Crédito: Carotroconis

 

1. Los cardones cortados del aljibe… cumplen su función después de todo, ¡no son sólo un mito de los abuelitos paraguaneros!

En los pueblos paraguaneros, no es extraño ver que los aljibes o estanques de agua limpia tengan cardones (cactus) cortados en el fondo. De acuerdo a los abuelitos, los cardones purifican el agua que allí se encuentra. Un estudio reciente de la Universidad Francisco de Miranda determinó que los cactus arrojados en dichos estanques forman una delgada capa de un polímero en el fondo, haciendo sedimentar el polvo y las impurezas del agua e impidiendo que salgan a la superficie. Así que, después de todo, ¡los abuelitos paraguaneros tenían razón!

 

2. El origen de los dos nombres de la región: Alonso de Ojeda y “un conuco entre el mar”.

Alonso de Ojeda llegó a la península el 9 de agosto de 1499, justo en el día de San Román, razón por la cual la denominó “Provincia de San Román” en sus cartas de navegación. El nombre de “San Román” aún se encuentra presente en la actual Paraguaná: el punto terrestre más norte no sólo de la península, sino de nuestro país, es conocido como “El cabo de San Román”. Lo que Ojeda no logró fue que su designación continuara como nombre de la península. Esto es porque al momento de su “descubrimiento”, la región ya estaba poblada por indígenas de la tribu Caquetía (entre otros), quienes ya tenían un nombre para la península. Los caquetíos la llamaban “Paraguaná”, que en su lengua significa “conuco entre el mar”.

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3. El origen de “Punto Fijo” es una historia de amor.

La llegada de la petrolera norteamericana Standard Oil en 1925 trajo consigo numerosos y atractivos puestos de trabajo en la construcción de una terminal portuaria, cerca del pueblo costero de Carirubana. Rafael González era uno de esos jóvenes trabajadores de esta petrolera, oriundo de la Isla de Margarita.

Rafael se enamoró de una jovencita llamada Leocadia Pulgar, que vivía en una fonda a las afueras del pueblo, en una zona conocida como “cerro arriba” por su elevación en comparación a Carirubana (que estaba al nivel del mar). Rafael, apenas salía de trabajar, se iba “Cerro arriba” para ver a su enamorada, así que cada vez que alguien preguntaba por él, sus amigos y compañeros respondían: “debe estar en su punto fijo”. Con el tiempo, Rafael y Leocadia formaron una familia, compraron aquella fonda y vivieron durante toda su vida en la que hoy es conocida como la primera casa de la ciudad de Punto Fijo.

 

Rafael González. Fuente: eglycolinamarinprimera.blogspot.com

 

4. Gracias al rápido crecimiento sin organización oficial, Punto Fijo solía ser “el caserío más grande del mundo”.

La sabana, también conocida como “el abrojal” o “Cerro arriba”, era una meseta de 23 a 31 metros sobre el nivel del mar que para 1925 sólo contaba con 5 casas. A pesar de que la zona empezó a ser llamada “Punto Fijo” gracias a la historia de Rafael y de Leocadia, lo cierto es que hasta el año 1945 Punto Fijo no contaba con una carta fundacional. En ese año (1945), la construcción de las refinerías tuvo como consecuencia un rápido crecimiento poblacional y Punto Fijo llegó a ser conocido como “el caserío más grande del mundo”.

Tenía escuelas de educación básica y secundaria, emisoras radiales, edificaciones y hasta se instaló una sede de la Universidad del Zulia en 1959. La necesidad de organizar la ciudad hizo que el 12 de diciembre de 1969 se cree el distrito de Carirubana, con Punto Fijo como su ciudad capital. Recién el 27 de febrero de 1970, la primera junta administrativa del distrito Carirubana tomó posesión, y Rafael González (quien entonces tenía 69 años) formó parte como Cronista de la ciudad.

 

5. “El Niño” está detrás de las ánimas de la Coro-Punto Fijo.

En el año 1905 se inició una sequía causada por el conocido fenómeno de El Niño. Se agudizó con el tiempo hasta el año 1912, en el que simplemente no llovió. Los pobladores, desesperados, con los animales muriendo de sed y con una plaga de langostas que acabó con lo poco que quedaba de los cultivos, iniciaron un éxodo en masa hacia Coro.

