Crédito: valkyrieh116

1. Tuve que eliminar el particular PO de mi vocabulario.

Muchos países latinoamericanos tienen la costumbre de finalizar sus frases con alguna palabra en particular. En Chile, utilizamos a diario el singular “Po”, que enfatiza nuestras respuestas. Por ejemplo: “¿vas a ir a la fiesta está noche?”, “Sipo”. En cambio en Argentina, termino mis frases con un sí o no, ya me olvide de aquel particular “Sipo”.

 

2. Me hice la idea de que “tomar la once” es cosa del pasado… bueno, por lo menos de la manera que acostumbraba.

Al momento de vivir en la Argentina, tuve que reemplazar el pan con palta a la hora de “la once” – como se la conoce coloquialmente- por las facturas y medialunas acompañadas de un mate.

 

3. Ya no me refresco con mote con huesillo.

Una de los principales productos que podemos extrañar al momento de irnos de Chile es el mote con huesillo, bebida que se vende a lo largo y ancho del país. En Santiago, por ejemplo, es típico ver carritos sirviendo a los transeúntes unos ricos granos de motes acompañados de huesillos (duraznos deshidratados), especialmente en el verano como refresco. Desde que vivo en Argentina, tengo que pensar en nuevos cosas para pasar el calor (como el helado de dulce de leche).

 

4. Tuve que aprender sobre nuevos tipos de pan.

Los chilenos somos el segundo país más consumidor de pan. Las variedades van desde marraqueta y el pan batido (también conocido en algunas regiones como pan francés) hasta las hallullas, que son -en mi experiencia- de las más codiciadas y extrañadas cuando uno está fuera del país. Lo peor es que no hay pan de completos, su gusto y textura no se encuentran en Argentina, pero si se pueden reemplazar por los panchos que son típicos en el país.

 

5. Me decepciono cada vez con los “pebetes” y sigo alucinando con deliciosos “chacareros”.

Un delicioso chacarero, un ave palta o mejor un barros luco: todos sándwich típicos chilenos, productos altos en grasa que es recomendable comer de vez en cuando. En cambio, en Argentina tienen “pebetes”: los venden fríos o tostados y su relleno no llega a ser contundentes como los típicos chilenos. Se me cae una lágrima con esos pebetes.

 

6. Me hice a la idea de que el paso de cebra existe pero no se respeta.

En Chile si se respeta el paso de cebra y se da prioridad al peatón al momento de cruzar. En Argentina, “olvídate”. Los automovilistas van a hacerte creer que te pasarán por encima.

 

7. Ahora el trato es más relajado y “Usted” es “Vos”.

Algo muy particular al momento de pisar suelo argentino es ver el trato que tienen las personas mayores con los jóvenes: no se señorean por nada del mundo, el trato es de vos a vos. En Chile en cambio, si la persona es mayor, jefe o profesor, debes decirle “usted” y jamás podrás llamarlo por su nombre de pila como en Argentina.

 

8. Comprar libros se ha vuelto mucho más accesible.

Al llegar a la Argentina te das cuenta de muchas cosas que quizás en Chile nunca las viste o simplemente no existen. Una de ellas es los bajos precios de los libros. Además, pareciera que los argentinos tienen la costumbre de leer en el ADN: puedes ver a personas leyendo en el subte, en el colectivo y hasta caminado. No importa la edad ni lugar, la lectura está instaurada en la sociedad. Ya ni siquiera me asombro cuando veo a algún indigente leyendo algún libro o enciclopedia.

 

9. Cambié mi manera de responder el teléfono, y “Aló” es “Hola, ¿sí?”

Esto es algo muy común que se le pega al chileno al momento de radicarse en la Argentina: cuando recibes una llamada de teléfono, el receptor responde: ¡hola! (muchas veces seguido de un “¿sí?). Lo raro es cuando te llama un chileno… y ya te olvidaste de decir “aló”.

 

10. Estudiar gratis se ha vuelto una posibilidad.

Una de las principales costumbres de los chilenos, que no extraño para nada, es pagar por estudiar en la universidad. En Argentina hay universidades públicas donde es gratis ingresar y asistir a clases, y la verdad que estudiar y trabajar, si es compatible al momento de pensar en cruzar la cordillera.


 

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