Tiene sentido que si haces todo el largo viaje hasta Europa no quieras irte sin ver París, Venecia o Barcelona, pero enseguida te darás cuenta del problema: hay tantos turistas que a veces cuesta disfrutar de la ciudad en la que estás, por no hablar de otros temas como que todo está carísimo o el impacto que tanta popularidad está teniendo en la vida de la gente local o en la propia conservación de muchos de estos destinos.

Renunciar a estas visitas es difícil, pero siempre está bien tener en cuenta que Europa (¡el mundo!) está llena de rincones y ciudades fantásticos, a la altura o mejores que sus vecinos famosos, con el plus de no sentir que estás en una especie de parque temático para turistas. Estas son algunas de nuestras recomendaciones:

1. Nápoles (Italia)

A Venecia no se puede ir porque poco a poco entre todos la estamos hundiendo, y Florencia y Roma han sido ya tomadas por el turismo. Lo bueno de Italia es que puedes ir a cualquier esquina y encontrarte con ruinas romanas y obras artísticas alucinantes, pero si lo que quieres es un poco de esencia italiana, de caos, historias sobre la mafia y comida deliciosa, Nápoles es el lugar perfecto.

Callejea por el barrio español (las primeras calles son pintorescas, con sus tendederos de ropa en la calle y tiendecitas de toda la vida, y seguras —pero cuidado con los carteristas—), visita la catedral, imagina que estás en el Vaticano en la plaza del Plebiscito, sube al castillo a observar la ciudad con el Vesuvio al fondo y haz una excursión a Pompeya, que está a pocos kilómetros y es más impresionante de lo que te imaginas. ¿Para comer? En la pizzaría Da Michele tendrás que hacer cola, pero valdrá la pena: por 3 o 4 euros podrás comerte una de las mejores pizzas del mundo (la que come Julia Roberts en Come, reza, ama).

2. Gante (Bélgica)

Como alternativa a Bruselas (o incluso como único destino, Bruselas tiene una inmerecida fama de fea) se suele proponer Brujas, que efectivamente es un lugar tan bonito que parece de cuento… pero siendo leído por miles de turistas cada día y que da también la sensación de ser poco de verdad. Gante es una alternativa que mata varios pájaros de un tiro: ciudad pequeña y bonita de canales que además puedes recorrer en barquito sin dejarte el sueldo como pasaría en Venecia o Amsterdam.

Aquí lo imprescindible es visitar el castillo y la catedral, además de maravillarte haciendo fotos a las casas de colores alineadas en el muelle Graslei y recorrrer el Korenmarkt. Como es ciudad de estudiantes, la vida nocturna y cultural es muy animada. Además, es una ciudad muy preocupada por el medio ambiente y la sostenibilidad, llena de proyectos y propuestas eco-friendly para una vida más verde. ¡Y con mayor ratio de restaurantes vegetarianos por habitante que capitales como París!

3. Oslo (Noruega)

Muchas veces Oslo se reserva como lugar de paso, la ciudad en la que aterriza el avión y que sí, será la capital, pero no es el principal destino turístico de Noruega. Pensamos antes en los fiordos, e incluso en esa ciudad de cuento que es Bergen, dejando Oslo en un segundo plano. ¡Error!

La capital noruega es un paraíso nórdico de vida cultural y marina. Puedes visitar el Museo de los Barcos Vikingos o el del Pueblo Noruego (un museo al aire libre con casas tradicionales y guías que te explican cada cosa en ellas), pasear por la fortaleza de Akershus, descubrir todas las esculturas del impresionante parque Vigeland, ver el Grito de Munch en la Galería Nacional y sentirte un moderno en el barrio Grunerloka. Además, es Destino Sostenible y Capital Verde Europea 2019, un lugar perfecto para ver que las cosas se pueden hacer de otra forma.

4. Glasgow (Reino Unido)

De Escocia es Edimburgo quien siempre se lleva todas las alabanzas y turistas, dejando a Glasgow, la tercera ciudad más poblada del Reino Unido, un poco de lado. La persigue además esa fama de fealdad que persigue a todas las ciudades industriales, por lo que no suele estar en lo alto de la lista de prioridades de los viajeros, que se quedan sin descubrir una ciudad de muchísima vida cultural, parques en los que no se oye ni un coche, y museos (muchos gratuitos) en los que pasar horas.

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Mi mejor recuerdo (yo fui a modo de peregrinación hace unos años, como buena fan de grupos de Glasgow) está en la Galería de Arte Moderno, donde cuando salía de una sala el vigilante me preguntó si me había fijado bien en el último cuadro: volví a él y me lo explicó punto por punto (salí con una gran sonrisa de allí). La vidilla universitaria hace que Glasgow esté llena de cafés, noches de micrófono abierto y galerías de arte. ¡No te vayas sin pisar Ashton Lane!