Lamentablemente, para muchos esta búsqueda desesperada por agua no fue exitosa: una gran parte murió de sed durante el camino, y muchos otros se desorientaron y se perdieron en las arenas de los médanos. No se sabe exactamente cuántas personas murieron, pero cerca de 1940 un pastor encontró en el sector de Guasare algunas de las osamentas provenientes de este éxodo. El pastor decidió colocar varias piedras y una vela encendida para iluminar a aquellos que fallecieron en tan dura travesía.

Hoy día existe allí un templo conocido como “Las ánimas de Guasare”, en el que hay velas encendidas permanentemente. También es tradición en la autopista Coro-Punto Fijo que cada conductor (que conozca la historia) haga sonar la bocina de su vehículo en el sector Guasare como señal de respeto.

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6. En la región hubo una vez un líder muy sabio, que supo gobernar por alianzas, pero su gobierno tuvo un triste final.

Uno de los líderes de los Caquetíos, el Cacique Manaure, era un hombre muy sabio. Su gobierno se extendía por todo el territorio del actual estado de Falcón, incluyendo Paraguaná y las islas Aruba y Curaçao. Cerca de 1525, unos traficantes de esclavos tomaron a la familia de Manaure para venderla. Al saber esto, el gobernador español Juan de Ampíes colaboró en socorrerlos y desde ese momento existió un acuerdo de Paz entre ambos líderes, trayendo múltiples beneficios tanto a Españoles como a Caquetíos. Muchos de los pueblos coloniales fueron fundados sobre aldeas indígenas, y aunque los españoles no tomaban en cuenta a otros caciques, la figura de Manaure era imponente e intocable. Esta alianza fructífera para ambas partes se terminó años más tarde.

El rey Carlos I de España, para saldar deudas con banqueros alemanes, les confirió autoridad sobre la provincia y con ello se acabó la paz. Manaure fue perseguido y asesinado en la Batalla del Tocuyo, y los caquetíos fueron esclavizados. Vale destacar que en Paraguaná no existió esclavitud africana: todo lo construído después del exilio de Ampíes y la caída de Manaure fue hecho por esclavos caquetíos.

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7. “Cumaraguas” no es sólo el nombre de un caserío y de las salinas.

El nombre proviene de un animalito (y no al revés, como yo solía creer). “Cumaraguas” era el nombre con el cual los Caquetíos conocían a cierto tipo de cangrejo con caparazón rojizo. Los Caquetíos también denominaban con ese mismo nombre al agua y la espuma de color rojiza o rosada que se forma en las salinas homónimas. Y para aumentar la “confusión” de un foráneo, así también se llama el caserío cercano, inmortalizado por Alí Primera en su “Canción mansa para un pueblo bravo”.

Por otra parte, nadie sabe exactamente qué quiso decir el cantor del pueblo con “El lagrimear de las Cumaraguas”. Algunos piensan que la frase refiere a la tristeza de los lugareños por las duras condiciones de esa época, pero los lugareños creen que se trata al fenómeno de cuando “la sal se derrite”, ya que parecen lágrimas.

 

8. La práctica de salar el chivo no tiene como motivo original conseguir un sabor exquisito…

En la Paraguaná prehispánica, los Caquetíos tenían una manera de preservar las carnes pese a las altas temperaturas y al inclemente sol que predomina en la península durante casi todo el año: utilizaban la sal como agente conservante. Por mucho tiempo, pescados, conejos, iguanas, matacanes y todo tipo de carnes fueron untadas con sal de las Cumaraguas. Luego apareció el “chivo” (con la llegada de los españoles): este animal se adaptó muy bien al clima de la región -y a las técnicas de salado de los indígenas-. El chivo salado se sigue preparando en la actualidad, pero no por falta de refrigeración sino por el toque característico de la sal, que le da un sabor exquisito.

 

 

9. La estación meteorológica de Coro no llega a captar la fuerza de los vientos en la región.

Se sabe que la mayor velocidad media anual del viento en Venezuela se da en Porlamar (24 km por hora) y Coro (22 km por hora), tal como señaló el reporte de Sergio Foghin (Tiempo y Clima en Venezuela, 2002). Pero las “velocidades medias” y la ubicación de las estaciones meteorológicas no llegan siempre a captar la realidad de los vientos de la región. Hay vientos de 35 kilómetros por hora o más, en lugares como Adícora o el Cabo San Román. Sin embargo, quizás lo más impresionante del viento por estos lados no sea la velocidad, sino su constancia, fenómeno que representa con simpatía la ilustración que sigue.