Crédito: Gabriel Romero Flores

 

1. Encontrar un asiento en el metro.

¿Hora pico, dicen? ¡Más bien semana pico! Siete días después de mi llegada a la Ciudad de México no ha habido una sola ocasión en la que haya podido hacer un recorrido sentada, ni siquiera en el vagón de las mujeres. Pero por más que me queje, no niego que la tapatía en mí envidia el transporte público de la capital y añora el día en el que decidan instaurar uno igual en Guadalajara.

 

2. Darte cuenta que los chilangos tienen su propia versión del Zeta Gas.

Sólo que, en este caso, es una niña gritando sobre colchones y tambores. Sin importar en qué parte de la ciudad estés, el eco de “refrigeradores, estufas o algo de fierro viejo que vendan” te acompaña durante tus recorridos por la ciudad y tus horas de sueño. Y, aunque no tiene melodía, no significa que la tonada no se te va a quedar grabada por el resto del día.

 

3. Entender el atractivo de las tortas de tamal.

No me malentiendan. Me gustan las tortas, me gustan los tamales, pero mi ADN tapatío me impide disfrutarlos en un mismo bocado por temor a morir asfixiada. ¡Y ni me hagan empezar a hablar del atole!

 

4. Aprender a cruzar las calles.

Es cierto, Guadalajara no se distingue por su impecable educación vial, pero de vez en cuando algún alma caritativa te cede el paso al cruzar la calle. En el D.F., por su parte, andar a pie es un deporte de alto riesgo. No sólo tienes que cruzar en grupos numerosos para aumentar tu expectativa de vida, sino que muchas banquetas y calles parecen estar hechas para hacer sufrir al peatón.

 

5. Decidir qué quieres hacer un viernes por la noche.

Hay tanto de dónde escoger. Obras de teatro, exposiciones, bares secretos, cafés de gatos (no pregunten)… La ciudad de México tiene tantas opciones de entretenimiento que el problema está en elegir tan sólo una.

 

6. Decidir dónde comer el fin de semana.

Al igual que el punto anterior, es sorprendente la cantidad de opciones gastronómicas que ofrece la ciudad. Claro, están los clásicos antojitos, hamburguesas y sushis que encuentras en cualquier lado, pero también he visto restaurantes húngaros, medievales y hasta la cafetería inspirada en el Caldero Chorreante de Harry Potter. ¿Podemos importar un par de éstos a Guadalajara?

 

7. Recordar que debes de pedir las quesadillas con queso.

¡Calmados! No voy a ponerme a discutir la forma correcta de preparar el platillo. En el resto de la república está implícito que una quesadilla lleva queso, en el D.F. no. Está bien, a la tierra que fueres… El único problema es que constantemente olvido aclararle a las buenas señoras de los puestos callejeros que incluyan el lácteo en mi orden y termino comiendo lo que para mi tapatía interior son tan sólo tacos de flor de calabaza.

 

8. Lidiar con el uso desmedido del claxon.

Los capitalinos suenan la bocina a la más ligera provocación. Eso sí, si yo me enfrentara a un tráfico como el que tienen que lidiar ellos a diario, probablemente también tendría razones para pitar.  

 

9. So-many-people.

Guadalajara es una ciudad grande, pero nada se compara con la capital. No importa la hora o el lugar, siempre hay gente. Turistas, vendedores callejeros, inmigrantes extranjeros, Godínez… En las calles de esta ciudad nunca te sentirás solo.

 

10. Acostumbrarte a los cambios de clima.

Todo el mundo te advierte sobre Londres, pero nadie te dice que la capital mexicana tiene un clima tan impredecible como su contraparte europea. Lluvia, sol, más lluvia y cuenta la leyenda que también nieva. El reto sigue siendo cómo incorporar las cuatro estaciones del año en tan sólo un outfit.

 

11. Comprar el tinte de cabello adecuado.

La última vez que vine a la capital, era pelirroja. Ahora soy castaña. Sin embargo, por alguna extraña razón, la gente en las calles me sigue llamando “güerita”.