1. Los camiones son un deporte extremo

Para ser justos, cuando pedimos la parada una cuadra antes y el chofer no sólo nos ignoró deliberadamente, sino que manejó con la puertas medio abiertas durante varios minutos, mi novio europeo se lo tomó con bastante humor. Lo vio más como una montaña rusa y menos como un atentado contra su vida.

Lo que sí le sorprendió fue que tanto los horarios, como los mapas de rutas y las paradas oficiales brillaran por su ausencia. Me abstuve de llevarlo en un recorrido turístico a bordo del 380 porque no quería comprometer su dignidad. A final de cuentas, el extranjero en cuestión consideró el transporte público como una atracción tapatía más.

 

2. Las torta ahogadas son el mejor regalo de Guadalajara para el mundo

Aun entre los mismos tapatíos, sólo hay de dos sopas con las tortas ahogadas: o las odias o las amas. Por suerte, mi visitante extranjero cayó dentro de la última categoría. Sin importarle la venganza de Moctezuma, fue fielmente al puesto de tortas cada que se lo permitía su itinerario y hasta se las ingeniaba para felicitar al tortero en un spanglish improvisado. Si pudiera llevarse una dotación de tortas ahogadas de regreso a Europa, seguro que lo haría.

 

3. Todo hace ruido

Cuando no es el de la basura, es el del Zeta Gas, el señor que compra o el de los plátanos machos. Y ni qué les digo de las miles de veces que suena el claxon en esta ciudad o del tren que funciona como despertador a las tres de la mañana. Mi visitante irlandés no valoraba lo silencioso de su país hasta que llegó a tierras tapatías y difícilmente logró conciliar el sueño una noche completa.

El lado positivo: según él, las risas y las pláticas a voz de cuello en las calles hacían del ruido citadino algo mucho más placentero.

 

4. Los cielos son muy azules

Supongo que viniendo del Reino Unido cualquier cielo se ve menos gris. No sé si pensaría lo mismo si hubiera llegado en medio de la época de lluvias. De momento, este extranjero se fue con una muy buena impresión de nuestro cielito lindo.

 

5. Los restaurantes regalan comida

Bueno, quizás no platos fuertes, pero todos sabemos que nunca falta el mesero que te trae el plato de totopos y salsa, el pan con mantequilla y hasta los chicharrones para acallar el hambre. Mi novio simplemente no podía entender cómo es que los restaurantes ofrecen comida completamente gratis a sus comensales, aun cuando le expliqué que era una cortesía mientras esperas tu platillo. Y no es que se quejara mucho de la hospitalidad mexicana mientras se zampaba sus tostadas con guacamole.

 

6. ¿Propinas?

Y hablando de restaurantes, este extranjero en particular no se podía explicar por qué pagamos un 15% extra al final de la comida. Aunque hay otros países donde se acostumbra dejar propina, muchos lugares de Europa no siguen esta tradición. Según me explicaba mi visitante, los meseros ganan un sueldo suficientemente decente como para no depender de la voluntad de la gente. Y ni qué les digo de los viene vienes, limpia parabrisas, ambulantes y viejitos que empacan bolsas en el súper, porque ninguno de estos personajes existen en la mayoría de los países del otro lado del charco.

 

7. Todo tiene limón… y chile

Sí, lo sentimos mucho europeos. Incluso muchos mexicanos de otros estados se quejan de nuestra manía de ponerle limón a cosas que, en teoría, no deberían llevarlo. A pesar de las quejas, no tenemos planes de cambiar la costumbre en un futuro cercano.

 

8. ¿Qué es un güerito y un gringuito?

Básicamente cualquier extranjero que pise suelo nacional. No importa si no eres de Estados Unidos o si tu cabello es realmente castaño. Si tienes ojo y piel clara, para nosotros eres un gringo. I’m sorry.

 

9. Manejar es una cuestión de vida o muerte

Aceptémoslo, tapatíos. Hacemos muy buenas tortas ahogadas, pero para manejar nos hacen falta un par de clases. La incapacidad de poner direccional, nuestra inhabilidad para ceder el paso y la completa ignorancia de cómo usar una glorieta terminan por captar la atención extranjera… Está bien, puede que haya descargado algunas de mis propias frustraciones en este punto, pero lo cierto es que más de una vez mi novio comparó las calles tapatías con las pistas de Mario Kart.