1. “No te enojes porque llueve, saca el paraguas”.

Eso me dijo una terapeuta australiana cuando mis niveles de azúcar estaban mal. Soy diabética insulino-dependiente, y tuve que aprender a convivir con mi condición: al bailar, al viajar, al vivir en tierras extrañas.

Aunque este no suene a “consejo práctico”, comienzo por él porque creo que la actitud que tenemos ante las enfermedades crónicas es vital para lidiar con ellas de la mejor manera posible. Me atrevo a decir que es tan importante como el tipo de medicamento prescripto y su dosis.
Así que no te enojes con tu enfermedad crónica y los desafíos que presenta al viajar… solo saca el paraguas.

 

2. Sigamos con lo obvio: visita al médico antes de viajar.

Más allá de que tengas tu condición médica bajo control, probablemente necesitarás hacer dos cosas: repasar las vacunas que se recomiendan para el destino al que te diriges, y conseguir una nota para presentar en aeropuertos y aduanas.

La nota médica debe mencionar cuál es tu condición y qué medicamentos necesitas llevar contigo para tratarla. Es mejor que esté redactada en inglés si estás viajando fuera de países hispanoparlantes. Además, si piensas viajar por un periodo de tiempo prolongado, es recomendable contar con un resumen de tu historia clínica. Esto será útil si tienes alguna complicación en destino. “Ser humano precavido vale por dos”, dice mi madre.

La información sobre las vacunas también está disponible online. Contacta organizaciones que se ocupen de “medicina del viajero” en tu país, que allí sabrán asesorarte.

 

3. Investiga cuáles son las reglas del país al que viajas respecto a tus medicamentos.

Hay lugares que sólo permiten ingresar una cantidad limitada. Por ejemplo, en Australia puedes ingresar con remedios suficientes para tres meses, mientras que en Japón sólo tienes permitido remedios para un mes. De necesitar una cantidad mayor, probablemente debas tramitar la entrada de las medicinas como si se tratara de una importación.

Algunos países tienen reglas estrictas respecto a ciertos tipos de drogas, tales como psicofármacos o remedios hechos en base a hierbas. Si no sabes por dónde empezar a buscar esta información, las embajadas son un buen lugar -además de Google, obviamente-.

 

4. Tampoco olvides revisar las reglas de los aeropuertos.

A veces te encuentras con personas por demás estrictas, a las que literalmente no les importa tu condición médica. Una vez, ni mis lágrimas de cocodrilo hicieron que el oficial de la aduana me dejara conservar mis 20 jeringas en la mochila de mano (claro, a él no le interesa que a veces los equipajes se pierden o llegan tarde).

Ten en cuenta la cantidad de líquido que puedes llevar contigo, y cuál es la forma de hacerlo. Las bolsas multiuso tipo Ziploc son geniales para estos fines.

 

5. Es conveniente llevar los medicamentos en sus cajas originales.

Si, aunque ocupen más lugar en la valija… Ayuda a las personas de la Aduana a comprobar que se trata de algo legítimo, y además cuentas con la información de los ingredientes activos.

 

6. Averigua cuál es el nombre comercial de tu medicina en el nuevo destino.

A veces, el laboratorio es el mismo, pero no el nombre local de la droga. Esto hará que sea más fácil hablar con médicos y farmacéuticos en caso de necesitarlo.

 

7. Imprescindible: aprende a explicar tu condición médica en el idioma local (o lleva un papelito que lo haga por ti).

Cuando trabajaba como guía en Buenos Aires, me aseguraba de que mis turistas estadounidenses llevaran consigo una nota diciendo “soy alérgico al maní” o “no puedo comer gluten”, en todo momento. De la misma manera, cuando viajé a Japón, usé Google Translate para saber cómo se decía “soy diabética” en japonés. Lamentablemente, Google Translate no hizo un buen trabajo. Un buen hombre que hablaba en inglés y en japonés me ayudó a escribir el mensaje en kanji.

 

8. Informa a tus guías locales sobre tu condición.

Quizás tu condición médica no sea lo primero que deseas contarle de ti a un desconocido, pero es importante, y vale la pena perder la vergüenza al respecto. Tu guía será la persona que te ayude a comunicarte con los médicos y servicios de emergencia locales (ya sabes, en caso de…), y también podrá informarte de peligros asociados con tu condición en las actividades de aventura que vayas a hacer.

En mi caso en particular, me gusta conversar al respecto y aprender cómo se trata la enfermedad en otros países. En Ecuador, mientras me adentraba en la selva, un guía me hizo probar unas hojas locales que (supuestamente) ayudan a regular el azúcar. No es cuestión de creer en soluciones mágicas, pero no pierdo la esperanza de encontrar tratamientos complementarios.

 

9. Si tu medicina necesita estar a cierta temperatura, no des por descontado que tendrás heladeras a tu disposición. Y prepárate mentalmente para improvisar y confiar en extraños.

Debo admitir que este tema es el que mayores dolores de cabeza me da al viajar con insulina. Es un limitante en ciertos casos: tuve que cancelar un viaje a China porque era verano y no tenía forma de asegurar que mi insulina estaría a menos de 30 grados. Y al pasear por zonas de mucho calor, como en la costa oeste de Australia (46 grados centígrados en Perth), mi mayor preocupación al llegar a cada hospedaje era tener donde congelar mis packs de gel frío, o conseguir donde comprar hielo.

También es algo que me obliga a confiar en extraños: cada vuelo largo con conexiones me obliga a confiar en que las tripulaciones de los aviones y los meseros de los bares del aeropuerto cuidarán bien de mis medicamentos.

 

10. Aprende las palabras que señalan “lo peligroso” en los menús y las etiquetas.

Ya sea “penicilina”, “cerdo”, “harina”, “azúcar”, “sal” o “sodio”… Tu bienestar está en tus manos. Además, mirando el lado positivo, tienes una buena razón para aprender expresiones en nuevos idiomas.

 

11. Se cuidadoso con la dosis de los medicamentos ante el cambio de rutinas.

Más actividad física (o menos, si tu plan de viaje es estar panza arriba en la playa), nuevos platos (¿permitidos de vacaciones?), horarios de sueño distinto… todo eso produce cambios en tu cuerpo. Es probable que debas ajustar tu tratamiento a tu realidad viajera. Como dije al principio… si llueve, saca el paraguas, y si sale el Sol, ¡¡ponte protección solar!! Y sobre todo, haz lo que debas hacer para disfrutar y garantizar tu bienestar.

 

Crédito imagen de portada: Gábor Lengyel