Foto: María Angel Pasquariello

 

1. A que se vaya la luz.

Durante las escasas pero torrenciales lluvias veraniegas, no es cosa rara que uno o varios postes de electricidad se colapsen por los vientos huracanados. Y bueno, el aire acondicionado gracias al cual tus veranos son menos miserables necesita electricidad para hacerte la vida más fácil. Y si la luz no vuelve antes de que oscurezca, pasamos a la siguiente tragedia…

 

2. Al ataque de los mosquitos.

Porque dice mi abuelita que antes se podía dormir afuera de las casas en “tiempo de calor” sin miedo a la inseguridad… o a enfermarte de dengue.

 

3. A la mirada severa y terrorífica de tu mamá… y también a la chancla.

Porque las madres sonorenses son cosa seria.

 

4. A rasparte las rodillas en la banqueta durante el verano.

Porque no sería un simple raspón, más bien estaríamos hablando de una quemadura de tercer grado. Si te ha pasado, ¡lo sabes!

 

5. A las cámaras de los celulares durante el FAOT en Álamos o durante la Semana Santa en San Carlos.  

O a cualquier otra cosa que pueda ser un recordatorio de tus actividades durante dichos eventos, porque NO quieres evidencia de lo que hiciste ahí.

 

6. A los hot dog en “medias noches”.

Con tu “doguero” favorito nunca ha pasado, pero te preguntas si alguien en nuestro bello y adorado estado cometerá el sacrilegio de vender dogos en pan industrial… ¡con la chulada de pan que ofrecen las panaderías locales!

 

7. A que se te quede el carro al mediodía en julio.

Porque las suelas de tus zapatos contra el asfalto acabarán cual cera derretida y el sol sobre tu cabeza te hará preguntarte a quién demonios se le ocurrió fundar una ciudad en medio del desierto. Y si un día te pasa, tendrás que tomarlo como una prueba de fidelidad hacia tus amigos cercanos; solo un compa de a deveras sale al quite en esas condiciones infernales.

 

8. A las cerveza caliente.

Llegar a casa después de un caluroso trayecto buscando refrescarte con una cheve bien fría, para darte cuenta de que se te olvidó meter el cartón al refri…

 

9. A la parte metálica del cinturón de seguridad.

Tu peor enemigo durante el verano desde que tienes uso de razón, junto con los asientos de piel del carro negro de tu papá.

 

10. A nunca volver a probar unos tacos sonorenses.

¡Te puedes imaginar una vida más miserable!

 

11. A perder tu maravilloso acento.

Cuando por una razón u otra acabas emigrando a otro estado o país, sabes que lo primero que peligra es tu preciado y golpeado acento sonorense, y eso te aterroriza. Porque te identifica con tu amada tierra, con tus raíces y tu gente… y porque en navidad no te la vas a acabar con la carrilla de tus parientes. 

13 Comentarios