En el documental Happy, cuando visitan la isla japonesa de Okinawa, una de las centenarias a las que entrevistan dice que el secreto para una vida larga y feliz es comer poco, dormir mucho y un vasito de sake todas las noches. En Galicia hemos logrado vidas largas (los científicos no entienden por qué somos tan longevos) y felices no sé si durmiendo mucho o poco y, sí, algo bañados en licor (no tanto como en los 80, ahora somos más sanos). Ahora, somos prueba de que lo de comer poco es totalmente innecesario. ¿Por qué íbamos a hacerlo cuando estamos rodeados de cosas tan deliciosas?

1. Aprovechamos todo

Aquí no somos de tirar comida, pero este punto no se refiere a eso. Aprovechamos todo porque consideramos comida cosas que en lugares con gente más repunantiña nunca querrían llevarse a la boca. El ejemplo rey es, cómo no, el cerdo. Esto que fascina y repele a los viajeros a partes iguales (depende del viajero) protagoniza el libro Everything but the squeal (‘Todo menos el gruñido)’, escrito por un inglés casado con una gallega que recorrió Galicia probando todas las partes del cerdo.

Este es un buen momento para recordar a la intrépida reportera de Lonely Planet escupiendo su tapa de oreja.

2. Menos es más

No en cantidad, no en cantidad, no entréis en pánico. El menos es más de la cocina gallega, ese que compensamos de sobra con el tamaño de las raciones, se refiere a la forma de cocinar las cosas y el número de ingredientes necesarios. Cocer, añadir ajada, servir. Freír, añadir sal gorda, servir. Cocer, añadir aceite y pimentón, servir. Cuando algo sencillo es perfecto, ¿para qué estropearlo añadiéndole cosas?

(También tenemos platos más elaborados, claro, hacer una empanada tiene su intríngulis, pero por lo general nuestra gastronomía es sencilla y rica).

3. Nos basamos en la calidad del producto

¿Por qué nos podemos permitir esa sencillez culinaria? Porque el producto base es muy bueno. Que la palabra Galicia vaya unida a calidade de forma casi automática no es casualidad. Y esa calidad la queremos sentir y saborear, algo que no se consigue si tapamos el producto base con condimentos y especias.

4. Es sanísima


Titular en La Voz de Galicia de abril de este año: «El secreto de la longevidad gallega reside en la dieta atlántica». Según recoge la noticia, Galicia es una de las regiones europeas donde un mayor porcentaje de población supera la esperanza media de vida en cuatro puntos. Y una de las razones es una dieta basada en productos frescos y de temporada, con mucho pescado y verduras, y donde típicamente cocemos, guisamos o cocinamos a la brasa.

5. Es buena para el planeta

Y no lo digo yo, lo dice un estudio realizado en la Universidade de Santiago. Analizaron la sostenibilidad de la dieta atlántica y llegaron a la conclusión de que es de las más beneficiosas para el medio ambiente. Su huella de carbono es baja, así como otros indicadores de impacto medioambiental. Además, al basarse en productos de proximidad y temporada, se reduce también el impacto derivado del transporte y la producción.

6. No deja a nadie con hambre

Porque dejar a alguien con hambre es carne de pesadillas, cocinamos un poco al por mayor (especialmente si tenemos invitados), por si acaso. ¿Sobra comida? Siempre. Pero no la tiramos, para eso están los tuppers y la nevera y el congelador. Los propios y los ajenos, que lo ideal es intentar que cada invitado se lleve también un poco del festín a casa para poder seguir disfrutándolo mañana.

7. Incluye bebida


O más bien al revés: la bebida incluye muchas veces una tapita. Un vino, un licor, un aguardiente, una cerveza… o agua, que no todo es alcohol y tenemos mucho manantial del que sacar agüita fresca y rica.

8. Lo dulce tampoco se nos da mal

De la tarta de Santiago a la filloa, pasando por la bica, el queso de tetilla con membrillo, los melindres o las orejas (las de Carnaval, no las de cerdo), no escatimamos en postres o cosas dulces que mojar en el café. Ideal cuando ya no puedes más pero quieres un broche de oro y dulce para tu comilona. Quizá sean ya las 6 de la tarde, además, cuenta como merienda.

9. Es digna de celebración


¿Llenaríamos nuestras vidas de fiestas gastronómicas al nivel al que lo hacemos si nuestra comida no lo mereciera? Probablemente también (somos de buen comer, qué quieres), pero el entusiasmo sería otro. Algo más reducido.

10. El pulpo á feira


Según me contaron mis padres hace unos días, de pequeña el pulpo era lo que más me gustaba en el mundo («¡y ahora!», contesté yo), lo cual era algo sorprendente porque yo era un poco rarita para las comidas. Para mí el pulpo es la razón suprema, la única que necesitaría este artículo, pero tenemos más cosas para los que os quedáis indiferentes ante un plato de pulpo á feira (¡herejes!). ¿Qué tal la empanada? ¿O unos pimientos de Padrón? ¿O los grelos? ¿O el queso de Arzúa? ¿O unas xoubas? ¿O una tapa de chocos? ¿Un buen churrasco? Parece que en realidad tenemos bastante más de diez razones…