Foto: Andrew Fecheyr

1. Las gafas de sol

La luz de Valencia es única, de hecho un filtro de Instagram se llama Valencia como homenaje a nuestro cielo azul. Esa luz te obliga a llevar las gafas de sol siempre preparadas para ser desenfundadas, independientemente de que sea invierno o verano, no puedes vivir sin ellas.

2. Ser el “cariño” de los dependientes

Cariño, teta, mari, corazón, cuqui, perla… las dependientas de las tiendas en Valencia te tratan como si fueran tus amigas de toda la vida. Igual cuando estás en Valencia te parece que se toman demasiadas confianzas, pero cuando te vas, te das cuenta de echas de menos esa cariñosidad.

3. Mojar en horchata

Ya sea mojar rosquilletas, valencianas, o los famosos fartons sentirás la necesidad de mojar bollería en cualquier líquido. Además de faltarte el elemento (siempre alargado) que se moja, te faltará el líquido base. Porque aunque tengas éxito encontrando horchata a precio de oro en algún supermercado gourmet, nada se parece al sabor de una horchata granizada de Alboraya.

4. Las distancias cortas

La playa son 15 minutos, el centro de la ciudad 15 minutos, la montaña 15 minutos, el río 15 minutos, el estadio, el aeropuerto… en 15 minutos nos plantamos en cualquier lugar de la ciudad. Aparcar ya es otra historia, pero tenerlo todo a mano es una de las cosas que más te gustan de tu ciudad.

5. El aliento a ajo

Puede parecer un tanto desagradable, pero ese aliento que se te queda tras untar el pan el “allioli” y llenarlo de embutido es mágico, y lo sabes. Te dura 24 horas pero aunque tengas una reunión importante, no puedes evitar acompañar el arroz a banda, el embutido o la fideuà con buena cosa de “allioli”.

6. Que te insulten por la calle

Escuchar un “ie fill de p…” por la calle es lo más normal del mundo en los pueblos valencianos. Saludarse mentando a la madre del otro es una muestra de cariño que difícilmente escucharás fuera de nuestra tierra.

7. Los almuerzos

Eso de tomar un café y un cruasán a las 9:30 de la mañana está bien, pero tomarse un bocadillo relleno de tortilla, embutido o carne y patatas está mucho mejor. Hay pocas cosas comparables a un almuerzo valenciano, eso es así.

8. Los domingos

Echarás de menos los domingos alrededor de una paella, en los que todo gira en torno al socarrat y las luchas que genera un muslo de pollo. Esa liturgia dominguera es parte de tu ADN y sabes que aunque huyas de ella, la necesitas.

9. La seguridad

En tu casa te sientes seguro, pero además te das cuenta de que cualquier petardeo que escuches en Valencia está relacionado a una traca o un masclet. En cambio ese mismo masclet sonando fuera de tu tierra puede provocar el pánico y una estampida generalizada.

10. Llegar a casa oliendo raro

Pólvora, carne a la brasa, fritanga, olores que impregnan tus ropas sin remedio en fallas, fiestas locales o “torràs”. Pero también el olor a azahar o a salitre marino te llevará sin remedio a recordar tu tierra.

11. Naranjas que no necesitan azúcar

Las naranjas más bonitas, esas que brillan en los supermercados, no suelen tener nada de sabor y acabas añadiendo azúcar a todos los zumos. En cambio las naranjas que consumes en Valencia saben a naranja y jamás necesitarás añadirles azúcar.

12. Prescindir del paraguas

Sabes que por la noche refresca en verano y que por el día no necesitas chaqueta en invierno, pero lo más importante es que no necesitas paraguas más que un par de veces al año. Así que muchas veces no sabes ni dónde lo has metido y sales sin él aunque llueva ¡tampoco pasa nada por mojarse un poco!

13. Tiempo de fallas

Es una frase que llega todos los años cuando se está acabando el invierno y que cuando la escuchas te sientes como en casa: “Hace tiempo de fallas” pronunciarás a poco que suba unos grados el termómetro en invierno. Y a partir de entonces ese fabuloso clima te acompañará hasta que lleguen las fiestas en honor a San José.

14. El cielo iluminado

Cualquier día del año, sin motivo aparente, mirarás por la ventana de tu casa y verás que están disparando un castillo de fuegos artificiales. No le busques explicación, todo lo celebramos con pólvora y nos falta cuando miramos al cielo una noche de verano y solo lo iluminan las farolas.