Por fin llega el día soñado, el día del viaje. Llegas al destino que llevas planeando, reservando y soñando meses con toda la ilusión del mundo. Tus expectativas sobrevuelan la estratosfera, alimentadas por los miles de fotos idílicas que viste en Instagram.

Y ya estás aquí, pero no es lo que esperabas.

El lugar es el mismo y esa plazuela tan coqueta que viste en mil fotos está allí. El “mejor restaurantito de la ciudad” que te recomendaron varias guías de viaje también está en la esquina que debe estar. El hotel, efectivamente, se encuentra en “uno de los barrios de moda”, con sus grafitis y sus cafés llenos de arte y de gente cool. Todo es como lo esperabas, pero algo rompe con la armonía y la poesía… ¿qué es?

Es la masa. La masa de turistas ocupa las calles hasta formar embotellamientos en muchas de ellas, la plazuela es inaccesible y sólo eres capaz de ver cientos de palos selfie sobresaliendo por encima de las cabezas. Empujones, bufidos, agobio… Un rollo. Pero no tiremos balones fuera: no olvides que tú también eres parte de esa masa y estás contribuyendo a crear ese paisaje.

Hay muchas cosas que podemos poner en práctica para ser un viajero más consciente, pero si se trata concretamente de intentar evitar la masa y no contribuir a ella, esto es lo que puedo recomendarte.

Mantente lejos de destinos “top”

París, Roma y Venecia son tres ejemplos de los destinos clásicos que “no te puedes perder”, que “tienes que ver antes de morir”, que “tienes que visitar aunque sea una vez en la vida”, que son “imprescindibles”, etc. Menuda presión y chantaje emocional, ¿no?

Y nosotros ahí, sucumbiendo como borregos y paralizando las ciudades porque claro, ¿cómo te vas a morir sin echar una monedita a la Fontana de Trevi aunque mueras aplastado en Roma?

Las guías de viajes y muchos blogs te estarán presionando con frases como estas. No te dejes llevar, en la vida hay muchos lugares maravillosos a los que el marketing no les ha prestado tanta atención. Porque todo —y que os quede claro— es puro marketing.

No seré yo quien os de la papilla machacada con nombres de destinos chulísimos y poco masificados, para eso confío en vuestra inteligencia, ganas y en Google, que es vuestro mejor amigo. Pero te doy una pista: ¿te acuerdas de esos países minúsculos de los que te costó la vida aprender las capitales en clase de geografía del colegio? Por ahí va la cosa.

Estoy convencida de que, si París o Roma pudiesen hablar, gritarían ambas una sola frase: ¡¿es que no tenéis casa?!

Respeto por la propiedad privada


(Ejemplo de lo que NO se debe hacer).

Recuerda que muchos lugares que a ti te parecen visitables o tienes ansiedad por ver son propiedad privada, sitios en los que viven personas. Sé de buena tinta que en Nueva York los vecinos del edificio donde se filmó el apartamento de Carrie Bradshaw, la protagonista de la serie Sex and the City, están hartos de fans. Incluso han puesto una valla con un cartelito que viene a recordar que allí vive gente normal y corriente que quiere seguir tranquila con sus vidas.

La solución es fácil: echar mano de educación y respeto. Valores de toda la vida. O sea, discreción, por favor. Vas, haces una fotito de lejos del edificio, sin invadir el terreno ni participar de la masa que se agrupa en la misma puerta y hasta luego. No hace falta parecer una “belieber” histérica para demostrar tu entusiasmo. Mejor muestra tu respeto, te hará más grande.

Cruceros NO

En Islandia viví varias veces una situación que me llenaba de vergüenza y que está totalmente relacionada con el apartado anterior.

Ponte en situación: Ísafjörður, pueblecito pesquero de los fiordos del oeste de Islandia, cuya población total apenas roza los 3.000 habitantes. Un lugar que permanece aislado prácticamente medio año, debido al clima extremo y al hielo que lo rodea. Gente tranquila, callada, disfrutando la soledad de su pequeña parcela congelada del mundo.

Entonces, de repente, atraca un crucero con 4000, 5000 y hasta capacidad para 6000 pasajeros. En cuestión de 15 minutos, tu pequeño y tranquilo pueblo ha pasado a doblar la población.

Y ¿qué hacen 4000 personas en un pueblo diminuto? Te aseguro que he visto de todo. De todo lo vergonzoso, quiero decir. Asomarse a las ventanas de las casas y hacer fotos del interior, hacer colas en la única cafetería del pueblo mientras le exigen a la única camarera que se dé prisa como si fuese un self-service de carretera. No sigo nombrando porque me pongo mal.

Los cruceros son las bombas atómicas del transporte de masas, el Zyklon B para el turismo, en Napalm de los destinos, un arma de destrucción masiva que no contemplamos con el horror que deberíamos. Cruceros no, nein, never, jamás.

Viajar en temporada baja


De la misma manera que hay paros biológicos para dar tiempo a que las especies animales se recuperen en el mar, igual que a los campos se les debe dar una temporada de barbecho para que la tierra no se agote, se me ocurre que deberíamos empezar a plantearnos “paros turísticos”. Épocas de descanso, tanto al patrimonio que sufre un enorme desgaste y erosión, como a la población local, que se termina enfadando y poniendo borde con el turista, porque simplemente están hartos. Y yo los comprendo plenamente.

Así que propongo, no aplicar un “barbecho” estricto, pero sí un reparto equitativo de turistas a lo largo del año. La cosa sería descargar las ciudades en fechas claves y temporada alta a cambio de viajar en los meses que menos afluencia tiene. Además, piensa que en temporada baja los precios también son más bajos.

La forma de viaje que plantea el slow travel es ideal para combatir todo esto y ser un viajero infinitamente más responsable. Así que quizás te apetezca sumergirte integralmente, coger el toro por los cuernos y aprender cómo practicar el slow travel.