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Las prácticas sustentables no son tan nuevas para ti.

“¡Apaga la luz mientras no estés en esta habitación!” o “¿Por qué no apagas la tele si no la estás viendo?”, iba seguido de: “¿Te crees que somos dueños de Chilectra?

También te acostumbraste a la ropa de segunda mano: “¿Por qué alegas por usar el uniforme de tu hermano? A lo más le acortamos las mangas y más adelante las volvemos a alargar”.

Y hasta conoces como hacer pegamento casero. Después del enfático ¿Ya vas a querer otro álbum?, mamá se ablandaba y te compraba el álbum de láminas para coleccionar… y luego, te enseñaba a hacer engrudo para que las pegues.

 

No tienes derecho a estar aburrido.

“Los tontos se aburren”, te decía tu mamá. Hacer la cama, retirar los platos o preparar la cena no necesariamente eran acciones tomadas como ocupación, sino realizadas bajo presión. Por lo que no quedó más alternativa que buscar algunas otras ocupaciones, las que fueran. No querías quedar como estúpido. Menos frente a tu mamá.

 

Sabes que algún amigo cercano y más aún tu pololo o polola deberá rendir cuentas por todo su árbol genealógico.

Frente a un nuevo amiguito y más aún posible pololo, es esperable escuchar: “¿Es hijo de fulanito? ¿El mismo que era hijo del hijo del hijo de XXX?”, “Ahhh pero si conocemos a sus padres y a sus abuelos desde hace añññosss…”. Corra o no con ventaja por su árbol genealógico, la historia podría –eventualmente- parecer una secuela de Capuletos y Montescos.

 

Comprendes que las comparaciones son odiosas… pero efectivas.

Ante pedidas de permiso para salidas nocturnas, o compras de ropa y juguetes, era común escuchar: “Mira a tu hermano mayor, si él no lo necesita/ no lo hacía a tu edad, ¿por qué tú sí?”.

A veces las comparaciones eran su manera de alentarte y hacerte valorar lo que con mucho esmero ella te dio: “¿No tienes casa donde quedarte o ropa que ponerte que tienes que ir a alojar donde tus amiguitos o usar la ropa de ellos?

Igual que las madres argentinas, las chilenas recurrían al extremismo del puente con la pregunta retórica de “Si todos se tiran del puente ¿Te vas a tirar tú también?”. Y si se te ocurría “tirarte del puente”, la culpa solía recaer en alguien más: “Estoy segura de que fulano te influenció a que hicieras tal tontera. Tú jamás haría tal cosa”. Cuidadito de que te volvieras rebelde y con hábitos que nunca se han visto en esta casa.

 

Y hablando de comparaciones, ves a los niños modernos y crees que la tienen fácil.

Para los nacidos en épocas de crisis económicas y/o dictaduras, ciertas restricciones nos enseñaron a vivir de manera austera, a apreciar el esfuerzo de nuestros padres y por sobre todo a respetar a las autoridades. Nuestros padres eran las primeras figuras a obedecer.

Por un lado, da felicidad ver que muchos jóvenes aparentemente tienen un mejor pasar. Pero por el otro, los miras lanzados, gozando de nuevas tecnologías y bolsas mientras pasean por los malls, con padres más relajados y consentidores, y no puedes evitar hacer la comparación y pensar: “infancia era la de antes”.

 

Te sabes las tablas de multiplicar…

Porque era la única forma de convencer a tu madre de que te dejara mirar teleseries, completar el álbum de laminitas o ir a dormir a la casa de un amigo.

 

Con el tiempo, aprendiste a apreciar las “colaciones saludables”.

¿Para qué quieres plata para gastar en el kiosko?, te decía tu mamá y -aprovechando la calidad de la fruta chilena- te criaba a base de manzana rallada, plátano con miel de palma y naranjitas con jaleas. Una manzana confitada, aunque te partiera los dientes, bien podía ser una excepción de fin de semana en la plaza del barrio.

Asimismo, desde temprana edad debimos amigarnos con la cazuela, el charquicán o los porotos con riendas. Esas delicias hoy tan buscadas por extranjeros, las engullíamos sólo después de horas y eventuales amenazas de nuestras madres. Mal que mal, nadie quería quedarse sin flan, sémola, mote con huesillo o arroz con leche.

 

Y también has aprendido a respetar las medicinas naturales.

Rodajas de tomates ante la insolación; agüita con azúcar y linaza en caso de indigestión; gárgaras con agua salada ante un dolor de garganta, y el fiel mentolatum, para todas las anteriores y también las restantes.

¿Quién necesita ir al doctor?

 

Al igual que otros hermanos latinoamericanos, conoces la regla del techo.

“Mientras vivas bajo mi techo… se hará lo que yo diga”. Un clásico que responde a madres de estas latitudes, así como a venezolanas, argentinas y mexicanas que se rehúsan a que la casa sea un hotel donde comer y dormir.

A pesar de las ilusiones de control del eventual pater familia, son las amas de casa las que controlan horarios de entradas y salidas, despertadas y acostadas, menús y visitas de terceros, entre otros.

 

Al independizarte, debes pasar por estrictos controles de calidad, sanidad y diseño… que después son recompensados con comida casera a domicilio.

Te independizas y a la primera visita tu madre revisa tus cortinas (si es que estuvieran instaladas), lava la loza, abre la despensa, ordena tus cajones… todo con el fin de optimizar espacios y recursos. Argumenta que tiene razón a partir de su gran experiencia.

De todas formas, la intrusión anterior se ve recompensada. Generalmente estas mismas visitas vienen acompañadas de tartas, mermeladas, platos caseros y golosinas varias preparadas con mucho amor. Quién podría hacerlo mejor que tu mamá…