El fuerte de San Juan de Ulúa es testigo silencioso de la historia del Puerto de Veracruz desde hace casi 500 años. Guarda en sus húmedos muros de piedra mucar miles de historias y ha servido para los más diversos usos: muelle, bodega de almacenamiento para resguardar mercancías de toda índole para enviar al viejo continente, cuartel militar, prisión de alta seguridad y hasta sede del gobierno federal.

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Esta fortaleza fue construida a base de piedra coralífera marina (piedra mucar), sobre un islote usado desde la época precolombina como un adoratorio al dios Tezcatlipoca. El nombre de San Juan de Ulúa es la combinación de vocablos indígenas y españoles: San Juan, por el conquistador Juan de Grijalva, que desembarcó precisamente el día de San Juan proveniente de la isla Ferdinanda (Cuba); Ulúa que proviene del vocablo “culhua”, malentendido por los españoles, quedando como Ulúa. En el islote fue hallado un templo con cinco cuerpos sacrificados, con el pecho abierto y sin corazón. Cuando se les preguntó a los indígenas por qué hacían eso, dieron a entender que así lo mandaban los culhua (quienes, aparentemente, eran los encargados de llevar adelante los rituales, incluidos los sacrificios humanos).

Su construcción tardó más de 300 años en completarse hasta la forma en que la conocemos hoy en día, ya que se le fueron añadiendo fortificaciones para defender la ciudad de invasiones extranjeras y los piratas. La construcción tiene cuatro baluartes, donde se instalaba la artillería necesaria para la salvaguarda de la fortaleza.

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Estos baluartes estaban unidos entre sí por cortinas de material complementadas con un revellín (estructura arquitectónica de forma triangular, que se construía delante de las cortinas para más protección), así como dos baluartes pequeños aislados (llamados lunetos) y separados entre sí por un canal. Tenía un sistema de puentes levadizos para garantizar la seguridad en caso de ataques enemigos.

Lo primero en construirse fue un muro que es conocido como “de las argollas”. Una de las particularidades de Veracruz son los fuertes vientos que llegan del norte y que pueden alcanzar rachas violentas de 60 a 120 kilómetros por hora. Grandes, pero frágiles, los barcos españoles solían chocar uno contra otro destruyéndose entre sí. El muro protegía del viento a los navíos, que eran amarrados a cada argolla, hechas de bronce puro y de hasta 300 kilogramos de peso. De las 36 con que contaba, hoy solo queda una original.

Los mismos piratas que asolaron los siete mares también se hicieron presentes en Veracruz. En 1568, llegaron a San Juan de Ulúa seis embarcaciones comandadas por los corsarios Sir John Hawkins (Juan de Aquines) y Sir Francis Drake, argumentando la necesidad de reparar sus naves que habían sido menoscabadas luego de atacar y vender esclavos en Riohacha y Santa Marta (hoy Colombia). El holandés Laurens de Graff, apodado Lorencillo, también llegó a Veracruz, acompañado por los filibusteros Grammont y Van Horne. Asediaron la ciudad en lo que fue la más sangrienta ocupación de la época colonial.

El fuerte fue, por muchos años, una de las cárceles más siniestras de México. Se le conocía como “el lugar más sucio de Veracruz”, porque las condiciones de los presos eran inhumanas. Tristemente famosa era esta prisión por sus plagas de roedores e insectos y la falta de instalaciones sanitarias.

Las condiciones de vida eran espantosas debido a la fuerte humedad ambiental y al calor tropical. Las celdas de techo cóncavo y de 160 metros cuadrados estaban construidas con argamasa, una mezcla de agua, arena, conchas y aglutinantes naturales como baba de cactáceas y algunos huevos de aves, razón por la cual eran tan húmedas. En cada una podían estar amontonados hasta 200 presos y podían alcanzarse temperaturas de hasta 60 grados centígrados.

Quien entraba preso a San Juan de Ulúa estaba condenado a conocer el infierno en vida. Las torturas y los abusos a los prisioneros minaban su mente y espíritu mucho antes que llegara la muerte. El que no acababa desquiciado moría de malaria, tuberculosis y toda clase de enfermedades gastrointestinales.

Constantemente se metía el agua del mar, ocasionando severas inundaciones, lo que obligaba a los prisioneros a estar de pie y pegados a la pared y con la ropa empapada. El oleaje llevaba agua hasta los techos, donde se solían formar estalactitas y los muros se llenaban de salitre, dando un aspecto tenebroso y frío. Se dice que una de las peores torturas era encadenar a un hombre bajo una estalactita a fin de que, gota a gota de agua salitrosa, se le perforara el cráneo a fin de enloquecerlo deliberadamente.

Gloria, purgatorio e infierno eran los nombres que recibían las celdas y, para llegar a ellas, se debía pasar por el Puente del último suspiro, también conocido como “el puente sin retorno”.

Diferentes gobiernos como el de Santa Ana, Porfirio Díaz y Huerta utilizaron la prisión para enviar a sus adversarios políticos. Hay una gran lista de prisioneros históricamente famosos: los hermanos Flores Magón; Fray Servando Teresa de Mier; fray Melchor de Talamantes, Don Florencio del Castillo, periodista y escritor que se oponía a Maximiliano de Habsburgo; los huelguistas de Cananea y Río Blanco, entre otros más. En 1853, estuvo aquí detenido durante once días Don Benito Juárez.

En el imaginario popular persisten leyendas de presos que lograron fugarse de maneras fantásticas, como la de la mulata de Córdoba, que aún sigue generando misterio y fascinación.

En 1601 se levantó el primer piso de la llamada Casa del Gobernador o Casa del Castellano, donde residía y despachaba el administrador de las incontables riquezas que se guardaban en las bodegas del fuerte, y que en su mayoría eran enviadas a la corona española. Esta casa fue también la residencia de don Benito Juárez y de Porfirio Díaz.

En 1821 se consumó la independencia mexicana del dominio español y la fortaleza se convirtió en el último baluarte donde se resguardaron los últimos militares españoles. El 23 de noviembre de 1825, finalmente se rindieron.​ Fue ocupada en 1838 por el ejército francés en la llamada “Guerra de los pasteles”, y por las tropas estadounidenses durante la invasión a nuestro territorio en 1847.

Aquí estuvo de paso Agustín de Iturbide, al ser expulsado por haber respaldado que México se convirtiera en un imperio. Fue la puerta de entrada del segundo imperio, al recibir a Maximiliano y Carlota. Y desde aquí zarpó Porfirio Díaz rumbo al exilio a Francia, después de haber ejercido una dictadura de 34 años.

A mediados del siglo XIX y hasta principios del siglo XX, el fuerte y Veracruz fueron testigos del nacimiento de las Leyes de Reforma promulgadas por el Benemérito de las Américas. Don Venustiano Carranza firmó un decreto en 1915 para asegurar que por los siguientes 100 años ningún gobierno pudiera utilizar nuevamente a San Juan de Ulúa como prisión. En 1917, escribió desde ahí la nueva constitución.