Crédito: eduardoeduardo.com

1. A los políticos españoles.

No es que nos encante odiarlos, simplemente no nos dejan otra opción. Nunca nos gustaron nuestros políticos, pero la crisis desde luego no ha ayudado. Los políticos españoles parecen vivir en un país distinto, uno en el que la crisis ya ha acabado y en el que la gente es optimista. Viven también en un país en el que pueden ser corruptos, pagar sus lujosas vacaciones con dinero público y acabar con los jueces que se atrevan a investigarlos. Escuchar a los políticos negar cosas innegables cada día hace que sea muy fácil odiarlos. A nadie le gusta ser tomado por idiota.

 

2. A Ángela Merkel.

Nunca nos importaron demasiado los políticos extranjeros, pero entonces llegó la señora Merkel, armada con una serie de medidas mágicas con las que prometía sacarnos a todos los europeos de la crisis. ¿Lo malo? Sus medidas mágicas sólo consiguieron hacernos más y más pobres. Doña Austeridad posiblemente sea una de las personas más odiadas en España ahora mismo. No tienes más que enseñarle una foto suya a cualquier persona (¡cualquiera!) por la calle. No escucharás palabras bonitas.

 

3. Las comidas cocinadas con mantequilla.

El aceite de oliva es la base de la dieta mediterránea y nosotros, como productores, estamos convencidos de lo bueno que es para la salud y lo usamos sin temor. Pero entonces vamos al extranjero y ¡descubrimos que la gente de otros países cocina con mantequilla en vez de con aceite! Nos quedamos horrorizados y asustados, y nos preguntamos cómo es que todas esas personas no están ya muertas por culpa de tanta grasa. Es la misma mirada aterrorizada que tienen esos mismos extranjeros en la cara cuando nos ven echar tantísimo aceite en la sartén.

 

4. Pagar impuestos.

Sabemos para qué son esos impuestos. Sabemos que gracias a ellos no tenemos que pagar si necesitamos un médico, o si tenemos que quedarnos en un hospital, o si tenemos alguna enfermedad que precisa un tratamiento caro. También somos conscientes de que los impuestos pagan los colegios y las universidades públicas, y las pensiones de los jubilados y muchas otras cosas.

Pero eso no significa que nos gusten: siempre nos quejamos de lo altos que están y buscamos formas de pagar menos. Por supuesto, todos los escándalos de corrupción de políticos que pagan sus caros viajes personales y regalos con nuestro dinero dificultan un poco la tarea de ver los impuestos como algo bueno.

 

5. La gente que es buena en algo.

“¡La envidia! Esta, esta es la terrible plaga de nuestras sociedades; esta es la íntima gangrena deI alma española.”

El escritor español Miguel de Unamuno dijo esto en 1909, pero no fue ni el primero, ni el último. ¿Alguna vez te has preguntado por qué los españoles tenemos siempre tan mal acento cuando hablamos otro idioma? Hay muchas razones, seguro, pero una de ellas aparece ya en el cole, cuando los niños se ríen y burlan de los compañeros que tienen un buen acento (creo que esto ya no pasa, afortunadamente).

Esta actitud prevalece también en otros terrenos: si alguien tiene éxito o destaca en algo, los demás empezamos a sospechar y a intentar por todos los medios devolverlo al estado natural de mediocridad.

 

6. Esos otros españoles gritones (cuando estamos fuera).

Los turistas odian a los turistas y muchos españoles odian a todos los españoles que se encuentran cuando están en el extranjero. Viajamos, hacemos amigos autóctonos, intentamos tener esa experiencia “auténtica”… y de pronto oímos a alguien gritar en castellano. Los miramos llenos de desprecio. “Oh, españoles…” decimos (como si no fuésemos uno de ellos, como si nunca hubiéramos hablado un poco demasiado alto en un autobús lleno de gente callada). Por supuesto, hay también españoles a los que les encanta encontrarse con compatriotas y que se saludan muy contentos y a buen volumen.

 

7. A nosotros mismos.

¿Notas un tono algo auto-despectivo en este artículo? En realidad es algo que los españoles hacemos mucho. Nos quejamos de lo poco civilizados que somos, de cómo nunca nada funciona en España, de cómo a la gente le encanta hacer trampas, evitar pagar impuestos, cómo atacamos la excelencia y aplaudimos la mediocridad. Y nos comparamos con otros países, normalmente los nórdicos, diciendo que “¡Esto nunca pasaría en Dinamarca!”

 

8. Todos esos extranjeros correctos y aburridos.

Pero entonces vamos a Dinamarca o a cualquier otro país civilizado, y volvemos pensando que en ningún lugar se está tan bien como en casa. Porque, verás, ¡resulta que todas esas personas correctas son en realidad aburridas! ¡No saben ir de fiesta! ¡No hablan nada! ¡Son siempre puntuales! ¡Se dan apretones de mano en vez de besos! ¡No aprecian a sus familias! La lista de quejas continúa hasta que nos cansamos y volvemos al auto-odio y a decir sin parar que todo es mejor en el extranjero.


Este artículo fue publicado en inglés el 12 de enero de 2015.