Cuauhtémoc fue el príncipe de 21 años que tomó la responsabilidad de la última defensa de Tenochtitlan, cuando la ciudad agonizaba, la comida escaseaba, la enfermedad había diezmado a su población y la situación política era en extremo desfavorable. El último tlatoani de la gran México-Tenochtitlan hizo todo a su alcance para repeler la invasión de la que todos conocemos el final de aquella historia.

Cortés torturó a Cuauhtémoc, quien dejó este mundo humillado, como te cuento a continuación.

En “Los anales de Tlatelolco” se nos habla del último episodio de la caída de Tenochtitlan. Los mensajeros tlatelolcas tuvieron una entrevista con los acalantlanca (chontales), en la que les advirtieron sobre la proximidad de los mexica a lo que ellos respondieron:

“Que venga el señor, nuestro amo y soberano. Que nos hagamos dignos de esta merced. Que nos trate a sus súbditos con clemencia. Porque si él nos impone algo, ya se encontrará de donde tomarlo…”.

La llegada de Cuauhtémoc congregó a los acalantlanca a la entrada de su nación para presenciar el suceso, en el que el tlatoani mexica dio el discurso de un rey que se encuentra derrotado:

“Esforzaos, nobles acalantlanca, lo que mas podáis con la ayuda de nuestros dioses. Estad contentos. No vayáis a pueblos extraños. Sed felices aquí, para que no ocasionéis dolor a la gente del pueblo, a los viejos, a los ancianos, a los niños que están todavía en las cunas, y a los que apenas comienzan a caminar, a los que están jugando. Tened cuidado con ellos y compadeceos de ellos. Que no se vayan a un pueblo extraño. Amadlos. No los abandonéis. Y os lo recomiendo expresamente, porque nosotros seremos enviados a Castilla. ¿Qué sé yo si regresaré o moriré allá? Quizá no vuelva a veros. Haced todo lo que está en vuestro poder. Amad a vuestros hijos tranquilamente y en paz…”.

Después de decir estas palabras enmudeció. Su noble rostro se cubrió de lágrimas al pensar en Castilla, pues Cortés le había dicho que allá lo llevaría, lejos de su país, de su valle y de sus lagos, para que le rindiera homenaje a un rey lejano.

Pero los señores de Acalan le respondieron al verlo:

“¡Oh señor y amo! ¿Acaso eres tú nuestro súbdito humillándote? No te intranquilices, porque aquí está tu propiedad. He aquí tu tributo”.

Y ante el vencido tlatoani de Tenochtitlan, se extendieron ocho cestas cargadas de oro, jade y turquesas, que realmente serían para Cortés. Durante los siguientes días, Cortés, apabullado por el cansancio de las batallas y sufriendo de delirio de persecusión, decidió darle muerte al joven tlatoani, sosteniendo que planeaba un levantamiento en su contra.

Hoy, los supuestos restos de aquel último defensor de Tenochtitlan se encuentran en Ixcateopan, Guerrero, México. Allí, año con año, se reúnen miles de visitantes para rendirle honor.