Crédito: Suedehead

1. Es muy probable que llegues a estar a punto de ser atropellado más de una vez.

Especialmente si estuviste en Europa, en donde te acostumbraste a que, con solo colocar un pie en la calle, los autos paran.

 

2. La comida será aun más gloriosa de lo que recordabas.

Puede que hayas olvidado el verdadero sabor de la carne, las pastas rellenas de La Juvenil, los helados de Daniel, los alfajores Havanna, los panqueques con dulce de leche, la chocotorta, las empanadas, los ñoquis… pero apenas vuelvas a probar todas estas cosas, para que vuelvas a irte posiblemente tendrán que arrastrarte hasta el aeropuerto mientras dejás marcas de uñas en el piso.

 

3. Habrá calambres.

Por un motivo muy sencillo: la caminata que mientras vivías en Buenos Aires hacías todos los días y apenas te dabas cuenta, cuando intentes volver a hacerla desentrenado no vas a llegar ni a la mitad antes de tirarte al piso y rogar por un colectivo. Y ya que hablamos de los colectivos…

 

4. Los precios de los transportes te van a horrorizar.

Y no va a haber forma de que te acostumbres a tener que meter semejante cantidad de monedas en el aparato para que el colectivero te deje pasar. Vas a acabar comprándote una tarjeta sube para el transporte público… que muy probablemente pierdas cuando vuelvas a irte. Ergo, al volver tendrás que comprarla otra vez.

 

5. Existe la posibilidad de que te roben.

A menos que hayas viajado mucho por ciudades grandes, la costumbre de caminar alerta se pierde fácilmente.

 

6. Y también la de que eso pase menos que nunca.

Por el simple motivo de que tenés tanto miedo de haber perdido la práctica que ahora caminás por la calle mucho más alerta de lo necesario. Y, por cierto, no es imposible darte cuenta de que te convertiste en uno de esos cobardes de los que te reías.

 

7. Vas a sentir que perdés el día entero en ir de un punto a otro de la ciudad.

Y te resulta increíble que un mero viaje en colectivo de tu casa a la de tu abuela pueda durar dos horas.

 

8. La jerga argentina te va a fascinar.

Si hasta el momento te había dado igual, ahora te va a encantar escuchar esas palabras que no sabías que habías echado en falta. Y acabarás incorporando tanto vocabulario lunfardo como nunca y soltando a cada rato algo como ¡Bancá, nene! ¡Pará, flaco! ¡Bajá un cambio, boludo! Che, gil…

 

9. Descubrirás que tu otrora perfecto acento argentino ha sido diluido.

Sí, indudablemente vas a haber absorbido un poco del acento de la tierra en la que hayas estado por tanto tiempo. Y vas a tener que tolerar que todos tus amigos y parientes te miren raro y se rían cuando hablás.

 

10. Notarás la presencia de alguna nueva cadena de comida rápida en cada esquina.

Casi todos los años llega una y, si tiene éxito, no hay quien le impida multiplicarse.

 

11. Alguna nueva ley loca te va a dejar pasmado.

Infaltable. Mi último gran descubrimiento al respecto de novedosas leyes argentinas fue la ley del doblaje, por la cual, según me dijeron, estaba prohibido (!!!) que hubiera un cierto porcentaje de programación en audio original en cada canal. Con lo cual todo el mundo se estaba acostumbrando a tener que poner el televisor en SAP.

 

12. Marcas que antes conseguías, ya no están.

Como lo leés, por indignante que parezca. Y peor incluso es que nadie parece notarlo.

 

13. Marcas que trajiste muy felizmente de tu nuevo hogar para compartir con tus amigos y parientes argentinos, resulta que ahora sí las venden.

Este vaivén de marcas en Argentina es una verdadera montaña rusa.

14. Notarás que tu instinto porteño necesita volver a afilarse.

Ya no te es tan natural predecir por qué calle vas a encontrarte manifestaciones, en qué esquina va a haber un kiosco para comprar algo a último momento, en qué avenidas va a haber más fotocopiadoras, qué callejones tenés que evitar y cuáles en realidad son perfectamente seguros, cuáles líneas de subte van a pararse a mitad del recorrido y a dejarte en medio de la selva urbana, cuándo se va a desviar el colectivo, entre muchas otras vicisitudes de ese estilo que son el pan de cada día en la querida Buenos Aires.

 

15. Puede que te encuentres a vos mismo preguntándote si tal lugar estará abierto…

Entonces recordarás que estás en Buenos Aires: las cosas no cierran.

 

16. Vas a querer seguir viviendo con tus costumbres foráneas… cuando te convenga, claro.

¿Cómo que no puedo ir al 24 horas a comprar coca-cola porque son las tres de la mañana? ¿Y qué tiene que sean las tres de la mañana? ¿Peligroso por qué? ¡Yo siempre salgo a la madrugada! O sino ¿Qué es eso de que en la biblioteca no me puedo llevar los libros a mi casa? ¿Y para qué están? Y no olvidemos ¡¿CÓMO que no aceptan las últimas monedas que me quedan de mis euros/dólares/libras/rublos/yenes?! ¿Y EN QUÉ se supone que las gaste?

 

17. La belleza de la ciudad te recautivará desde el primer día.

Y sentirás la tentación inevitable de caminarte entera alguna de las siguientes calles: Corrientes, Santa Fe, Florida, Callao, Pueyrredón, Libertador… al menos hasta que ya no sepas en dónde estás.

 

18. Todo va a estar diez veces más caro que cuando te fuiste.

Lo peor es que te lo esperabas, pero no por eso deja de espantarte.

 

19. Aquellos rincones que te resultaban tan familiares como tu casa, ahora te asustan.

En efecto, las zonas de la ciudad que solían ser tan seguros para vos que hasta saludabas con la mano a sus merodeadores nocturnos, te parecen ahora un escenario de Gotham City en el que se esconden criminales enmascarados bajo las alcantarillas y a los que no te vas a acercar ni a aunque te paguen.

 

20. Digas lo que digas, tu opinión será para todos la de un extranjero.

Y lo gracioso es que te pasaba lo mismo en el otro país o ciudad en el que habías estado viviendo. Bienvenido a la tierra de los apátridas.