Crédito: Desert Places

1. Nada de besos por aquí.

No importa que nos hayamos visto el día de ayer o incluso hoy mismo por la mañana. Tampoco importa que no nos conozcamos tan bien. A nosotros mexicanos nos gusta pegar cachete con cachete y lanzar un beso al aire para expresar lo mucho que nos queremos. Pero en Inglaterra es otra historia. Los londinenses son personas muy cordiales… Hasta que invades su espacio personal. Y no, la dicha de conocerte no es, en definitiva, una razón válida para acercarte a uno más de lo necesario.

Como novata en Londres, aprendí (a la mala) que los besos están reservados para ocasiones muy especiales. Así que, si no quieres ganarte una mirada reprobatoria o una atención romántica no requerida, ¡mantén tus labios lejos de los ingleses desconocidos!

 

2. Pedir perdón sin tener la culpa de nada.

Justo cuando bajé del avión en Heatrow, de alguna forma me las ingenié para deslizar mi maleta de 32 kilos sobre el pie de un adorable viejecito inglés; sin embargo, mi ataque de vergüenza se vio interrumpido cuando el señor, increíblemente consternado, me pidió a mí perdón por haberse atravesado en mi camino.

Después de tres o cuatro metidas de pata similares (soy una persona torpe), descubrí que los ingleses tienen esta extraña costumbre de disculparse excesivamente y sin razón aparente. No importa quién tenga la culpa, ambas partes deben pedir perdón. Y si, además, puedes agregar un “thank you” o un “excuse me” a la ecuación, podrás pasar perfectamente por un londinense nato.

 

3. Los ridículos precios de las rentas.

Les dejo un pequeño problema matemático: Si una libra esterlina equivale a 24 pesos y una habitación en la zona 3 (ahí donde no pasa nada interesante) cuesta alrededor de £500 libras al mes, ¿cuántas veces al día deberás dejar de comer?

Londres es famosa por ser una de las ciudades más caras en el mundo y sus precios de alojamiento contribuyen considerablemente para ganarse este lugar. Un cuarto en las zonas 1 y 2 (o sea, donde tienes más posibilidades de toparte con Keira Knightley) puede llegar a costar hasta más de £1,000 mensuales.

Aunque consideré seriamente la indigencia, al final me las ingenié para encontrar una beca para extranjeros. Además de los apoyos del gobierno, hay otras opciones para no acabar en bancarrota mientras vives en la capital inglesa: hay varios hostales que te permiten vivir ahí a cambio de trabajo o varias casas de estudiantes con precios relativamente bajos si estás dispuesto a compartir habitación.

 

4. Where are the tacos?

Sé que en la cocina mexicana tenemos platillos más raros que el pastel de carne y riñones británico, pero al menos aquí tenemos el consuelo de acompañarlos con salsa. Y es que, para alguien acostumbrada a las papitas fritas con chile y limón, la comida inglesa puede resultar bastante insípida.

Casi toda su comida consiste en alguna variación de carne con papas aderezado solamente con sal o una especie de salsa café que nunca quise preguntar qué era. Aunque sus bollos con mermelada compensan gran parte de sus deficiencias culinarias, los primeros días allá sufría al pensar en tacos. Sin embargo, después de un par de meses, comencé a tener un criterio más amplio (o tal vez más hambre) e incluso disfruté de su tártara de mayonesa con alcaparras y vinagre (not!).

 

5. Decidir qué me voy a poner hoy.

Sé perfectamente cómo enfundarme en un par de jeans, pero no es eso a lo que me refiero. En Londres llueve. ¡Vaya sorpresa!, lo sé, pero no es sólo eso. Lo que nadie nos dice es que también hace un sol infernal. También hay viento, y granizo, y luego, claro, más lluvia. Y, sólo si eres particularmente afortunado, puede que incluso veas nevar.

Cuando llegué a Londres, vestirme era un juego de azar. Sin embargo, después de arruinar un par de botas de gamuza y de tres infecciones respiratorias que las medicinas mexicanas no lograron curar, aprendí a siempre cargar con un paraguas, un abrigo y unos zapatos impermeables, sin importar los grados en el termómetro.

 

6. Salud… ¿O no?

A nadie le interesa que estés a punto de enfermarte. No importa cuántas veces estornudes en el metro, ¡nadie te dirá salud! Y, a menos que quieras que te miren raro, tampoco es recomendable que repartas tus educados “bless you” cada que escuches a alguien estornudar.

En una ocasión, le pregunté a un londinense sobre el fenómeno. Me respondió que sólo hay cierta cantidad de bondad disponible en el mundo y que los británicos prefieren no desperdiciarla en extraños. Aunque es claro que fui víctima fácil de su sarcasmo inglés, lo cierto es que después de un tiempo allá, me acostumbré a dejar de bendecir a desconocidos resfriados por la calle.