Crédito: Jason Ippolito

 

1. La temporada de lluvias

En Guadalajara llueve. Y cuando digo “llueve”, no me refiero a “chispear” como diríamos aquí en la capital jalisciense. Me refiero a diluvio bíblico apocalíptico con monstruos del lago Ness emergiendo de las calles. Los tapatíos tenemos un clima lluvioso el 90% del año, pero de alguna forma, ese 10% restante nos borra la memoria y hace que no sepamos cómo demonios comportarnos cuando el agua vuelve a caer del cielo. Nos volvemos inútiles al volante, los semáforos colapsan y las calles se inundan tanto que se necesitan pedir uber-lanchas para transportarte por la ciudad.

 

2. Los festejos en la Minerva

Las razones para festejar en la glorieta de la Minerva se han vuelto cada vez más ridículas. Claro que a todos nos encanta ir cuando ganamos algún partido en el mundial o cuando ganan las Chivas. Lo entiendo, hay motivos que justifican el bloquear una de las vías principales de la ciudad y colapsar (más) el tráfico. Pero, en serio ¿porque Leonardo DiCaprio ganó el Óscar?

 

3. Los días del grito en Tapalpa

Tapalpa es un bello pueblo mágico de Jalisco… Hasta que llega el día de la independencia. Probablemente tardes 6 horas en llegar; probablemente te topes con las mismas personas a quienes ves a diario en la escuela; probablemente las calles estén llenas de vómito, pero hey, ¿qué otra cosa podrías estar haciendo un 15 de septiembre?

 

4. Los cierres por obras viales

No importa dónde esté la nueva obra. No importa que no esté cerca de tu casa o en una de las principales calles de la ciudad, por regla tapatía, cualquier trabajo vial siempre, SIEMPRE, colapsará el tráfico de toda la zona metropolitana.

 

5. Las Fiestas de Octubre

Son viejas, los juegos mecánicos se están cayendo y los artistas del Palenque siempre son los mismos. Aún así no podemos evitar ir cada-maldito-año.

 

6. Puerto Vallarta en Semana Santa

Al igual que con Tapalpa el día de la independencia, durante las vacaciones de primavera, Vallarta se convierte en un paraíso tropical de sobrepoblación, basura y precios excesivos. La playa se atiborra con exactamente las mismas personas que hay en Guadalajara, sólo que borrachas.

 

7. La canción del Zeta Gas

No hay tapatío en la historia de esta ciudad que no se haya levantado un domingo (probablemente crudo) a las 8:00 am al son de la melodía de “Zeta, Zeta, Zeta gas”.

 

8. Chapultepec en sábado por la noche

Uno entiende el encanto. El tianguis de productores locales en medio del camellón, los cafecitos orgánicos en los alrededores, los cientos de bares con bandas en vivo y los puestos de crepas que abren sus puertas a cualquier incauto que se aventure por el andador en la madrugada. Pero eso no quita las altas posibilidades de recibir un cristalazo, los nefastos viene-viene y la cantidad ridícula de personas que se acumulan ahí semana tras semana. Uno pensaría que, para una de las ciudades más grandes del país, deberíamos tener más opciones para salir los sábados por la noche.

 

9. El transporte público

Creo que ésta es nacional, pero en Guadalajara odiamos con especial énfasis a nuestro transporte público. Con una desafortunada mezcla entre toro mecánico, deporte de alto riesgo y un poco de ruleta rusa, los autobuses tapatíos exasperan a peatones y automovilistas por igual. No importa si son los clásicos camiones blancos que no se han renovado desde los noventas, o los más recientes modelos verdes (también de los noventas, pero en verde) que alegan ser incluyentes para los adultos mayores, los habitantes de Guadalajara aún esperamos el día en el que nos pongan un metro como el del D.F.

 

10. La vía recreativa

No hay punto medio, la amas si vas como peatón o alegre ciclista en compañía de tu mascota un saludable domingo por la mañana, o la odias cuando vas como automovilista y la vía ha bloqueado todos los accesos a tu casa.