5. Guimaraes (Portugal)

Lisboa ya está a tope, y Oporto luchando contra la turistificación con todas sus fuerzas. ¿Qué nos queda en Portugal? Mucho: es uno de esos países en los que es imposible equivocarse, ya que toda pérdida te llevará a un lugar que te alegrarás haber conocido. Guimaraes es un gran ejemplo, en este caso con importancia histórica, ya que —como leerás en una torre de la muralla— aquí nació Portugal.

El centro histórico de la ciudad está declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, por lo bien que conservado que está y lo bien que se ve la evolución de ciudad medieval a ciudad moderna. Debes visitar el castillo del siglo IX y el Palacio de los Duques de Braganza, además de recorrer la estrechísma rua de Santa María y tomar algo en la plaza de Oliveira. Y, como siempre que estés en Portugal, reserva tiempo para las comidas: tu estómago saldrá siempre contento.

6. Kotor (Montenegro)

Encontrar ciudades todavía sin masificar en la costa mediterránea (adriática, en este caso) puede parecer misión imposible (si vas en temporada alta, claro, yo me recorrí la costa amalfitana en noviembre de pueblo desierto en pueblo desierto), pero no lo es. Ahora que Croacia ya se ha puesto de moda, toca ir un poco más al este: ahí nos encontramos con Montenegro.

Kotor es una diminuta ciudad de poco más de 5.000 habitantes declarada en su conjunto Patrimonio de la Humanidad. Sus murallas trepan en vertical por la montaña y protegen un casco histórico medieval que incluye dos catedrales, numerosas iglesias y mucha vidilla nocturna. Si solo haces una cosa, que sea subir a ver las vistas sobre la ciudad y el mar desde la muralla.

7. Estrasburgo (Francia)

Al noroeste de Francia y dos pasos de la frontera con Alemania está Estrasburgo, una ciudad que suele pasar desapercibida al recorrer el país galo y que no debería. Segunda capital europea (aquí están el Parlamento Europeo, el Consejo de Europa y una veintena más de instituciones europeas), en los últimos años está empezando a establecerse como destino turístico cultural imprescindible.

Su casco histórico, una isla en el río Ill, es Patrimonio de la Humanidad, y ahí destaca la catedral gótica, cuarta iglesia más alta del mundo (sube a la torre para ver las vistas). Pasear por sus calles es ir pisando historia, la de una ciudad que fue alemana y fue francesa, ver casas del siglo XVI y asomarse al canal sin necesidad de estar en Amsterdam. Vete a un salón de té (con el estómago vacío, en el Grand’Rue te maravillarás con su decoración y sus tartas), prueba la gastronomía alsaciana y diviértete en la Place Kléber y sus alrededores.

8. Munich (Alemania)

Mientras las masas van a Berlín y se fijan solo en Munich durante el Oktoberfest, el resto del año la capital bávara se queda casi abandonada por viajeros que creen que no tiene mucho más que ofrecer que festivales de cerveza. La tercera ciudad más grande de Alemania es una especie de respuesta a todo lo que es Berlín: arquitectura clásica, galerías de arte moderno, minimalismo, intelectualidad y orden. Gente vestida de bávara y hipsters que no quieren saber nada de la capital.

En Munich puedes hacer cosas como surf en un río (el Eisbach), maravillarte con los edificios que te rodean en la Marienplatz, disfrutar del a priori tan poco alemán dolce far niente haciendo picnic en la orilla del río Isar, sentirte cool en el barrio Glockenbach y, sí, beber alguna cerveza. Munich es la hermana pija y esnob de Berlín, pero qué bien sienta de vez en cuando sentirse parte de ese mundo.

9. Riga (Letonia)

Tendemos a meter a los países bálticos en un mismo saco: los recitamos siempre en orden, estonialetonialituania, confundimos sus capitales, creemos que la etiqueta báltico significa en realidad «somos iguales» y nada podría ser menos cierto. Estonia, con más cosas en común con Finlandia que con sus compañeras bálticas, es fría y racional, del norte. Lituania es poética y romántica, como un país latino perdido en el norte. Letonia es un poco de todo, aunque si nos guiamos por su capital, es moderna y modernista, artística y bohemia.

Pasear sus calles es una sorpresa: tienen la mayor colección de edificios art-nouveau de Europa, construidos principalmente entre 1896 y 1913 y con un toque propio que los diferencia de otros edificios de esta corriente en Centroeuropa. Su casco histórico (que sí, es también Patrimonio de la Humanidad) está plagado de cafés y terracitas en las que ver la vida pasar. Si quieres un poco de animación local, vete al barrio de Kalnciems, cuyos edificios de madera del siglo XIX han sido rehabilitados y ahora son un núcleo cultural con conciertos, artesanía, galerías de arte…