1. La superposición de la materia en el espacio

A todos nos ha pasado. Se detiene el vagón del metro frente a nosotros y al abrir sus puertas vemos lo que se asemeja a un Tetris humano a punto de colapsar. Tus ganas de llegar a tu destino se contraponen con el sufrimiento que se observa del otro lado de las puertas. “De todas formas no entro”, piensas inocentemente al tiempo que otros individuos con más prisa van llegando para fusionarse con la masa humana. Entran uno, dos, diez… y tú miras perplejo como la formación se mantiene sin desbordarse por las ventanas.
¿Cómo le hacen? ¿Qué no tienen clavículas? ¿Hay suficiente aire para todos ahí adentro? Una vez que entiendas que dos, tres y hasta cinco cuerpos pueden ocupar el mismo espacio en el subterráneo de la ciudad —por peculiaridades del tiempo-espacio, supongo— podrás hacer uso del Metro como es debido. Pronto aprenderás a sumir la panza para que no te apachurre la puerta, disfrutarás de la libertad de no tener que agarrarte del tubo y hasta te podrás echar una pestañita mecido por los acelerones y enfrenones del trayecto.

2. Ahora salte de ahí

Mientras más desarrollada tengas la habilidad mencionada en el punto anterior, más tendrás que trabajar en tu manera de escape. Si eres de esos que bajan del Metro en División del Norte, Lázaro Cárdenas, Sevilla o una de tantas otras estaciones de esas en las que nadie se baja, convencer a la masa humana de que te deje pasar puede ser un gran reto.
Aquí hay varias estrategias. Puedes ser de esos que se aferran del tubo de la entrada y no lo dejan ir por más que su integridad física se los reclame u optar por el típico “¿baja en la siguiente?”. Nótese que la segunda opción implica un baile que hace ver al reggaeton como conservador entre tú y la mitad de los ocupantes del vagón, mientras te embarras y contorsionas para llegar a la puerta. Pero querías ir sentado, ¿no?

3. Aceptación de tu destino

Es hora pico, sabes que sufrirás unos apretones antes de llegar a casa, estás resignado y el Metro lleva un rato sin pasar. De pronto aparece una visión sublime que parece salida de un sueño, ¡un tren vacío! Pero la visión no frena en la estación y sigue de largo para servir a otros seres igual de apretados e igual de anhelantes. Tus ilusiones se van con las luces de ese último vagón que se va como vino, vacío, y añoras el día en que uno de esos trenes se detenga frente a ti. Algún día…

4. La mentalidad de colmena

¿Has intentado transbordar en Tacubaya a hora pico? Si lo has intentado y has triunfado, ya te puedes considerar un usuario avanzado de la red de transporte público de la ciudad. Lo que sucede en esta y muchas otras estaciones es consecuencia de una infraestructura antigua que nunca estuvo diseñada para el volumen de gente que mueve hoy en día. Un auténtico laberinto en el que detenerse a preguntar direcciones implica generar un embotellamiento humano que terminará con una que otra mentada de madre dedicada a tu falta de pericia. Si aún no tienes tanta experiencia como para moverte por estos pasadizos como Neo en la Matrix, la opción es caminar con la bola y rogar porque el fluir humano te lleve a tu destino. Si no funciona, intégrate a la bola nuevamente y repite.

5. El eclecticismo musical

Nadie que viaje en Metro está a salvo de los éxitos de momento. No importa si traes audífonos, un vagonero motivado es capaz de superar cualquier barrera de decibeles.

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6. La percepción extrasensorial

Todo usuario frecuente del Metro que tiene que cruzar una línea de cabo a rabo sabe de esta habilidad. Funciona especialmente muy temprano en las mañanas, cuando no hay tanta gente, tienes sueño y el Metro está calientito. Consiste en abandonarse en los brazos de Morfeo como si estuvieras en tus mismísimos aposentos… pero en el Metro, micro o transporte de tu preferencia. No sé como funciona, aún cuando yo mismo la he aplicado en repetidas ocasiones, pero hay algo que te indica el momento justo en el que te tienes que despertar, con tiempo suficiente para estirarte, abrirte paso hasta la puerta y salir airoso y descansado de tu viaje mautino. Una verdadera joya de habilidad.

7. Irte de mosca

Salimos del subterráneo para explorar el elemento más emblemático del transporte público de la ciudad: el micro. El micro no tiene horario, no tiene límite de pasajeros y en una de esas, no tiene ni amortiguadores. El micro es una tómbola, a veces te toca viajar en un asiento de lujo mientras ves un concierto de Pink Floyd en pantallas de alta definición y a veces te toca ir de mosca con un chofer que parece estar empeñado en recrear una batalla de Mad Max con los demás automovilistas.
Irse de mosca, para los neófitos en el tema, consiste en subirse al micro aunque este no lleve espacio. Hay dos formas de irse de mosca, en las escaleras de adelante y en las de atrás. Ambas implican ir con medio cuerpo afuera de la unidad mientras ves pasar autos, camiones y la vida misma, a meros centímetros de tu humanidad. Recomiendo altamente usar las escaleras delanteras, así no tendrás que bajarte (arriesgándote a que te dejen olvidado) cada que alguien más quiera descender y también por aquello de la falta de amortiguadores.

8. ¡Esquina bajan!

Como el micro no tiene paradas establecidas, hay que hacerse escuchar a la hora en que se aproxima el descenso. Aquí juega el arte de la improvisación. De inicio iremos en búsqueda del timbre, pero en el caso de que este sea inexistente, habrá que buscar la alternativa: un cordón, bocinita o pollo de goma de esos que chillan. Si todo falla, tendrás que hacer gala de tu voz de tenor para hacerte oír por sobre todo el alboroto microbusero y anunciar tu bajada.

9. Aprenderte todos los letreritos

¿Sabes cuántas líneas de micros, combis y camiones dicen ser la línea uno? No tengo la menor idea de cómo es que funciona eso de la numeración, pero lo cierto es que casi nadie utiliza los números de ruta por ser de lo más ambiguos. Aquí se ubica al transporte por el que pasa en la esquina, el que se va todo Churubusco, el que va en contraflujo… pero, ¿cómo le hacemos para distinguir entre uno y otro en una misma avenida? Pues muy fácil, por los letreritos. El cartón que indica todo el trayecto del micro tiene un acomodo muy particular que se registra en la retina como esos códigos que escaneas con el teléfono. Así sabes que el camión que viene a tres cuadras es el “Metro Ermita”, incluso con todo el peso de tu miopía.

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