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Cómo hacer enojar a un danés

Copenhagen
by Emily Hanssen Arent 25 Aug 2014
¡No digas que no te avisamos!

Hay una regla no escrita en la sociedad dinamarquesa acerca de la privacidad y la esfera pública. Los daneses creen que todo el mundo tiene el derecho a no ser molestado en público y de hacer su vida sin sufrir interacciones inoportunas, saludos que no son bienvenidos o cualquier otro inconveniente generado por los demás.

Yo llamo a esta norma cultural silenciosa “ley de la privacidad en público”, y de a poco he aprendido que su violación es una de las maneras más rápidas y eficaces de provocar el enojo de esta bandada de estoicos escandinavos.

Esta investigación me llevó 18 meses de vida diaria en Copenhage, la capital de Dinamarca. Descubrí casi inmediatamente algunas de las siguientes estrategias, pero develar otras me llevó largos períodos de observación, más algunos inadvertidos pasos en falso y otras tantas provocaciones pasivo-agresivas.

Táctica #1: Pregunta “¿Cómo estás?”

Aprendí esto ni bien me mudé a Dinamarca, pero tuve la suerte de ser atajada por una de mis maestras la primera vez que cometí el error.

La frase en inglés “how are you?” (¿Cómo estás?) es fuente de diversión para los daneses, que consideran que los estadounidenses hacen esta pregunta al pasar, sin tener la más mínima intención de pararse y escuchar la respuesta. Si quieres hacer amigos en Dinamarca, solamente haz esta pregunta si tienes cinco o diez minutos de más, de lo contrario tu interlocutor pensará que eres la persona menos sincera del planeta.

Táctica #2: Habla su lengua.

De las lenguas escandinavas, el danés está considerada la más difícil de aprender. Solo la mitad de las letras escritas se pronuncian y la combinación de la gutural “r” y la suave “d” hace que la pronunciación se convierta en la hazaña de tu vida. Recientemente ha habido especulaciones sobre que ni siquiera los dinamarqueses se entienden entre ellos.

Solo cinco millones de personas en el mundo hablan danés, por lo que la influencia del inglés y de otras lenguas es vital desde muy temprana edad. Los daneses hablan inglés y tú lo sabes. Y ellos saben que tú sabes que ellos hablan inglés. Por lo que tu intento de ordenar un café con leche en danés es percibido por tu increíblemente chic camarera como una torpeza innecesaria de tu parte. Ella raramente escucha su lengua hablada por extranjeros y le resulta más fácil hablar en inglés que tratar de entender tu acento.

Así que rechaza hablar en inglés y ordena tu vee-ner-brawd (danés) con confianza. Reclama tu derecho de hablar su lengua. Tu camarera se va a quedar sin palabras.

Táctica #3: No hagas tus señales en la senda para bicicletas.

Como todos los otros aspectos de la sociedad danesa, el protocolo para andar en bicicleta está diseñado para que funcione a la perfección. Todas tus acciones deben ser anticipadas mediante una señal: apunta hacia abajo a la derecha si vas a doblar, sostiene tu mano derecha al lado de tu cara si estás planeando detenerte y usa solo el lado izquierdo de la senda para pasar.

Si omites hace alguna de estas señales, prepárate para recibir un sorprendentemente violento coro de silbidos por parte de los otros ciclistas. Los daneses trabajan 37 horas a la semana para tener seguro médico y cuidado de sus hijos. El salario mínimo es de veinte dólares la hora y el gobierno paga la educación universitaria. Tu error al no hacer la señal correspondiente en la bici-senda es de lejos la peor cosa que les pasó en muchos años.

Táctica #4: Usa tus pantalones de gimnasia en público.

Esto podrá parecer rudo, especialmente si estás viajando de manera económica, sufres de resaca o estás acostumbrado a la moda de los campus de Estados Unidos. Pero aventurarte a la luz del día con tus calzas y un sweater con las siglas de tu universidad logrará, como mínimo, fruncir el ceño de los daneses. Si insistes en usar tu ropa cómoda, invierte al menos en un tapado negro moderno que cubra tu pobre elección.

