Lo que significa ser una reina.

Debo admitir que mi primera reacción ante tanto “reina, esto”, “reina, lo otro”, fue de extrañez. Me preguntaba ¿Es que no se acuerdan de mi nombre? ¿Se estarán burlando de algo?. Luego lo escuché no solo de mis amigas, sino también de vendedoras en la calle. Y me empezó a gustar esto del tratamiento protocolar aún sin tener coronitas. Mucho después… caí en la cuenta de que por supuesto que todas somos reinas. Somos reinas porque somos soberanas de un territorio: nuestro propio cuerpo (en este razonamiento también me ayudó un libro budista, pero esa es otra historia). Y si decidimos estar con alguien más, será con otro soberano o soberana de su propio cuerpo, en condición de igualdad. Así que ahora cuando me dicen reina, me doy vuelta.

A no ser (tan) morelia.

No es solamente que los ecuatorianos aprenden desde pequeños que “para llorar necesitan una razón de peso”. Si algo tienen en común mis amigos ecuatorianos, es su gran sentido del humor: una capacidad admirable de reírse de sí mismos y de los demás. Así que usando recursos como las hipérboles (exageraciones enormes), entiendo que no estoy teniendo un mal día… me ha pasado por encima un camión de verga. ¿Se imaginan un camión de vergas? Pues con solo imaginarlo a uno se le escapa una risa nerviosa y se cambia el foco de atención.

A que el cariño puede tomar forma líquida.

Un locrito de papa, un ceviche, una colada morada, un juguito de tomate de árbol… son mimos. Así como mi papá me hace un asado cuando regreso a la Argentina, en Ecuador, mis amigos me demuestran cuánto me extrañaron con un locro de papa casero, por ejemplo. Quizás no sean tan expresivos con las palabras (me ha costado que mis amigas y amigos ecuatorianos se acostumbren a que les diga “te amo”), pero si me cocinan, puedo intuir que me estoy ganando su corazón.

A temerle al chuchaqui moral más que a cualquier otro.

Por supuesto que con tragos como el Zhumir uno termina más dado vuelta que Jack Sparrow. Pero también aprende a distinguir entre las consecuencias: una cosa es vomitar como endemoniado y mentir con frases como “nunca más vuelvo a chupar”, y otra muy distinta es afrontar el chuchaqui moral.
¿Que te diste besos con aquel man que en teoría era solo tu pana? ¿Que farreaste y bailaste reggeaton hasta abajo delante de tu jefa? “Pues, mi’jita, hágase cargo como reina que es (o hágase la loca, como que se le borró el cassette), y por favor, no sea morelia”. También, es cuestión de aplicar una buena dosis de lo siguiente.

A que “ya nada”.

Hay una bonita plegaria que dice “dame fuerza para cambiar las cosas que puedo cambiar, paciencia para aceptar las cosas que no puedo cambiar, y sabiduría para distinguir la diferencia”.
“Ya nada” es la expresión perfecta para admitirle al Universo que uno ha aceptado las cosas que ya no puede cambiar.
Aunque también uno podría coincidir con mi amiga Jess López, quien explica que la frase significa “la cagué al punto que si la Tierra me traga, se va de coles” (nótese la hipérbole de la que hablaba antes).

A que me “batraceen” y no foquearme.

El lenguaje políticamente correcto y las sensibilidades se van al tacho cuando tenés un amigo ecuatoriano. Especialmente, si es guayaco. Así que si a tu chuchaqui moral, le agregás un amigo guayaco que te canta la plena y te batracea al mismo tiempo, básicamente después no tenés nada a qué temerle. Como dicen los gringos, you grow thick skin, o en Argentina, “uno se curte” y puede hacerle frente a cualquier cosa.

A vivir en un paradigma de la abundancia.

Me acostumbré a que me den una yapa al comer en una hueca, y a que los platos sean más grandes (y con más arroz) de lo que mi estómago puede llegar a desear. Pero no solo me refiero a la comida aquí. Personas conocidas y desconocidas me mostraron su generosidad en el cariño y el cuidado: me hospedaron, me presentaron a su familia, me ofrecieron lo mejor que tenían para dar, sin miedo a que se acabe, o que “no haya para todos”.

A no preocuparme tanto por el futuro.

Básicamente, hoy hay farra, y mañana también.

A ser una mujer fuerte.

Quiero creer que hay mujeres fuertes en todas las culturas. En mi caso, algunas de las mujeres más fuertes que he conocido son ecuatorianas, y tengo el honor de llamarlas amigas. Se “sacan la madre” por lograr lo que se proponen. Son líderes en sus profesiones, emprendedoras y activistas. Han viajado por el mundo y han escalado montañas a la par de amigos y compañeros varones. Aman profundamente. Farrean de lo lindo. Y aunque a veces la pasan difícil, o “ya no jalan” y se caen, toman un respiro, se levantan y vuelven a empezar.