1. Jamás mencionamos el nombre de Málaga en vano

La capital puede estar a rebosar de turistas, alquileres que hacen imposible encontrar una vivienda decente y terrazas de bares que invaden cualquier espacio público. Sus barrios pueden encontrarse de aquella manera, sus playas con más tierra que arena y el terral y la humedad veraniega pueden acabar con la paciencia de cualquiera. Pero Málaga es Málaga. Es el mejor lugar del mundo para vivir. El sitio con mejor calidad de vida. La ciudad en la que cualquier persona razonable en todo el universo querría vivir. ¿O no?

2. La humildad la olvidamos hace mucho tiempo

Baste este titular de una entrevista a un bordador que trabaja para muchas cofradías malagueñas en el periódico Málaga hoy para entenderlo: “Málaga no tiene defectos, los tienen los malagueños que no la saben amar“. ¿Qué más se puede decir? Pues que es más bonita que Sevilla, que Marbella es la meca del lujo, Torremolinos el mejor destino LGTBI, Ronda el culmen del romanticismo, Frigiliana el pueblo más hermoso del país… ¿quieres que sigamos?

3. La gastronomía se nos va de las manos

En Málaga adoramos a las sardinas ensartadas en un palo, entendemos que como el boquerón no hay otro pescado y que Dani García se acerca mucho a ser Dios. La capital tiene más de mil bares. Y una gran mayoría de los 103 municipios de la provincia celebra al menos una fiesta en homenaje a algún producto, ya sea la berza, el níspero, la castaña, el vino, la zanahoria morá, el conejo, el ajoblanco, el espárrago o cualquier producto que se os ocurra. Puede que todo esto de la gastronomía se nos haya ido un poco de las manos. Pero ya sabes: No dirás el nombre de Málaga en vano.

4. Montamos una fiesta por cualquier motivo

Ojo, nos gusta trabajar. Pero más aún, celebrar. Que se homenajee al espárrago o al níspero es buen ejemplo de que cualquier motivo es bueno. La Semana Santa aquí dura todo el año porque las cofradías trasladan una y otra vez a sus imágenes. A la Feria se le ha añadido un día más, porque con ocho no teníamos. Y las luces de Navidad se ponen en noviembre y se dejan hasta marzo porque, total, ya puestas, que hagan parecer que cualquier día es fiesta. Como el Festival de Cine, famoso también por sus celebraciones tras los estrenos. ¡Y a por otra fiesta!

5. Creemos que la lluvia es el inicio del fin del mundo

Sí. Nos empezamos a asustar cuando vemos unas nubecitas sobre la provincia en el mapa del telediario. Y nos preparamos para lo peor. Luego llegan las nubes, ahora de verdad y como decía la previsión, se sitúan encima y sueltan gotitas. Pueden ser tres o un millón, pero a nosotros nos da igual. Hay que coger el coche, el paraguas, las botas y casi el salvavidas aunque sólo sea para llevar a los niños al colegio —que está en la esquina— o a comprar pan en la calle de al lado. La ciudad se vuelve caótica, como si llegara el apocalipsis. Luego es verdad que nunca llega. Las nubes siempre se van, vuelve la normalidad y paseamos de nuevo. Pero bueno, por si acaso, la próxima haremos lo mismo. Quién sabe.

6. Nunca tenemos la culpa de nada

¿Que la ciudad se paraliza por la lluvia? Culpa del alcalde. ¿Que está sucia? Culpa de Limasa. ¿Que la Junta de Andalucía no nos quiere? Culpa de los sevillanos. ¿Que el mundo está harto de Juan y Medio? Culpa de Canal Sur. ¿Que nos remontaron un partido histórico en Champions? Culpa del árbitro. ¿Que trabajamos mucho? Culpa de los empresarios. Los malagueños somos muy estrictos con asignar las culpas. Así que cuidado.

7. Nos chiflan los museos

Y para no tener que viajar fuera de nuestra maravilla de ciudad, nos los traemos para acá. Por eso tenemos el Pompidou francés, el Museo Ruso o un montón de cuadros de la baronesa Thyssen. Además, hemos montado museos dedicados al vidrio, a las cofradías, a la música, a los coches, a las tradiciones, al vino, al mar de Alborán, a un montón de cofradías, a los aviones… Y, por supuesto, a Picasso.

8. Somos muy nuestros

En Málaga somos muy así. De aquella manera. Estamos muy aliquindoy. Y tenemos nuestras propias características que nos hacen ser muy nuestros. Es decir, tenemos una forma muy personal de entender la vida. Ah, y también de comunicarnos. Por eso hay veces que, cuando juntamos más de dos palabras malaguitas, nadie nos comprende. Pero, ojo, que si no nos entiendes, no es culpa nuestra (obviamente, es vuestra, que no habéis aprendido lo suficiente).

9. Nos encanta dar direcciones

Sobre todo cuando nos las pide un guiri que no tiene ni idea de español y le hablamos en castellano, pero alto, casi gritando, para que se entere bien. “Sigue palante, luego la tercera a la derecha, verás un kiosco azul, luego un cine, más adelante una tienda de helados y, desde ahí, sale una calle que baja para abajo y es peatonal, tiras por ahí y cuando pases el semáforo verás un bar con jamones colgando llegarás a una plaza que no parece una plaza. Es en la esquina de la derecha. Es decir, para allá, luego a la derecha, el kiosco y la calle peatonal hasta la plaza. Ah, que vas a la playa… Entonces, tienes que tirar por ahí…” Y así, en bucle, hasta el infinito.

10. Siempre volvemos

Si preguntas a cualquier malagueño que viva en el extranjero o más allá de Despeñaperros cómo está, su respuesta siempre va a incluir algún elemento que echa de menos de Málaga. Podemos estar trabajando en el mejor instituto científico del mundo, en una gran universidad, en la ONU o cualquier otro puesto, pero siempre tenemos un ojo puesto en Málaga. Y en cuanto podemos, unos billetes de avión y a volver a casa aunque sea por un fin de semana. ¡Viva Málaga!