Con una extensión de 51.000 hectáreas, el Parque Nacional Nevado de Toluca se posiciona como una de las áreas naturales protegidas prioritarias del centro del país en cuanto a la provisión de agua, servicios ambientales y esparcimiento. Dentro del parque se encuentra el volcán Xinantécatl o “Señor Desnudo”, la cuarta montaña más alta del país con 4564 msnm.

A muy temprana hora llegamos a las faldas del volcán, a la zona llamada Parque de los Venados. Ahí, las comunidades locales cobran una cuota casi simbólica para continuar hasta el tercer albergue, donde se puede dejar el auto.

Caminamos por un sendero de rocas y arena por aproximadamente 30 minutos hasta llegar al labio inferior del cráter. Desde ahí se puede apreciar el magnífico paisaje: a nuestra espalda el inmenso valle de Toluca y frente a nosotros las lagunas del Sol y de la Luna matizando de azul turquesa el corazón del volcán.

Bajamos por un sendero bien trazado entre zacatones hasta la laguna del Sol, bordeando el Ombligo, un pequeño cerro interior que divide ambas lagunas. Junto a la laguna hay una vereda por la que encontramos a nuestro paso ciclistas de montaña, corredores, uno que otro visitante y, curiosamente, unos buzos haciendo inmersiones de altura.

Las paredes del cráter, por donde se llega a la cumbre, son enormes arenales que hacen del ascenso una práctica deportiva intensa. Un par de horas de paciencia y constancia nos conducen a la cresta superior, desde donde se puede ir a cualquiera de las dos cumbres: el pico del Águila (4550 msnm) o al Pico del Fraile (4564 msnm). Optamos por el Pico del Fraile, no sólo por la mayor altura sino porque el acceso aunque más demandante, es menos técnico y no hay que sortear piedras escarpadas o demasiado cercanas a los desfiladeros. En la cumbre el silencio es profundo y se extiende hasta donde alcanza la mirada. Tenemos suerte, es un día claro y se puede ver casi en 360º, pero el viento helado de estas alturas no concede largas estadías.

El arenal, ahora de bajada, es un deleite. Se puede correr o simplemente dejar que la gravedad haga su trabajo y los pies se deslicen por la arena casi sin esfuerzo. En un abrir y cerrar de ojos estamos de vuelta en la laguna, a ras del agua, para tomar un descanso y admirar nuevamente el paisaje. Una última pendiente nos deja en el labio inferior para tomar el sendero de vuelta a los autos. Días como éste, en los que se disfruta plena y respetuosamente del contacto con la naturaleza y la fuerza de un volcán, son días para recordar.