1. Ponerle chorizo a la paella

Si una cosa nos une a todos los valencianos es nuestra maestría catando paellas. Defendemos nuestra paella contra cualquier ataque en forma de arroz con cosas, contra los paellicidios internacionales, contra el chorizo, la cebolla, los guisantes y contra cualquier ingrediente que convierta nuestro magnífico plato, en una “gorrinà”.

2. Reconocer que tenemos acento

¿Acento yo? ¡Qué dices, yo no tengo acento! Y lo decimos convencidos de ello. Los valencianos no tenemos acento, hablamos un castellano neutro, o eso pensamos. Porque al final y sin remedio, alguien con el oído entrenado es capaz de adivinar con facilidad que somos de la terreta.

3. Quedarse sentado en las fiestas del pueblo

Lo he comprobado en primera persona: es imposible que la orquesta esté tocando Paquito el Chocolatero en la plaza del pueblo y que un valenciano se quede sentado. Puede que no bailemos, puede no nos guste la música de la verbena o que nos pille cansados, pero siempre estaremos más tiempo de pie cerca de la barra o raonant con unos y con otros que calentando la silla.

4. Apreciar lo que tiene en su tierra sin criticarlo

Esto es algo que siempre nos ha pasado, criticamos lo nuestro mucho más que lo de fuera, ya sea Mercadona, Calatrava, Benidorm, nuestros vinos o las Fallas. El dicho “de fora vindran, que de casa ens tiraran” es muy cierto, y tenemos la mala costumbre de no valorar como se merecen muchos de nuestros productos o costumbres. Así nos pasa que llamamos barbacoa a la torrà, consumimos naranjas de Sudáfrica y garrofón de Perú.

5. Llegar con las manos vacías

Esto es algo que no hacemos nunca. Da igual que te inviten a una comida, a un cumpleaños o a una cena de sobaquillo: un valenciano siempre llevará algo para compartir o un regalo. Puede que sea el vino, los postres, algo para picar, flores, un litro de horchata granizada y fartons o un regalo para el cumpleañero. Pero siempre llevaremos alguna cosa allá donde nos inviten.

6. Negarse a disfrazarse en una fiesta

Los valencianos no tenemos miedo al ridículo, así que si hay que disfrazarse porque se celebra una fiesta ibicenca, Halloween, noche mexicana en la falla, una despedida de solteros o una carrera solidaria, nos disfrazamos y punto. Igual no somos los más graciosos contando chistes, pero a la hora de hacer el ridículo, pocos nos ganan.

7. Llamar Levante a nuestra tierra

Existe una palabra preciosa que nos indigna sobremanera cuando se usa fuera de contexto, esa palabra es “Levante”. El Levante es un viento, un club de fútbol y una playa de Benidorm, pero no es nuestra región. Cada vez que oímos eso de Levante español, nos sienta igual de mal que cuando nos dicen que somos “la playa de Madrid” o “el sur de Cataluña”. Porque aunque a veces lo escondamos, los valencianos estamos muy orgullosos de nuestra tierra, y si alguien quiere llamarla Levante o Poniente, mejor que se lo piense dos veces, que esto no es Juego de Tronos.

8. Almorzar a las 2 del mediodía

El almuerzo es una comida que realizamos entre el desayuno y la comida, no es la comida. Repito, no es la comida principal del día. Y aunque por su tamaño a veces lo parezca, su horario nos indica que es una comida diferente. Aquí tenemos una cultura del almuerzo que significa necesariamente parar de trabajar a mitad mañana a comernos un buen bocata caliente.

Además el bocadillo siempre irá acompañado de un picoteo que se ofrece a los comensales el bar, y que suele consistir en encurtidos o aceitunas, cacahuetes, y altramuces. Una costumbre propia de aquellos que se levantan a trabajar pronto y necesitan reponer fuerzas, y que adoptamos todos los valencianos con pasión, a la menor ocasión. Por cierto, un valenciano a las aceitunas las llama olivas, a los cacahuetes cacaus, y a los altrumuces tramussos.

9. Tener más a mano el paraguas que las gafas de sol

Hay cosas que nos son más útiles que otras, y un valenciano siempre tendrá a mano sus gafas de sol, aunque sea invierno. En cambio los paraguas los usamos de uvas a peras y tenemos una facilidad pasmosa para dejárnoslos olvidados en cualquier lugar. Lo mismo pasa con la secadora, un electrodoméstico que usamos más bien poco y que sólo echamos de menos un par de veces al año. En cambio, las gafas de sol son irrenunciables.

10. Alegrarse porque se quema un monte

Esto es algo lamentablemente transversal a toda España que nos afecta a los valencianos bastante más que a los habitantes de otras regiones. Pocas cosas indignan más que un incendio forestal intencionado, que calcina hectáreas de vida y acaba con animales salvajes y arboledas. Y más aún si luego esas zonas en vez de recuperarse y reforestarse se utilizan para construir urbanizaciones. Así que un valenciano, como la mayoría de los españoles, jamás se alegrará de ver que un monte se queme y odiará sin remedio a los culpables de los incendios.