Viajar de mochilera esta muy bien, yo llevo cerca de 20 años haciéndolo. No cambiaría estos años por nada del mundo. El aprendizaje y la cercanía humana que he adquirido siendo mochilera hubiesen sido imposibles viajando de otra manera. Y no es una cuestión puramente económica (que también), sino una libre elección sobre el tipo de experiencia al que elegí llamar “viajar”.

Pero tras 20 años viajando así y a mis 42 años ahora, las prioridades cambiaron porque yo cambié. Evolucionar es ley de vida y señal de desarrollo sano. Así que ahora hay un montón de cosas que antes me encantaban y que ahora ya… simplemente me cansan. Será la edad.Y no lo digo con nostalgia, lo digo con ternura.

Dormitorios de hostels

Como más me ha gustado viajar ha sido sola o con mi fiel compañera de viajes: Natalia.
Cuando viajamos juntas siempre nos hemos agenciado una habitación solo para nosotras, pero viajando sola, he compartido muchas habitaciones comunitarias.

Las habitaciones compartidas en los albergues son baratas y una excelente manera de conocer gente. Al estar con personas desconocidas compartiendo un mismo espacio, no tienen más remedio que conocerse. Bueno, no tienes porque hablar, pero la verdad es que se vuelve un poco incómodo.

Pero a veces no quieres conocer gente nueva, simplemente llegar, tomar una ducha y leer o estar tranquila. No siempre tienes las ganas de andar consiguiendo la litera superior (las mejores), y mucho menos tener que lidiar con tres que roncan en una habitación de seis camas. Por no hablar de la gente que se anima a tener relaciones sexuales con seis compañeros de cuarto. Ahí es cuando realmente empecé a cansarme fuertemente del mundo albergue. Estoy haciéndome una señora…

Las mismas conversaciones

No falla. Cuando llegas a un lugar y conoces a otros viajeros, siempre son las mismas cinco preguntas: ¿De dónde eres?, ¿a dónde vas?, ¿dónde has estado?, ¿cuánto tiempo viajas? y ¿cuánto tiempo llevas aquí?

Después de casi 20 años… ¿qué digo 20 años?, después de diez días empieza a ser muy cansino responder (y preguntar) siempre lo mismo.

En los últimos tiempos, suelo intercalar estas preguntas con algunas otras más “creativas”. Junto a un ¿de dónde eres?, pregunto, por ejemplo, ¿cuál es tu libro favorito?

Los amigos de paso

Conoces a grandes personas con las que conectas y que te interesan… y al día siguiente se van. Tal vez os volveréis a ver, pero tal vez no. Ese es uno de los mayores inconvenientes del viaje. Es como la arena que se te escapa del puño, es inevitable que se termine con el puño vacío. Al principio es excitante conocer a tanta gente salpicada aquí y allí, gente de diferentes nacionalidades y culturas. Pero a la larga… es un peso. Y ese peso es triste.

Estoy convencida de que todo en la vida se da como, cuando y donde se tiene que dar. Así que posiblemente, esos encuentros fueron así porque eran como debían ser, pero no evita la sensación de vacío que va dejando en el pecho.

La mentalidad de rebaño

El rebaño está asociado a la globalización, el low-cost y el turismo de masas. En estos 20 años, he ido observando cómo el concepto de viajero aventurero daba paso al mochilero ovejero. Y lo digo así de claro, sin despeinarme.

Cuando comencé a mochilear, aún se sentía en los caminos ese espíritu del aventurero que se deja llevar y se sale de los circuitos habituales, de seres humanos curiosos y sensibles al contacto humano con otras culturas. No quiero idealizar, porque de toda la vida también ha habido mucho imbécil por los caminos, pero en general la atmósfera era otra.

Hoy día, no tienes más que entrar a cualquier grupo de viajes de Facebook (por ejemplo) para encontrar comentarios discriminatorios, homófobos, racistas, clasistas, y un total desprecio por el sentido del viaje y viajeros clásicos. Lo siento, pero no concibo a un viajero racista y homófobo. Rompe totalmente con todo el sentido.

