Salimos a hacer los mandados a la hora de la siesta.

Cuando los argentinos finalmente aprendemos que debemos hacer todas nuestras compras antes de las dos o después de las cinco, habremos pasado por lo menos seis meses yendo a la librería, al  supermercado y a la biblioteca a las tres de la tarde (y despotricando contra los incomprensibles horarios laborales de los españoles).

Nunca vamos a acostumbrarnos al doblaje.

Todos los latinoamericanos, pero los argentinos especialmente, preferimos apagar el televisor antes que ver una película doblada. Y nos negamos a ir al cine a menos que la película esté en su idioma original.

Nos enferma la (no) pronunciación del inglés de los españoles.

Aunque en realidad no hablemos mucho inglés.”¡Ya te dije veinte mil veces que Spider-Man se pronuncia “spaider”, no “spider”!” .  “Como vuelvas a decir “Ermión” en vez de “Hermione”, me va a explotar la cabeza”. Claro que esto no nos impide decir Proust o Dumas en lugar de Prust o Duma.

Nos escandalizamos cuando no entendemos ni una palabra de lo que dice el nuevo amigo andaluz.

Aunque nos expliquen que el resto de España tampoco entiende a los andaluces.

Por nuestro acento.

Los argentinos podemos llegar a España con la intención de adoptar el tuteo, al menos un poco. ¿Qué tan difícil puede ser? Al fin y al cabo, lo usábamos de chicos cuando jugábamos a ser agentes secretos. Pero apenas empezamos a hacernos amigos de verdad,  no podemos evitar ser quiénes somos. Che, boludo, vos cómo estás…Y es una buena señal: significa que nos caés bien.

“¡Esto NO es carne!”

Cómo me gustaría teletransportarte a nuestra Argentina para que pudieras entender lo que es. Es imposible explicar el sabor de la “verdadera carne” (la argentina)  o describir un alfajor. Son recuerdos que nos hacen llorar de nostalgia. Y por si no te quedó claro: las empanadas españolas no nos gustan ni un poquito.

Hablamos sobre los robos que sufrimos como si fuera lo más natural del mundo.

Y para nosotros lo es. No hay necesidad de mirarnos con lástima cuando te contamos con tono ligero sobre aquella vez cuando, en el medio de un robo a mano armada y después de haber recibido un par de patadas, descubrimos que el ladrón era nuestro compañero de banco de la primaria y terminamos los dos recordando viejos tiempos. Estas anécdotas sobre la vida en Buenos Aires han aterrorizado tanto a mis amigos españoles, que se han jurado nunca más salir de Europa.

Te vamos interrumpir una y otra vez ni bien digas “América” para referirte a los Estados Unidos de Norteamérica.

-Disculpame, pero todos somos americanos, yo soy americano también.

-¿Y de qué parte?.

-De Buenos Aires.

-¡Pero eso no está en América!

 -Creo saber en qué continente está mi ciudad.

-Ah, pero yo me refería al país…

-¿Estados Unidos?

-Sí…

-Te informo que América es un continente y abarca bastante más que los Estados Unidos…

“¿Qué manifestación? ¿Te referís a las tres personas que estaban sentadas en la plaza con un megáfono?”

Los argentinos -especialmente los de Buenos Aires-, ni notamos cuando hay una manifestación en España. En comparación con las decenas de protestas que hay en nuestra ciudad todos los días -muchas de las cuales incluyen cortes de calles y rutas-, que un grupito de gente se junte para quejarse pacíficamente en una plaza no nos llama la más mínima atención ni altera nuestra vida diaria.

Nos sentimos fascinados por cada columna de cada ruina de cada castillo antiguo.

Estábamos con mi amiga viajando en autobús camino a su ciudad, en las afueras de Salamanca, cuando un castillo en ruinas captó mi atención. Muy entusiasmada, le pregunté qué era y ella me contestó que no sabía, lo que me resultó insólito, porque estábamos muy cerca de su casa. Mi amiga se rió, diciéndome que ahí había miles de ruinas antiguas “mucho mejores”. Luego, de excursión en el monte, me puse a sacarle fotos a lo que consideré unos relieves medievales. Resultaron ser las ruinas de…un macetero cualquiera.
Imagen de portada: Nuno Dantas