1. Hacer el primo

Todos hemos pensado alguna vez —porque, ejem, es verdad— que en la realeza están todos emparentados, que son todos primos. Ellos también parecían saberlo, y alrededor del siglo XVIII y XIX era como se llamaban los Grandes de España entre ellos. No de forma coloquial («eh, primo, deja que te cuente»), sino como fórmula de tratamiento más protocolaria. Esta fórmula iba en las cartas, que se encabezaban con frases tipo «Señor Primo:».

Pero ¿quién fue el primo que dio origen a la expresión? ¿quién fue ese primo tan fácil de engañar? Los expertos suelen coincidir en señalar al infante don Antonio Pascual de Borbón. En 1808, era el presidente del Consejo de Regencia que había dejado Fernando VII al mando cuando fue a reunirse con su padre Carlos IV y con Napoleón a Bayona. En esa reunión, Bonaparte consiguió que Carlos IV —que había abdicado y desabdicado— volviese a abdicar en Fernando VII, y que este a su vez renunciase a la corona.

España ya estaba llena de soldados franceses que se habían colado con la excusa de ir a invadir Portugal. Al mando de ese ejército estaba el general Joachim Murat (cuñado de Napoleón, pero que no tiene nada que ver, tristemente, con «hacer el cuñado»), que, cuando la población madrileña se levantó contra los franceses el 2 de mayo de 1808, le escribió al infante don Antonio Pascual pidiéndole que hiciese un anuncio en el que pusiese orden. La carta estaba encabezada con el «Señor Primo» correspondiente, pero con un pelín de recochineo, porque si hay algo que Murat no sentía por el Borbón era respeto.

El infante aceptó e hizo el anuncio y el pueblo, que sabía que las peticiones de Murat tomaban al infante por tonto (y, bueno, el infante le dio la razón), enseguida empezó a usar la expresión «hacer el primo» para referirse a situaciones en las que a uno lo engañan fácilmente.

2. Más se perdió en Cuba

Entiendo que esta expresión con la que minimizamos y relativizamos desgracias se usa solo en España (pero, por favor, confirmádmelo). Porque lo que España perdió en Cuba en 1898 contra Estados Unidos fue el país caribeño, Filipinas, Puerto Rico y Guam. De hecho, fue el final del Imperio español en América. Además, claro, quedó destruida la flota española. El dicho completo era «más se perdió en Cuba y volvieron cantando», porque se cuenta que los pocos hombres que sobrevivieron estaban tan contentos de estar vivos y haber sido capaces de volver a España que llegaron entre cánticos.

3. Zamora no se ganó en una hora

Fueron siete meses. Eso fue lo que duró el asedio de Sancho II de Castilla a la ciudad que estaba en poder de su hermana Urraca en 1072. Pero es que ni siquiera tras esos siete meses se ganó Zamora: el asedio acabó cuando Bellido Dolfos, un caballero zamorano, abandonó la ciudad y se unió a los asediadores. Se ganó la confianza del rey y, cuenta la leyenda, lo mató. El Cid, que también andaba por allí, intentó matarlo, pero Dolfos consiguió entrar en Zamora (por la ahora llamada Puerta de la Traición) por los pelos. El asesinato del rey produjo mucha confusión y acabó con el asedio. A Dolfos siempre se le había considerado un traidor, pero ahora se le empieza a reivindicar como héroe por permitir que Zamora no fuese tomada ni en una hora ni en siete meses.

4. Como Pedro por su casa

Pedro no era un Pedro cualquiera, sino Pedro I de Aragón, rey de Aragón y Pamplona. Y su casa era Huesca (de hecho, al principio la expresión era «como Pedro por Huesca»), lugar que conquistó en 1096 tras vencer a Al-Musta’in II de Zaragoza en la batalla del Alcoraz. Según se cuenta, no le costó demasiado ganar Huesca, en la que entró, sí, como si fuese su casa.

5. Se armó la de San Quintín

La de San Quintín fue una batalla en la que se enfrentaron los ejércitos francés y español el 10 de agosto de 1557. Tuvo lugar en San Quintín, que en realidad es Saint-Quentin, ya que está en Francia. Aquí los españoles fueron algo más listos y lograron engañar al bando rival haciéndoles creer que iban a hacer otra ruta. Lo que hicieron fue esconderse en la localidad francesa y oh, sorpresa, atacar al ejército francés cuando se disponía a entrar en la ciudad cruzando el río Somme. La batalla dio lugar al dicho porque fue especialmente cruenta y acabó con el ejército francés destrozado: unos 12.000 muertos, 6.000 prisioneros y 2.000 heridos.

6. ¡Viva la Pepa!

El 19 de marzo de 1812 las Cortes de Cádiz promulgaron la primera Constitución que tuvo España. Era conocida popularmente como la Pepa, ya que el 19 de marzo es el día de San José, y el grito «¡viva la Pepa!» era usado por los liberales para comunicar su adhesión al texto. Su uso actual es más irónico y peyorativo (se usa para referirse a situaciones de desorden y despreocupación), porque así era como lo usaban los absolutistas, rivales de los liberales.

7. Cuesta un ojo de la cara

Ahora lo decimos de forma figurada principalmente cuando algo es muy caro, pero su origen es literal. Quien perdió un ojo de la cara fue Diego de Almagro, un conquistador español que en pleno ataque al Fortín del Cacique de las Piedras, en la actual Colombia, recibió un flechazo por parte de un indígena en pleno ojo. Según parece, la expresión se la dijo él mismo al rey Carlos I en plena lamentación: «El negocio de defender los intereses de la Corona me ha costado un ojo de la cara». Pero no lo dijo solo una vez, sino que insistía bastante en el tema, por lo que enseguida se empezó a usar la expresión para referirse a algo muy dificultoso (que evolucionó al sentido actual de algo que cuesta mucho dinero).

8. Quien fue a Sevilla perdió su silla

El clásico comentario que le hacemos a alguien cuando vuelve del baño (no de Sevilla) y se encuentra con su silla ocupada. Quien dio origen al dicho tampoco fue a Sevilla de verdad, sino que se fue de Sevilla. Y lo que perdió fue la silla arzobispal de la ciudad andaluza. Fue en 1460 y los protagonistas son tío y sobrino, don Alonso de Fonseca el Viejo y don Alonso de Fonseca el Mozo. El primero era arzobispo de Sevilla, al segundo lo nombraron arzobispo de Santiago de Compostela. Pero como en esa época Galicia andaba algo revuelta, el Mozo pidió a su tío el Viejo que fuese a Santiago hasta que se calmase la situación; él se quedaría cubriéndole en Sevilla. Cuando el Viejo volvió, su sobrino se negó a devolverle el puesto, y tuvieron que intervenir el Papa y el rey.