas semanas de gris continuo).

8. Investigar sobre genealogía.

Galicia está llena de expertos en genealogía familiar, concentrados normalmente en las aldeas, pero con presencia también las ciudades (que al final no son más que pueblos grandes, como todo habitante de Santiago sabe). Incansables investigadores que no dejarán que alguien de cuya ascendencia no estén seguros escape sin hacerles La Pregunta que rellenará el hueco en su árbol de la genealogía gallega: e ti de quen es?

9. Hablar de forma mística y misteriosa.

Será la niebla, será el gas radón, serán los licores de hierbas. Hay algo que nos incita a los gallegos a hablar de forma misteriosa, a predecir el futuro (vas caer) o a hacer que cualquier comentario que en boca de alguien de otro lugar sonaría a evidencia, obligue a todo el mundo a sumirse en una profunda reflexión (seica choveu – parece que llovió).

10. Detectar y medir de forma exacta límites terrenales desplazados. A ojo.

Cualquier foráneo recorrerá Galicia sin encontrar delimitaciones, creyendo que todo es lo mismo, que los pueblos son eternos en la costa y que todo el monte es comunal. ¡Error! En la capital del minifundismo, ten cuidado con tus paseos por el monte, especialmente si te encuentras con algo tipo una portería hecha con palos, una pequeña valla fácil de mover o unas simples piedras en el suelo. Si son marcos y los mueves (basta con un par de centímetros) podrías crear una guerra entre familias que dure varios siglos. Mejor no tocar ni una rama.