Foto: Enrique Arellano

1. La frialdad se apodera de ti.

Tú que estabas acostumbrado a llamar cariño, perla, rey/reina o con cualquier otro apelativo cariñoso a tus compañeros de trabajo, pasas a llamar a todo el mundo por el nombre de pila o por el apellido. La cariñosidad valenciana no está muy bien vista en la capital del reino.

2. Descubres que el cocido no es más que un puchero.

Su plato más famoso, el cocido madrileño, no es más que nuestro “Puchero” pero con más parafernalia y un babero. Pero no aprovechan la oportunidad para hacer un arroz de puchero con el caldo, o un arroz “rossejat” con las sobras.

3. Las distancias se multiplican.

Y tú que creías que vivir a media hora de la ciudad o de la playa era lejos, qué va, eso es lo más cerca que vivirás de tus amigos o compañeros de trabajo madrileños.

4. Pasas a ser un tronco, o algo peor.

De repente ya no eres un tío, eres un “tronco”, y para hacer la gracia te llamarán tete o nano, aunque te siente como un tiro, porque lo han visto en la tele. Y las cosas ya no son de cine o de categoría, pasan a ser dabuti, dabuten, a molar mazo y tan pichi.

5. Las paellas madrileñas te socarran.

No son paellas valencianas, y por mucho que sea un plato estrella en los bares de media ciudad, nunca serán paellas, y menos valencianas. Descubres que la paella madrileña nada tiene que ver ni en sabor, ni en ingredientes, ni en el punto del arroz con la nuestra. ¡Si hasta la hacen con arroz largo y guisantes! ¡Herejía!

6. Las casas no son iguales, son kelis.

Además del tema de la preparación para el invierno de las kelis, las casas para los no madrileños. Te sorprendes de que las fincas no sean edificios sino casas de campo; de que los portales no sean patios; de que los deslunados allí se llamen patios de luces; y que la terraza sea la azotea. Y dentro de la casa el mocho pasa a ser la fregona, la pila el fregadero y piso es el suelo. ¡Es la misma casa y todo se llama diferente!

7. Añoras la luz pura del sol.

Empiezas a ser consciente de la suerte que tienes de que en tu tierra no haya casi días grises, de que se pueda estar comiendo en una terraza prácticamente durante todo el año, y de que la niebla, la lluvia, la nieve y la contaminación ambiental, sean sucesos muy poco comunes.

8. Todo el mundo ha estado veraneando en Gandía, Denia, Benidorm, Torrevieja o Marina d’or.

Y te recomendarán las mejores calas, los mejores restaurantes y las mejores paellas de la zona como si fueran expertos por pasar 15 días al año tomando el sol en algún pueblo de la costa valenciana, pueblo que por supuesto tú conoces al dedillo.

9. Tu español deja descolocados a tus interlocutores.

Aprendes que tus libretas son cuadernos, que los carpesanos allí son archivadores, que las patatas de los calcetines son tomates, y que el salfumán es agua fuerte. Todo el mundo se queda patas arriba con tu castellano, por desconocimiento, eso sí, empiezan a decir “au” para despedirse pensando que es un invento madrileño, para flipar.

10. Aquí no hay playa.

Echas de menos el olor a salitre y los paseos por la arena. Aunque en tu pueblo no haya playa, o no vayas casi nunca, sabes que la tienes cerca. En cambio en Madrid al estar tan lejos, empiezas a idealizarla y tu mente la convierte en el paraíso.

11. Cambias el nombre de las comidas cotidianas.

Aprendes que el ajoaceite allí se llama alioli. Nuestras maravillosas rosquilletas pasan a llamarse “grisines” o “pan de pipas”, y los cholecks de chocolate son simples batidos.

12. Acento sí, pero no está claro.

Todo el mundo te encuentra acento “raro” o “catalán” pero difícilmente atinarán con que es acento valenciano. Y los que no te lo encuentran, te dirán “no tienes acento”, como si eso fuera un piropo.

13. Pasas a ser habitante del Levante.

No eres valenciano, alicantino o castellonense, eres del Levante. Y te toca aguantar que te metan en el mismo saco que a nuestros vecinos murcianos. Porque los catalanes son catalanes, y los andaluces son andaluces, pero los valencianos somos habitantes de una franja sin especificar llamada Levante.

14. Necesitas lecciones para tomar un café.

Los cafés del tiempo pasan a ser con hielo, los cafés con leche multiplican su tamaño, los bombones desaparecen y los cortados pasan a ser medianas. Has de aprender a delimitar el tamaño de la taza y olvidarte de cremaets, nacionales, trifásicos o tocaets.