Crédito: Frank Hemme

1. Familiarízate con el mapa.

Perderse en una ciudad tan grande como el DF puede ser bien feo, especialmente si se supone que uno tiene que llegar a destino a cierta hora. En la mitología griega, Teseo usó un hilo, que desenroscó para entrar al laberinto de Creta y poder salir sin perderse. Hoy en día, las cosas son un poquito más fáciles: con que lleves el mapa a mano y le des una checadita de vez en cuando ya la hiciste. Podría ser más fácil si las líneas tuvieran forma de grilla y no de plato de fideos… Lo bueno es que las estaciones tienen nombres que hacen referencia a calles y colonias que pretendas visitar. Neta no es necesario que te aprendas de memoria el mapa, pero no está de más conocer tus rutas habituales. ¡Ah canijo! ¿Esta estación estaba aquí…? Ya valió…

 

2. Ármate de paciencia y empatía en las taquillas.

¿Aquí venden los boletos para el metro?

–No, ni me había dado cuenta, ¿cómo cree? Aquí vendemos hamburguesas…

Prepara bien tu efectivo (o tu tarjeta electrónica), porque las cajeras del Metro pueden ser los seres más amargos después del limón agrio. Si te tardas en dar tu dinero para los boletos, se enojan. Si te ves impaciente, se enojan. Si las saludas, no te regresan el saludo, ¿y adivina qué? Se vuelven a enojar. Pero si nos ponemos un poquito en su lugar, uno también se enojaría si tuviera que pasar todo el día sentado en un cuartito pequeño, haciendo una tarea repetitiva. Calculo que si alguna de ellas está leyendo esto, de seguro se enojará una vez más…

 

3. Conoce bien el torniquete, y todo lo que puede salir mal con este «sencillo cruce mecánico».

Cuando vayas a meter tu boletito en el torniquete, procura no tener tu boleto arrugado, ya que la máquina es algo remilgosa y regresará tu boleto. Ante cualquier tipo de demora, prepárate para sentir la presión de la fila que se forma detrás de ti y eventualmente los insultos a la mexicana. Puede ser una buena ocasión para aprender a “chingar” con propiedad. Si la policía se acerca, no te intimides: mejor pide ayuda antes de empezar a correr por un crimen que no cometiste. ¿Pasa algo mi estimado…? ¡¿A dónde va?!

 

4. Aprende la danza de “esquivar” al resto de los usuarios.

Transitar por un pasillo con decenas de personas que se dirigen hacía el mismo lugar que tú, o el diametralmente opuesto, es todo un arte. Dentro de la multitud, están los apurados, los distraídos, los perdidos, los peleones que saltan frente a la menor provocación, y aquellos que parecen que se entrenan para taclear en fútbol americano haciendo uso del transporte público. También están los que van con niños pequeños, con bolsas grandes, con mochilas y valijas… y que no saben medir a estas como una extensión de su propio cuerpo. Si pones la música de fondo correcta, toda esta circulación improvisada pero con propósito parece una pista de baile concurrida… Tiempo de vals, tiempo para viajar, como dijera mi estimado Chayanne.

 

5. Prepara tu cuerpo y tu mente para una contracción de tu “espacio personal”.

Si tienes habilidades de contorsionista ya la hiciste. Si eres más bien de cuerpo ancho, encomiéndate al santo de tu devoción. Y es que para subir al vagón del Metro se necesita un tanto de habilidad y otro de maña, para no morir aplastado contra la pared contraria o para no quedar a la mitad de la puerta. Me ha tocado ver manos aplastadas, cuerpos sofocados y gente que hasta se desmaya por la cantidad de personas que suben a diario. Solo ten paciencia y disfruta lo más que puedas del viaje… ¡Abandonen toda esperanza los que entran aquí! No, no es el infierno de Dante, es el Metro del DF… ¡Chan chan chaaaan!

 

6. Entrena tus sentidos y tu percepción cual ejercicio de meditación.

Muchos ejercicios de meditación tienen como propósito enseñarte a estar en el momento presente, reconociendo cada uno de los inputs del mundo externo y cómo estos nos afectan. La meditación también ayuda a desconectarse un poco del mundo real y a entrar al mundo interno. Cuando empecé a meditar, se me hizo fácil porque ¡me había entrenado en el metro!

¿Un bebé llora y no te permite leer? Bloquea ese sonido. ¿Alguien comió demasiadas lentejas? Repítete a ti mismo “Todo pasa: lo bueno pasa, lo malo pasa”. ¿Los vagoneros empujan tu paciencia hasta el límite con su música a todo volumen o con la pluma de novedad? Reconoce la ira y déjala ir en el río de emociones.

 

7. Elige tus batallas.

Viajar en el Metro puede hacerte platear uno o varios dilemas. Procuras encontrar lugar rápidamente, pero te sientes obligado a ceder el asiento a la gente anciana o a las mujeres embarazadas o con bebés. Una voz dentro tuyo te insistes “no seas gacho”. Si eres mujer, aunque crees en la igualdad de género y en la no-violencia, evitas ir donde hay muchos hombres porque nunca faltan los degenerados jijos del maíz, y si aparecen, te gustaría partirles la cara. También es posible que te entrenes en ordenar tus prioridades: te gustaría jugar con el celular o leer, pero lo primero es la supervivencia. Debes sujétate bien a los tubos del vagón para no salir como el Hombre Bala del circo o caer. De vez en cuando, piensas qué bonito sería poder andar tranquilamente en bici por la ciudad

 

8. Envidia (sanamente) a quienes tienen poderes mutantes.

Hay gente con poderes mutantes: duermen plácidamente en medio del joven, damita, caballero, en esta ocasión le traigo a la venta esta pluma de cuatro colores, la pluma de novedad para chicos y grandes… Y se despiertan una estación antes de la suya, con tiempo y agilidad suficiente para llegar a la puerta. Si no es tu caso, entonces la explicación es que ellos tienen un gen que tú no tienes; no te queda otra que quedarte atento y despierto. No te preocupes: siempre puedes entretenerte observando los extraños comportamientos de los usuarios e imaginar qué los llevó al laberinto, y cómo piensan salir de él.