Y más allá de la ideología, está el rebaño y las actitudes de manada. Hoy día, la mayoría de las veces, los mochileros siguen la misma ruta de viaje preestablecida que miles de personas han recorrido antes que ellos. Simplemente siguen a la manada. He llegado a pensar que los bloggers de viajes hemos jugado un triste papel con esa obsesión de “compartir” nuestros “descubrimientos” con otros viajeros. Hemos ayudado, sin querer, a crear un mochilerismo totalmente alineado.

¡Sacúdete la información y trata de ser más curiosa! En tu próximo viaje, visita algún lugar al azar. Aléjate de la multitud, aunque sea por un ratito. ¡Verás que sucede la magia!

Estar siempre divertida y divirtiendo

Este es un punto que no sólo me ha terminado cansando de mis viajes, sino de mi vida. Desde que estaba en el colegio me recuerdo “divirtiendo” al personal. Siempre he sido centro de atención y la gente estaba pendiente de mis diversiones. Durante muchos años, ese ser graciosa y divertida —adjetivos que no han parado de atribuirme siempre— han conformado casi mi carácter. Muchas veces vas por la vida con el disfraz que te pusieron desde pequeña y tú has adoptado como único y verdadero.

Está bien ser divertida y ocurrente y siempre me ha abierto muchas puertas, también los viajes. Pero ¿qué pasa cuando te apetece encerrarte en silencio a leer un buen libro o simplemente estar en silencio? Hay otra parte de mí que me ha costado mucho imponer y convencer a la gente de que esa también soy yo. En los viajes igual. Muchas veces no quiero cenar con la comunidad porque me apetece abstraerme sola con el sonido de la lluvia que cae en el monzón. Si un grupo que acabamos de coincidir a la noche planea ir juntos al día siguiente a visitar tal templo, pero a mí me apetece seguir el camino sola, ¿me hace eso antisocial? ¿ me hace ser la rara del hostel?

Odio tener siempre que dar la cara que la gente espera de ti, y en los viajes lo que se espera es un entusiasmo, alegría e hipermotivación continuos. 24 horas al día durante 365 días al año. Lo siento, pero no. ¡Qué agotamiento y qué pereza!

Los amores fugaces

Si hay algo excitante en la vida, eso son los romances. Si además son romances de viaje, ya ni te cuento. Son únicos, duren una noche o el resto del viaje. A veces pasan situaciones graciosas, como aquella vez que me despedí de alguien con todo el discurso y sentimiento de dos pájaros libres mochileros. “Pues hasta aquí nos ha juntado el camino”, “cada uno debe hacer su viaje”… En fin, un minidrama mochilero. Total, para que a los 4 días lo volviera a encontrar en una estación, porque al final muchas veces nos vemos obligados a seguir una misma ruta. Nos entró la risa al vernos “juntados” de nuevo por el camino y pasamos otro ratito juntos sin pensarlo. Y ese segundo adiós dolió un poquito. Porque justo cuando te empieza a gustar realmente alguien, llega el momento de la despedida.

Bien, qué bonito, qué literario, qué recuerdo…

Pero al igual que con las amistades fugaces que se hacen en el camino, los adioses continuados terminan pesando. Justo cuando te empieza a gustar realmente alguien, llega el momento de la despedida. Es difícil establecer relaciones duraderas cuando estás en ruta o incluso cuando no estás pero tienes mentalidad mochilera. Las cosas terminan tan rápido como empezaron.

El camino se convierte en una sucesión continuada de relaciones cortas, y eso a la larga es tremendamente agotador. Te confieso que tengo el corazón muy cansado.

Todo esto no quiere decir que reniegue de ser mochilera o que no lo recomiende. Como decía al principio, no cambiaría esas experiencias por nada del mundo. Me encanta haber llegado a estas conclusiones y a este punto por pura experiencia y cansancio de lo mucho que las he explotado, no por no haber vivido nunca.