La ventaja de la “ley de la privacidad en público” es que mezclarse en la sociedad es generalmente una tarea sencilla, ya que lo que todo el mundo quiere hacer es ocuparse de propios sus asuntos sin meterse en la vida de los demás. Pero los daneses pueden mirar fijamente como los alemanes si se sienten provocados. Y no hay nada peor que ser mirado por un halcón cuando tienes puestos tus pantalones de gimnasia al revés y el Carlsberg de anoche está todavía en tu aliento.

¿Estás enojado porque anoche gastaste 60 dólares en cuatro tragos debiluchos? ¿Amargado porque los trabajadores extranjeros no gozan de ese privilegiado salario mínimo danés? Ponte tus pantalones de gimnasia en público y muéstrales lo que es bueno.

Táctic #5: Sonríeles a sus hijos (o a sus perros).

Tras muchos años de trabajar como niñera, he desarrollado un hábito que no puedo quebrar: si un niño me mira en el tren, yo le tengo que sonreir. O le hago una cara graciosa. Los padres de Estados Unidos suelen apreciar este entretenimiento casual, en un ambiente donde no son raras las rabietas de los niños. Pero no en Dinamarca.

Sonreirles a los niños daneses va a provocar movimientos incómodos y miradas sospechosas por parte de los padres. Esa interacción parece ser demasiado cercana para la sensibilidad danesa y, además, viola la “ley de la privacidad en público”. Eso aunque el niño en cuestión te haya estado observando fijamente mientras dabas vuelta diez páginas de tu libro.

¿Vas a tener que pasarte parada y con tu ropa empapada los 30 minutos que dura tu viaje? ¿Estás ofuscada porque esa mujer ocupa una fila entera de asientos en un tren repleto, con sus múltiples bolsas y su perrito? Bien, acércate a dicho perrito y, sin pedirle permiso a la mujer, acarícialo. Exclama con entusiasmo cuán precioso es. Habla en danés, por supuesto. Y ocupa con suma rapidez el asiento que esa mujer deja vacante.

Táctic 6: Actúa como un ser humano en el supermercado.

Los daneses son robots cuando están en el supermercado. Tal vez sea porque esta es una de las pocas situaciones públicas en la que se ven forzados a cooperar con otros y a mantener una distancia cercana. O tal vez sea porque los supermercados más baratos de Copenhague son pequeños y están desorganizados. Pero hay algo en los supermercados que sobresalta la profunda necesidad de orden que habita en cada danés, que espera que todo evolucione de manera suave y sin que sea necesario hablar, interactuar o hacer contacto visual con nadie.

Rechaza jugar al oficio mudo mientras haces tus compras. No te muevas hasta que se vean forzados a murmurar undskyld (permiso). Míralos a los ojos y sonríeles antes de hacerte a un lado. Reconoce su existencia y reclama que reconozcan la tuya.

Acércate a la caja. Acá es cuando la cosa se pone seria y no puedes fallar ni por un segundo si deseas mantener tu lugar en la fila. Medio paso para examinar los caramelos es todo el tiempo que necesita el danés que está detrás tuyo para reclamar tu lugar. Y no te desalientes por el hecho de que esta persona esté prácticamente sobre tu espalda, siguiendote de cerca como si su vida dependiera de ello. Mantente firme y no cedas.

Un amigo de Estados Unidos observó con elocuencia que un danés sería capaz de entrar a tu culo si eso lo acercaría una pulgada más a la caja registradora. Pero mi amigo había estado en flagrante violación a la “ley de la privacidad en público” esa mañana y había osado sonreírle a un niño danés, mientras llevaba puestos sus pantalones de gimnasia. Tal vez fueron las miradas fulminantes que recibió lo que lo llevó a hacer una analogía tan extrema.

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