Mucho se sabe del refinamiento en el que vivían algunos de los reyes y emperadores a lo largo de la historia, pero poco se habla de los lujos de los que gozaban los grandes señores del continente americano, antes de la invasión europea.

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Fue el mismo Hernán Cortés quien relató, con extremo asombro, lo que él mismo vio en la ciudad de Tenochtitlan. Una de sus primeras observaciones fue sobre el exuberante palacio de Motecuhzoma, el cual tuvo que recorrer cuatro veces para terminarlo de conocer.

Sin embargo, ese era sólo un detalle del lujo que marcaba la vida del tlatoani. Así lo relataba Cortés en su segunda carta de relación:

“En lo del servicio de Mutezuma y de la cosas de admiración que tenía por grandeza y estado hay tanto que escribir que certifico a Vuestra Alteza que yo no sé por dónde comenzar que pueda acabar de decir alguna parte dellas. Porque, como ya he dicho, ¿qué más grandeza puede ser que un señor bárbaro como éste tuviese contraflechas de oro y plata y piedras y plumas todas las cosas que debajo del cielo hay en su señorío tan al natural lo de oro y plata que no hay platero en el mundo que mejor lo hiciese; y lo de las piedras, que no baste juicio [para] comprender con qué instrumentos se hiciese tan perfecto…”.

A Motecuhzoma se lo podía ver en la ciudad en distintas ceremonias y recorridos públicos, pero estaba terminantemente prohibido mirarlo a los ojos. Tampoco se lo podía tocar o darle la espalda. Estas reglas aplicaban para macehuales y nobles por igual, aunque en privado seguramente dispensara un trato personal para sus allegados.

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En la época prehispánica, los gobernantes tenían la obligación de mostrarse públicamente con frecuencia. Las decisiones que tomaban y que afectaban a todos debían venir de una persona que inspirara simpatía y temor al mismo tiempo. Además, otorgaban la confirmación de que el máximo gobernante estaba vivo.

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Debió ser un espectáculo impresionante ver a Motecuhzoma en su andar por la ciudad, con sus ricos vestidos, sus sandalias adornadas con piel de jaguar y oro, la diadema imperial y los penachos que lucía en las ocasiones religiosas.

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Uno de los rituales que se observaba todos los días era la comida del tlatoani. Además de su acostumbrado desayuno, compuesto de atolli y unas pocas tortillas, y de los consumos de placer que se recetaba por las noches acompañado de cortesanos y otros personajes con quienes bebía cacao, fumaba tabaco y podía ingerir otros estimulantes poderosos como hongos, el tlatoani tenía su principal comida por partida doble: una de ellas podía ser privada; y otra, necesariamente pública.

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Previo a la hora de la comida, un grupo de mujeres se ocupaba de disponer los petates y esteras para que el tlatoani comiera con sus escasos y selectos invitados, casi siempre parientes suyos. Posteriormente se llevaba a cabo el lavado de manos, pues con estas se tomaban los alimentos (no había cubiertos para tales efectos). Para limpiar las manos y la boca, el tlatoani siempre contaba con una servilleta de algodón, la que se utilizaba una sola vez, al igual que cada uno de sus atuendos cotidianos. Estas mantas eran parte del tributo que llegaba cotidianamente a las arcas del imperio desde las ciudades vasallas.

La vajilla era, simplemente, exquisita. Estaba compuesta de pequeños recipientes que encajaban en un brasero, en el que se ponía un trozo de carbón ardiente para mantener la temperatura de la comida. Esto le permitía disponer al tlatoani de cualquier alimento caliente al momento, pues como nos escribe uno de los testigos oculares de la mesa de Moctezuma, Bernal Díaz del Castillo:

“Teníanlos puestos (los guisados), en braseros de barro chico debajo».

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A Hernán Cortés le causó la misma impresión y recogió el dato en sus Cartas de Relación, mencionando:

“…y porque la tierra es fría, traían debajo de cada plato y escudilla de manjar un braserico con brasa para que no se enfriase.”

El tlatoani tenía a su disposición los platillos que le gustaban, listos y en su punto, cuando tuviera antojo. Las mismas fuentes nos mencionan que se le servían al Tlatoani más de 300 platos y de 30 guisados diferentes con carne de aves, de venado, pescados, hierbas olorosas, flores, insectos, raíces y semillas.

Pero el lujo no se reduce sólo al buen comer y buen vestir, y Cortés lo explica en la misma carta de relación:

“Tenía dentro de la ciudad sus casas de aposentamiento tales y tan maravillosas que me parecería casi imposible poder decir la bondad y grandeza dellas, y por tanto no me porné a expresar cosa dellas más de que en España no hay su asemejable.”

¿Te imaginas la magnificencia de aquel palacio? Cortés continúa:

“Tenía una casa poco menos buena que ésta donde tenía un muy hermoso jardín con ciertos miradores que salían sobre él y los mármoles y losas dellos eran de jaspe muy bien obrados. Había en esta casa aposentamiento para se aposentar dos muy grandes príncipes con todo su servicio”.

Tal era el lujo en el que vivía el tlatoani que los mismos españoles, tan orgullosos de su refinamiento y su cultura, sucumbieron ante lo que veían sus ojos. Aquí hay un relato sobre los legendarios jardines y zoológicos:

“En esta casa tenía diez estanques de agua donde tenía todos los linajes de aves de agua que en estas partes se hallan, que son muchos y diversos, todas domésticas. Y para las aves que se crían en la mar eran los estanques de agua salada y para las de ríos lagunas de agua dulce, la cual agua vaciaban de cierto a cierto tiempo por la limpieza y la tornaban a henchir con sus caños…

…Había para tener cargo destas aves trescientos hombres que en ninguna otra cosa entendían. Había otros hombres que solamente entendían en curar las aves que adolecían. Sobre cada alberca y estanques de estas aves había sus corredores y miradores muy gentilmente labrados donde el dicho Muteeçuma se venía a recrear y a las ver”.

Podríamos continuar por horas describiendo la soberbia vida del tlatoani y no terminarías de asombrarte. Estos detalles sirven para demostrarte que las excentricidades que vuelven a un rey temido y admirado también existieron en la tierra de los hijos del sol.