Huaquechula, en náhuatl, quiere decir “junto a las hermosas y ricas plumas del águila”, («cuautli», águila; «quecholli», plumaje rico; y «lan», locativo). En este municipio, ubicado en el centro oeste del estado de Puebla, celebran a sus muertos de una manera espectacular que ya voy a contarte, para que puedas ir planeando tu visita este Día de Muertos.

Desde la época prehispánica los habitantes de este sitio tenían la costumbre de hacer ofrendas a los muertos, que incluían comida y utensilios que los acompañarían en el trayecto después de su muerte. Con la llegada del catolicismo se produjo un sincretismo religioso, en el que las tradiciones de los pueblos originarios y las de los españoles se amalgamaron y surgieron así ofrendas monumentales, que en sus inicios llegaron a tener entre cinco y nueve niveles, en reminiscencia al Mictlán, el inframundo de los mexica. Desde entonces y hasta la actualidad, se utilizan solo colores claros, y no el morado y el negro, símbolos de luto para el culto católico.

Los altares monumentales de Huaquechula, valga su nombre, se caracterizan por ser de grandes dimensiones, muy costosos y de elaboración muy detallada. Están dedicados a los familiares que se han ido durante el año.

En 2018 tuve la oportunidad de conocerlos, justo el día que se abrieron a la visita pública.

Las familias se preparan durante varios meses para tener listos sus altares monumentales, y compiten por ver quién presenta la ofrenda más grande y elaborada. Preparan suficiente comida y bebida para recibir a todas las personas que los visitan.

Doña Juanita, una afable señora que vende ollas de barro cerca del mercado (y a quien le pregunté por donde se comenzaba el recorrido), me dijo que debía comprar velas o veladoras para entregarlas a los dueños de casa, como una donación. A cambio, nos recibirían en su hogar y nos invitarían a comer. No lo pensamos más y nos lanzamos a visitarlos a todos.

Después de la tercera casa y habiendo comido de todo, ya solo veíamos el altar, entregábamos nuestra ofrenda y salíamos. ¡En nuestra vida habíamos comido tanto! Muy amablemente, cada casa recibe a los visitantes con atole, tamales con carne, de anís o de frijol; adobo con puerco, carnitas y hasta pozole.

La cantidad de comida depende del estatus económico de la familia; la tradición es que los visitantes se quedan un rato a acompañar a la familia y siguen a la siguiente ofrenda, para poder visitar cada altar.

Para la construcción de estos altares monumentales blancos, las familias contratan a los artesanos conocidos como altareros, quienes son los encargados de diseñar y construir la ofrenda. La realización puede tener un costo que va de los 8,000 hasta los 40,000 de acuerdo al tamaño y al detalle que se desee. También es tradición la colocación de una ofrenda pequeña, el llamado altar para el ánima sola, que se disponen para los difuntos que no tienen familia.

Las festividades comienzan el día 28 de octubre, cuando se reciben a las ánimas, que son quienes mueren a causa de algún accidente. El día 1 de noviembre a las dos de la tarde se les da la bienvenida a los difuntos. A esa hora, las familias abren las puertas de sus casas. Para saber en qué casa hay un altar monumental, solo sigue el camino de flores de cempasúchil.

Estos altares monumentales son llamados así porque llegan a medir de tres a cuatro metros de altura y tienen tres pisos. En el primero, se representa la vida terrenal, por lo que se coloca la fotografía de la persona que falleció y a quien se dedica el altar.

Esta debe reflejarse en un espejo, que simboliza la entrada a la eternidad y al inframundo. En este nivel se ponen unas curiosas figuras de ángeles con cara de niños, conocidos como llorones, que representan el sufrimiento por las personas fallecidas.

La familia dispone aquí la comida como mole, pipián verde con flores de zompantle, adobo negro, y tamales de ceniza con frijol ayocote. Hay panes tradicionales de Huaquechula, como los rosquetes, marquesotes, hojaldras, tostadas, catarinos, polvorones, y el tradicional pan de muerto – elemento infaltable-, que se acompaña con chocolate criollo (con agua o leche).

Para los habitantes del lugar, el pan representa la osamenta del difunto y hay de dos tipos: con ajonjolí, representando larvas sobre el cuerpo en descomposición, y con azúcar, en remembranza a la frase bíblica de “polvo eres y en polvo te convertirás”.

Los dulces típicos de la región son exquisitos: pancololote, palanqueta, alegría y jamoncillo. También se ponen figuritas de dulce de alfeñique y calaveritas de azúcar, sobre todo si el altar está dedicado a niños o jóvenes.

En el segundo nivel se representa el Cielo, por lo que se instala una imagen de la virgen María, una corte muy variada de angelitos y elementos católicos, como el cáliz con la hostia y ceras de diferentes tamaños y forma.

El tercer piso es la elevación al cielo, y ahí va un crucifijo y se colocan objetos personales del difunto.

El día 2 de noviembre las familias visitan el cementerio para limpiar y adornar con flores las tumbas de sus muertos.

El pueblo es un gran productor de flores de temporada, como el cempasúchil y, con el sismo de 2017, sufrió afectaciones de consideración, como otros poblados de esta región del Valle de Atlixco. Aún pueden verse casas derrumbadas y los daños en el convento franciscano que data de 1596, construido en honor a San Martín de Tours.

Tu visita, además de elevarles el ánimo a los pobladores, les traerá una buena derrama económica, ya que están buscando reconstruir su amado convento.

El gobierno municipal reparte unos mapas en el parque para que los turistas se ubiquen y hagan el recorrido “buscando el molito”, ya que se marcan en donde están las ofrendas nuevas entre los altares monumentales. Además, la Secretaría de Turismo facilita talleres para capacitar a los alumnos de nivel secundaria y preparatoria como guías de turistas, quienes son muy entusiastas.